La gran reversión: Trump rompe con la  política energética y climática global de  Biden, congela el presupuesto verde del  DOE y exige a la OPEP que baje el precio  del barril.

Volvió Trump. Y apenas asumió, empezó a revertir la política energética de EEUU implementada por Joe Biden y a tomar medidas que impactan en los mercados energéticos  globales, desde el petróleo y el GNL hasta el desarrollo de las llamadas energías renovables. 

En una avalancha de decretos (órdenes ejecutivas) en el primer día de su mandato, la nueva  administración Trump revirtió, eliminó o suspendió las políticas energéticas y climáticas de  Biden en todos los ámbitos, desde el Acuerdo de París hasta la prohibición de las cocinas a gas.  

Trump dijo que cualquier funcionario federal que “…planee o coordine acuerdos energéticos  internacionales deberá priorizar de ahora en adelante la eficiencia económica, la promoción de  la prosperidad estadounidense, la elección del consumidor y la moderación fiscal en todos los  compromisos extranjeros que afecten a la política energética”. Esto, para Trump, es  incompatible con el Acuerdo de París que obliga a descarbonizar el sistema energético global a  partir de la supuesta “catástrofe climática” que amenaza a la humanidad. 

Por eso, el impacto de la nueva política energética de Trump no se da sólo en el campo de la  energía sino también puede tener consecuencias en el campo científico, que es el que ha  sustentado la narrativa del alarmismo climático. Cambiar esta combinación, donde la ciencia jugó un papel coercitivo como herramienta para imponer una agenda geopolítica, es tal vez uno de los cambios más radicales que puede llevar adelante la nueva administración, aunque  Trump no sea consciente de esto. Sus argumentos muchas veces son burdos y no permiten  comprender la profundidad de la problemática. El cambio climático no es una estafa, ocurre. Lo  discutible son los modelos climáticos conjeturales que definen una situación catastrófica de  crisis climática. En sistemas complejos, las conjeturas predictivas son muy poco precisas. 

Una de las consecuencias de la transición energética y su camino hacia el net zero impuesta por los países centrales es que ha politizado a la ciencia climática y, por lo tanto, la están  degradando. Hoy, estamos viviendo una transición energética forzada por la política, no por la  tecnología ni por los mercados, y esa es una de las grandes críticas de Trump a la política  energética global del Acuerdo de París. Aunque un día después se contradice y le exige a la  OPEP, en una actitud política, que baje los precios del petróleo, amenazando a Arabia Saudita  con sanciones si no lo hace. Libertad de mercado hasta cierto punto, antes seguridad  energética. MAGA. 

En una orden ejecutiva titulada “Liberar la energía de Estados Unidos”, Trump denunció las  “regulaciones onerosas y motivadas ideológicamente” que han impedido el desarrollo de las  +fuentes de energía estadounidenses. Las palabras solar y eólica no aparecen en la orden  ejecutiva, mostrando claramente que para Trump la energía que hay que liberar es la 

producción de gas y petróleo. La consecuencia es el desmantelamiento integral de casi todos  los mandatos y subsidios de energía “limpia” creados en los últimos años. Por ejemplo: 

∙ Elimina el mandato de vehículos eléctricos de la EPA de Biden. 

∙ Pone fin a los esfuerzos del Departamento de Energía para prohibir los aparatos que  funcionan a gas. 

∙ Revoca 12 de las órdenes ejecutivas de Biden sobre política energética y climática. 

∙ Su objetivo es acelerar la “concesión de permisos y la construcción de transporte  interestatal de energía y otras infraestructuras energéticas críticas, incluidos, entre  otros, los oleoductos, en particular en regiones del país que han carecido de dicho  desarrollo en los últimos años”. 

∙ Establece una fecha límite para que la EPA elimine el uso del “costo social del carbono”,  una cifra arbitraria que los funcionarios federales han utilizado para justificar políticas  climáticas costosas. 

∙ Tiene una sección llamada “Terminación del New Deal Verde”, que dice que todas las  agencias federales deben “pausar inmediatamente el desembolso de fondos asignados  bajo la Ley de Reducción de la Inflación y la Ley de Inversión en Infraestructura y  Empleos”, incluidos, entre otros, los fondos “para la carga de vehículos eléctricos”. 

∙ Pide el fin de la “pausa” a las exportaciones de GNL impuesta por el DOE. 

∙ Incluye una sección completa sobre elementos estratégicos y ordena a las agencias  federales que identifiquen todas las “acciones de las agencias que imponen cargas  indebidas a la minería y el procesamiento nacionales de minerales no combustibles y  que tomen medidas para revisar o rescindir dichas acciones”. 

Tal vez el mejor resumen del documento se encuentra en una sección que pide una “revisión  inmediata de todas las acciones de las agencias que potencialmente afecten el desarrollo de  los recursos energéticos nacionales”. A continuación, el texto de esa sección: 

“Los jefes de todas las agencias revisarán todas las regulaciones, órdenes, documentos de  orientación, políticas, acuerdos, órdenes de consentimiento y cualquier otra acción de la  agencia existentes (colectivamente, acciones de la agencia) para identificar aquellas acciones  de la agencia que imponen una carga indebida en la identificación, desarrollo o uso de recursos  energéticos nacionales, con especial atención al petróleo, gas natural, carbón, energía  hidroeléctrica, biocombustibles, minerales críticos y recursos de energía nuclear, o que de otra  manera son incompatibles con la política establecida en la sección 2 de esta orden, incluidas las  restricciones a la elección de vehículos y electrodomésticos por parte de los consumidores”. 

Las dos agencias más cuestionadas en cuanto a la energía son la EPA y el DOE. Existe una muy  cuestionada resolución de la EPA de 2009 conocida como “Endangerment Finding” o hallazgo  de peligrosidad, donde se determinó que el CO2 y otros gases de efecto invernadero califican  como “contaminantes” bajo la Ley de Aire Limpio de 1970, porque son un “peligro para la salud  

y el bienestar público”. 

Calificar al CO2, que es imprescindible para el desarrollo de las plantas, los bosques y los  cultivos como contaminante es forzar al extremo las interpretaciones científicas. Esta  resolución, que es la base para las regulaciones de Biden que restringen los combustibles  fósiles, ha generado litigios en el pasado y los seguirá generando en el futuro. Habrá que ver si  Trump logra eliminarla, aunque no será sencillo ya que hay mucha jurisprudencia que avala esa  resolución de la EPA. La ciencia, otra vez interpelada. 

Respecto al Departamento de Energía, seguramente cambiarán también muchas políticas.  Durante la administración anterior, al entrar en la página web del DOE, el título era muy  elocuente: “Combatiendo la crisis climática” mostrando cual era el motor de la política  energética de Biden. Hoy, es bastante diferente. El titular de primera plana es “Restaurar el  dominio de la energía” y continúa: “las acciones del primer día del presidente Trump  devolverán el departamento al orden regular”. 

Este nuevo orden según el nuevo mandatario es desatar el dominio energético de Estados  Unidos para sostener su primacía mundial sustentada en la industria: «Estados Unidos volverá a  ser una nación manufacturera, y tenemos algo que ninguna otra nación manufacturera tendrá  jamás: la mayor cantidad de petróleo y gas de cualquier país de la Tierra». Contradiciendo a  Trump, EEUU no es el país con más reservas de petróleo, está en el puesto nueve. Tampoco es  el país con mayores reservas de gas, está cuarto detrás de Rusia, Irán y Qatar. 

Trump tiene un solo mandato de cuatro años para alcanzar sus ambiciones, ¿este nuevo orden  energético que está proponiendo se podrá llevar a cabo? ¿Perdurará o se extinguirá al final de  su presidencia? Difícil especular con ese futuro. Hay que ir adonde uno cree que está la verdad.  ¿La verdad está acaso en el IPCC y en la diplomacia ilustrada de la Convención Marco de las  Naciones Unidas sobre el Cambio Climático (CMNUCC) que todos los años nos convoca a la  Conferencia de Partes y donde los países centrales intentan desplegar un sistema de  gobernanza global que perjudica el desarrollo de los países emergentes? La ciencia, que se  atribuye ese lugar de la verdad, hoy no tiene respuesta y tal vez nunca la tenga. 

Trump nos muestra que pareciera que hay una verdad geopolítica que es más fuerte, donde el  poder y los intereses definen el camino de la política energética global. Hay que reconocer que  desde que empezó la batalla climática hace cuarenta años, el clima no es lo único que ha  cambiado. La tecnología, los valores culturales, los centros de poder político, económico y  militar han cambiado mucho más. Hoy no existe la Unión Soviética, la guerra fría y ¿qué era  China en los 80 del siglo pasado? 

Lo mejor que podemos decir es que el mundo seguirá descarbonizando lentamente su sistema  energético y, al mismo tiempo, la Tierra seguirá calentándose lentamente. Y las sociedades  seguirán adaptándose a los peligros climáticos cambiantes de nuevas maneras, como siempre  lo han hecho, con ganadores y perdedores en el camino. Lo que nos muestra Trump es que el  cambio climático no es ni una emergencia ni una crisis. Es una epopeya política. 

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Inédito, se creó una “OPEP solar”: Los  productores solares chinos acuerdan cuotas para frenar el exceso de oferta

«El que controle el petróleo controlará las naciones, el que controle los alimentos controlará a  los pueblos”. No está claro si Henry Kissinger realmente dijo esto o no, pero su verdad sigue  vigente. 

La frase atribuida al exsecretario de Estado de Nixon fue dicha poco después de la crisis  petrolera de 1973 que mostró al mundo su dependencia absoluta del petróleo. Además, se  enmarcaba en la preocupación mundial por la producción de alimentos debido al inédito crecimiento poblacional de la posguerra.  

Antes de la crisis petrolera y el empoderamiento de la OPEP, EEUU controlaba el mercado  petrolero mundial y era el mayor productor de alimentos global. Según la tesis de Kissinger,  dominaba el mundo. 

Hoy, EEUU volvió a ser, gracias a la producción del shale, el mayor productor de petróleo y de  gas, pero el primer productor de alimentos a nivel mundial es China. EEUU produce el 12% del  petróleo del mundo y compite con la OPEP, China produce una cuarta parte de la producción  mundial de grano y lidera en la producción de cereales, algodón, frutas, verduras, carne,  huevos y pescado y no existe una OPEP de alimentos.  

Esta lógica explica en gran medida la confrontación entre EEUU y China que Trump tratará de  renegociar. Según analistas cercanos al presidente electo, Pekín es el principal desafío  estratégico de EEUU y la administración de Biden arriesgó mucho defendiendo a Europa contra  Rusia. Al darle a Ucrania misiles ATACMS de largo alcance capaces de llegar al territorio ruso,  cruzó la “línea roja” de Putin y aumentó la confrontación con China, perdiendo el foco de la  geopolítica. 

Siguiendo este análisis, Europa tiene poco valor estratégico más allá de servir como mercado  para el petróleo y el gas de Estados Unidos, una dinámica que no cambiará  independientemente del resultado de la guerra de Ucrania. El foco debe estar en otra parte. 

La estrategia debería centrarse en el verdadero motor del poder que marcó Kissinger hace 50  años: el petróleo. Si China es el principal rival de Estados Unidos, EEUU debería aprovechar su  fuerza energética contra la vulnerabilidad crítica de China: su gran déficit de petróleo. En la  actualidad, China importa 11,2 millones de barriles diarios, 1,7 veces más que Estados Unidos. 

Según un análisis de Art Berman, China entendió su vulnerabilidad energética y elaboró un plan en consecuencia: la Iniciativa de la Franja y la Ruta. En esencia, esta Iniciativa se centra en la  infraestructura energética. El Corredor Económico China-Pakistán, anclado en el puerto de  Gwadar, permite las importaciones de petróleo por un camino alternativo al Estrecho de  Malaca, que es un camino vulnerable. Estos proyectos están diseñados para asegurar las  necesidades energéticas de China y expandir su influencia geopolítica. 

Para posicionarse ante la nueva administración de Trump, Xi decidió cortar el suministro de  antimonio a EEUU, lo que provocó un aumento del 300% en su valor, superando al oro, la plata  e incluso al Bitcoin. El antimonio es un metal duro que se utiliza para balas, proyectiles de  artillería, vehículos blindados y misiles, algo que las potencias occidentales necesitan para  reabastecer sus arsenales agotados por la guerra de Ucrania.

En este contexto, genera cierto desconcierto cómo el cambio climático se convirtió en el foco  estratégico de la administración Biden y de la mayoría de los países europeos. El caso de China es diferente. Pekín se planteó otra estrategia. Si bien el gigante asiático es hoy el mayor  generador de electricidad a partir de energía eólica y solar y donde más vehículos eléctricos se  producen y circulan, esta política no está guiada por un compromiso ambiental, sino de  seguridad energética, comercial y geopolítico. 

China necesita disminuir su dependencia del petróleo, por eso impulsa los vehículos eléctricos,  aunque el 60% de la electricidad se genera a partir del carbón. Pekín tiene claro que prefiere  un auto que funcione a carbón y que no consuma petróleo, que es el punto vulnerable de su  seguridad. Además, ha aprovechado el crecimiento de los mercados renovables a partir del  impulso de la transición energética en Occidente para construir una sólida y competitiva  industria solar y de vehículos eléctricos. 

Paradójicamente, el éxito de la gran producción solar de China hoy está en problemas por  exceso de capacidad y precios muy bajos. Por eso, los mayores fabricantes de equipos solares  de China, que han sufrido pérdidas durante más de un año, han tomado nota del libro de  gestión de mercados de la OPEP en sus esfuerzos por frenar el exceso de producción que  atentan contra los fundamentos del mercado. 

La OPEP ha perfeccionado el arte de la gestión de la oferta a lo largo de décadas para influir en  las condiciones del mercado. Aprendió a restringir la oferta para impulsar los precios del  petróleo, estableciendo un sistema de cuotas entre sus países miembros. La mayoría de las  veces, esto ha funcionado bien. Ahora, los fabricantes de equipos solares de China están  apostando por superar el actual exceso de oferta en el mercado interno acordando cuotas al  estilo de la OPEP, según informó Bloomberg. 

La amenaza existencial para el sector de los equipos solares fue la principal razón por la que  más de 30 de las mayores empresas del sector de China firmaron un pacto para tener cuotas  de producción en 2025 basadas en las cuotas de mercado actuales, la capacidad de producción  individual y la demanda esperada de productos solares, según informes de los medios chinos. 

El acuerdo de una “OPEP solar” se firmó en la reunión anual de la Asociación de la Industria  Fotovoltaica de China la semana pasada. Todavía no sabemos como impactará en el mercado  global. 

¿Y si Alemania hubiera invertido en energía nuclear? Por segunda vez en un mes, la red  eléctrica alemana se vio afectada por una sequía eólica, conocida en Alemania  como Dunkelflaute. La falta de viento hizo que los precios de la electricidad en Europa se  dispararan a sus niveles más altos desde finales de 2022, cuando Europa se encontraba en  medio de una crisis energética debido a las problemas generado por el suministro de gas ruso.  Ahora la situación es peor, Europa, y Alemania en particular, parecen estar en medio de una  crisis energética permanente. 

El jueves de la semana pasada, los consumidores alemanes pagaron una media de 400 dólares  por megavatio-hora por la electricidad. Durante las horas pico, los precios en el mercado  mayorista de energía de Alemania se acercaron a los 1.000 dólares por MWh, el nivel más alto  en 18 años. La sequía eólica no solo afectó a Alemania, los precios de la electricidad en toda  Europa se dispararon en medio de la sequía eólica. 

La última sequía eólica es una prueba más de la debilidad de la Energiewende alemana, una  iniciativa extremadamente costosa diseñada para obligar al país a abandonar los hidrocarburos  y pasarse a las energías alternativas. Un estudio publicado por el International Journal of  Sustainable Energy estimó que entre 2002 y 2022, la Energiewende le costó a Alemania  746.000 millones de dólares. De esa suma, más de la mitad se gastó en producción y  distribución de energías alternativas. El resto se gastó en subsidios. Si Alemania hubiera  gastado aproximadamente la mitad de esa suma en energía nuclear habría logrado mayores  reducciones de emisiones que las que logró persiguiendo el espejismo de las energías  alternativas. 

Como venimos repitiendo, décadas de cumbres, alarmismo climático y billones gastados no  han dado resultados ambientales medibles. En cambio, se ha convertido en una de las mayores  transferencias de riqueza de la historia moderna, canalizando el dinero público hacia las corporaciones financieras, activistas climáticos y las nuevas industrias renovables sustentadas  en subsidios. 

Como dijo sin rodeos el CEO de TotalEnergies: “las energías renovables están donde está el  dinero”, es decir, los subsidios. 

Estamos en la era de la despoblación, y a medida que el crecimiento económico mundial se  desacelere, las energías renovables perderán peso salvo que alguna innovación tecnológica  cambie el escenario. A Trump no le preocupa que China domine los paneles solares, las  turbinas eólicas y los vehículos eléctricos. Por los anuncios que en materia energética está  preparando, pareciera que tiene claro que el petróleo será la base de su estrategia geopolítica.  El que controle el petróleo, controlará las naciones.  

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En la guerra de Ucrania, la energía continúa definiendo la geopolítica mundial

La invasión rusa a Ucrania está reconfigurando el sistema energético global y los países de Europa y EEUU se encuentran frente a una encrucijada: revisar el camino trazado de la transición energética o profundizar y acelerar esa transición para salir de la dependencia de los combustibles fósiles. Las distintas agencias internacionales, conducidas por burócratas, siguen sin cambiar el discurso y quieren profundizar el rumbo. Los líderes políticos, que tienen responsabilidad de gobierno y tienen que garantizar la energía y el bienestar de la población, están revisando el camino hacia el net zero. Si bien aún es demasiado pronto para saber cómo se desarrollarán los acontecimientos, la crisis puede dar lugar a cambios duraderos en los mercados energéticos ya que la invasión rusa ha mostrado que todavía el mundo depende de los combustibles fósiles y ha puesto a la seguridad energética nuevamente a la vanguardia de las agendas públicas.

En estos últimos años, los países más desarrollados de Europa habían pensado que la seguridad energética era una idea pasada de moda. Instalaron un gran número de turbinas eólicas y paneles solares, prohibieron el fracking para gas natural y cerraron las plantas de generación eléctrica que usaban carbón e incluso, en Alemania, las que usaban energía nuclear. En noviembre del año pasado, en la cumbre climática de Glasgow, Europa trataba que los demás países la imitaran en ese aparente camino sin dificultades hacia las energías renovables. Las discusiones eran si el net zero se iba a alcanzar en 2050 o 2060 y quienes se comprometían más a hacerlo. De repente, en el peor momento posible, la realidad energética les explotó en la cara y Europa se encontró completamente dependientes del gas ruso para obtener calor y electricidad confiable y segura.

En EEUU, la situación no es tan alarmante todavía, pero la combinación de la invasión de Ucrania con la reanudación de la guerra de Obama contra los combustibles fósiles por parte de la administración Biden también ha dejado a la gran potencia americana vulnerables a un aumento de los precios del petróleo y el gas en los mercados mundiales, justamente porque la oferta se ha reducido artificialmente por la hostilidad del gobierno a la producción de combustibles fósiles. El mundo está hoy frente a lo que podría convertirse en la mayor crisis de oferta desde la crisis petrolera de 1973. Las consecuencias de una posible pérdida de las exportaciones de petróleo ruso a los mercados mundiales no pueden subestimarse. Rusia es el mayor exportador de petróleo del mundo, aportando 8 millones de bpd de productos de petróleo crudo y refinado a todo el mundo.

Si bien las sanciones impuestas a Rusia hasta la fecha excluyen a las exportaciones de energía, muchas empresas navieras, bancos y otras petroleras presionados por la opinión pública, están tratando de evitar seguir haciendo negocios con Rusia, lo que podría sacar del mercado en algunos mese alrededor de 3 millones de bpd, según un informe de la Agencia Internacional de Energía. También es un gran exportador de gasoil a Europa, por lo que hay preocupación respecto a la posible escasez de este combustible fundamental para el transporte.

Sin embargo, la propia agencia con sede en París estimó de manera poco rigurosa que Europa podría reemplazar el gas ruso en un año, aumentando la generación a carbón, consiguiendo nuevos cargamentos de GNL, aumentando la energía nuclear y disminuyendo el consumo a partir de ajustar los termostatos y pasar a calefaccionarse con bombas de calor. Esto último era el objetivo de Boris Johnson para el Reino Unido pero que nunca logró concretarlo por el costo que tiene para los usuarios y la resistencia que generó. Una vez más, la AIE hace análisis siguiendo su mandato político hacia las renovables dejando de lado las cuestiones técnicas que muestran las dificultades para reemplazar a los combustibles fósiles. Justamente, la nueva realidad energética ha hecho que Boris Johnson decidiera conformar un grupo de trabajo de energía para reforzar los suministros de petróleo, gas y energía nuclear del Reino Unido mientras busca una salida a la crisis energética. Dos expertos de alto nivel de la industria encabezaran este grupo y reportarán directamente al Primer Ministro. Asesorarán sobre un período de transición centrado en los combustibles fósiles con el objetivo de aumentar la autosuficiencia energética del Reino Unido y mantener bajas las facturas de energía de los hogares. Pareciera que el gobierno británico, tal vez el que tenía los proyectos más ambiciosos para salir de los combustibles fósiles, ha decidido abandonar, o por lo menos retrasar, la descarbonización de la economía para 2050. Los posicionamientos energéticos son también geopolíticos.

Así, Arabia Saudita reafirmó su compromiso con Rusia a pesar de la invasión a Ucrania. El príncipe heredero saudí Mohammed bin Salman (MbS) reiteró el compromiso con el acuerdo de la OPEP+ (la coalición de los principales productores de Medio Oriente y sus aliados), donde el otro socio clave del acuerdo es Rusia. Esta postura hizo que la OPEP+ continuara con el modesto aumento de 400 mil bpd a pesar de la invasión y del problema causado a las economías desarrolladas por los altos precios del petróleo y el gas. En realidad, lo que MbS mostró es el cambio geopolítico y económico del reino a partir de la Guerra de Precios del Petróleo 2014-2016, donde el desarrollo del shale de EEUU le generó graves consecuencias económicas y políticas. Arabia Saudita decidió entonces salir de la esfera de influencia de EEUU y volcarse hacia China y Rusia y conformar la OPEP+ en 2017. Hoy, lo está ratificando, con el impacto que este reposicionamiento tiene para el mercado energético mundial.

Otras de las consecuencias energéticas de la invasión es que China continuará maximizando el uso del carbón en los próximos años mientras atiende a su seguridad energética, dijeron esta semana los principales responsables políticos chinos, entre ellos el presidente Xi Jinping quien afirmó que la transición energética es un proceso largo y China no puede frenar el uso del carbón inmediatamente. En 2020, los últimos datos disponibles, la participación del carbón cayó al 57%, en comparación con el 58% en 2019. China decidió operar sus centrales eléctricas a carbón a plena capacidad mostrando que su prioridad es su seguridad energética. China es hoy una gran potencia económica e industrial que necesita de enormes cantidades de energía y es la mayor emisora de gases de efecto invernadero. La política energética de China afecta al mundo.

Justamente, el mes pasado se cumplieron 50 años de la visita del entonces presidente Nixon de EEUU a la República Popular China, un giro geopolítico ideado y promovido por su asesor en seguridad Henry Kissinger con el objetivo de debilitar a la Unión Soviética, la otra gran potencia mundial de entonces. Con China actualmente como el único país capaz de desbancar a Estados Unidos como la principal potencia mundial, muchos en Washington piensan que hubiera sido mejor que el presidente Nixon nunca hubiera hecho su histórico viaje a China. Fue la reunión de Nixon con el presidente del Partido Comunista de China, Mao Zedong, y la política de compromiso que inició con el acuerdo de Shangai, lo que propulsó a hacer de China una superpotencia económica y, hoy, una amenaza geopolítica para EEUU. Para estos analistas, la visita de Nixon, lejos de ser un golpe de genio diplomático, fue uno de los mayores errores estratégicos de la historia. Para justificar su estrategia, Kissinger sostenía que había que evitar que la Unión Soviética se aliara con China. Siguiendo este pensamiento, Kissinger establece una relación amistosa con Putin a quien visita en Moscú en 2016 y 2017. El enemigo era entonces la ahora gran potencia China y había que tratar que no se generara una alianza con Putin.

Sin embargo, algo salió mal nuevamente para Occidente y la energía tuvo mucho que ver. China comenzó a tejer alianzas para garantizarse la energía para su desarrollo, tanto con Rusia como con los países de Medio Oriente. Como repetimos siempre, somos sociedades de altísimo consumo energético y la energía está definiendo, una vez más, la geopolítica mundial.

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Martín Bronstein: «El combustible en el proceso de transición energética es el gas»

Al hacer foco en la transición energética y el rol que puede jugar el país, Bronstein sostuvo que «el puntal» está en el gas natural.

Martín Bronstein, investigador del Centro de Estudios de Energía, Política y Sociedad (Ceepys) analizó durante su participación en el segundo panel del evento las posibilidades que cuenta Argentina de convertirse en un jugador clave en la transición energética.
“Nos encontramos en un proceso de transición energética y el combustible fuente hacia esa transición, es el gas natural. Argentina tiene una de las principales reservas del combustible del futuro”, señaló Bronstein.En tanto, al analizar el presente del sector energético argentino y cómo pudo reponerse luego del impacto de la pandemia, remarcó: “Soy optimista, a la luz de los resultados. El país es uno de los que mejor pudo emerger de la pandemia. De a poco el mundo vuelve a caminar, a salir de la pandemia, y Argentina es de los países que mejor salió, debido a varias políticas públicas: la producción de petróleo creció 10% en este año. Y la producción de gas natural también tuvo un salto importante, del 18%. El horizonte para crecer es muy positivo”.Al hacer foco en la transición energética y el rol que puede jugar el país, Bronstein sostuvo que “la energía nuclear es muy importante en el proceso de transición”. “Es una fuente de energía confiable y constante”, explicó el especialista, quien detalló: “Pero el puntal de la transición energética está en el gas natural. Es el puente de la transición energética. Es un recurso interesante y cumple con la condición de firme, que es lo que no cuentan las renovables por el momento. El gas natural es la solución, ya que es el combustible fósil que menos emisiones genera y Argentina cuenta con importantísimos recursos. Argentina ya ha avanzado en el proceso de transición energética”.https://www.ambito.com/energia/energia/martin-bronsten-el-combustible-el-proceso-del-transicion-energetica-es-el-gas-n5330098

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La disputa entre Europa y Rusia por el gas continúa, su escasez hará subir los precios de los alimentos.

Europa sigue teniendo problemas para el abastecimiento de gas natural y el gasoducto Nord Stream 2, que une Rusia y Alemania a través del Báltico, sigue presentándose como un arma energética que el presidente ruso, Vladimir Putin, apunta sobre Europa. Rusia sostiene que está cumpliendo con los contratos, pero Europa sigue pidiéndole que aumente sus exportaciones de gas. Mientras Putin espera la aprobación para poner en marcha el estratégico gasoducto y ahí sí aumentar las exportaciones de gas hacia el viejo continente. La Agencia Federal de Redes de Alemania, Bundesnetzagentur, suspendió el 16 de noviembre el procedimiento para certificar a la empresa Nord Stream 2 AG como operadora de transmisión independiente hasta que se incorpore un operador del gasoducto en Alemania bajo la ley alemana que cumpliera con las restricciones antimonopolio de la Unión Europea. Dicho cumplimiento no es negociable y establece que el propietario de un gasoducto no puede ser la misma entidad que el propietario del gas natural que transporta. Según la normativa, es ilegal en la UE que Gazprom (la empresa estatal de gas de Rusia) sea propietaria de los gasoductos que transportan su gas.

Putin está buscando la forma jurídica para saltear esta incompatibilidad y para eso creó una empresa en Suiza, pero Suiza no pertenece a la UE y por eso todavía el Nord Stream 2 tendrá que esperar. Pero la cuestión trasciende lo formal y tiene su costado geopolítico. Al mismo tiempo que Alemania retrasa la aprobación del nuevo gasoducto, está instando al Congreso de los Estados Unidos que no sancionen el gasoducto de Putin, argumentando que hacerlo debilitará la credibilidad de Estados Unidos y dañará la unidad transatlántica. A pesar que Biden se opone al gasoducto, el presidente norteamericano y la entonces canciller alemana, Angela Merkel, llegaron a un acuerdo en julio en el que Alemania acordó tomar medidas, incluida la presión por sanciones a nivel de la UE, si Rusia “usaba la energía como arma” contra Ucrania y Europa. Hoy, aproximadamente 100.000 soldados ruso se están concentrando en la frontera ucraniana, y Kiev ve al Nord Stream 2 como una amenaza existencial para su seguridad.

El gasoducto eludiría la infraestructura de tránsito ucraniana y entregaría gas ruso directamente a Alemania, eliminando uno de los últimos elementos disuasorios que Ucrania tiene contra una invasión, por eso los republicanos están presionando por nuevas sanciones. En un intento por tranquilizar al Congreso americano, la embajada alemana en Washington detalló, mediante un documento privado cómo podría ser la acción de represalia contra Rusia. El documento afirma que el Nord Stream 2 actualmente no presenta “ninguna amenaza para Ucrania siempre que se garantice un tránsito de gas razonable”, y se refiere a las posibles sanciones sobre el gasoducto como “una victoria para Putin” porque dividiría a los aliados occidentales. La OTAN incumplió su pacto de no avanzar hacia el este cuando se negoció con la desaparecida Unión Soviética la reunificación Alemana, hoy Putin, gracias al arma del gas, está tratando de recuperar lo perdido. Europa y su crisis energética plantean un final abierto.

Como bien señala el analista de energía de Forbes, Llewelyn King: “Si Rusia tiene la culpa, lo que a primera vista parece ser el caso, ya que Europa obtiene la mitad de su gas natural de Rusia, entonces los europeos también tienen la culpa. Los compradores de gas de Europa y sus dirigentes políticos apostaron a que Rusia necesitaba su mercado más de lo que Europa necesitaba el gas de Rusia. Fue una apuesta y Europa perdió”.

 

Gas natural y alimentos

Es casi seguro que la escasez de gas natural en Europa tendrá impactos sociales y políticos más graves que los aumentos del precio de los combustibles, que están resultando incómodos para la Administración Biden. El problema va más allá de la posibilidad de apagones continuos en caso de períodos de frío prolongados. El gas natural representa aproximadamente el 80% de los costos variables de los componentes esenciales de los fertilizantes nitrogenados, como el amoníaco. El precio del amoníaco en Europa se triplicó aproximadamente entre enero y marzo. Los costosos de los fertilizantes ejercen presión sobre el suministro de alimentos. Durante el próximo año o dos, los agricultores europeos tendrán que absorber grandes aumentos en el precio de los fertilizantes, quizás escatimando en su aplicación. Eso conduce a un menor rendimiento de los cultivos y, por lo tanto, a un aumento de los precios de los alimentos. Si los precios de las importaciones de gas natural de Europa siguen siendo altos, parte de su industria nacional de fabricación de fertilizantes podría cerrar durante períodos prolongados, o incluso cerrar de forma permanente. Ya en octubre, el problemático mercado del gas provocó reducciones temporales sustanciales en la producción europea de fertilizantes por parte de empresas como Yara, BASF, CF Industries y Fertiberia.

A pesar de los deseos de varios grupos que se oponen al uso de fertilizantes, esa capacidad no podría ser reemplazada por un reciclaje más intensivo de desperdicios de alimentos, aguas residuales o estiércol crudo. El reciclaje en Europa ya es bastante eficiente. Los aumentos y la escasez del precio del gas natural afectan los componentes nitrogenados de los fertilizantes agrícolas. Pero ahora también hay aumentos significativos de precios en otros fertilizantes minerales principales como el fosfato y la potasa, junto con el azufre.

Europa importa la mayoría de esas materias primas, junto con una proporción cada vez mayor de su gas natural. Los productores extranjeros, sin embargo, han estado limitando las exportaciones este año para apoyar su agricultura nacional. China, que es el mayor productor de fosfato del mundo, suspendió o limitó severamente las exportaciones de fertilizantes ricos en fosfato a partir de finales de julio. Se espera que los recortes duren hasta junio del próximo año. Rusia ha anunciado restricciones a las exportaciones de fertilizantes nitrogenados y fosfatados durante seis meses a partir del 1 de diciembre. La geopolítica energética implica geopolítica alimentaria.

Es cierto que los precios de los fertilizantes han aumentado en el pasado y luego volvieron a bajar a medida que los productores aumentaron la capacidad y los agricultores redujeron el uso de fertilizantes. Picos similares a los que estamos viendo ahora se produjeron, por ejemplo, a principios de 2008, cuando el petróleo alcanzó los US$ 147 y el gas en Estados Unidos estaba alrededor de los US$ 14 antes de la crisis financiera mundial (hoy está US$ 3,7).

La diferencia esta vez, particularmente en Europa, es que la política climática significa que no hay financiamiento disponible para la expansión de la producción de gas natural. Los agricultores pueden escatimar en las aplicaciones de potasa y fosfato durante una temporada o dos, pero los rendimientos disminuirán rápidamente sin fertilizantes nitrogenados. El dilema de reducir las emisiones de carbono mientras se aumenta la producción de alimentos que requiere un mundo cada vez más poblado todavía no se ha resuelto. Es imprescindible hacerlo para avanzar en un proceso de transición energética exitosa.

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¿Nace una alianza anti OPEP+?

El petróleo sigue siendo un elemento central en la dinámica de la sociedad y en la geopolítica mundial, y esta semana volvió a demostrarlo. La fuerte recuperación del precio del barril que comenzó en octubre con la recuperación económica y la puesta en movimiento del mundo, pasado el pico de la pandemia, genera una tensión importante entre los países importadores y los exportadores. Los países exportadores siguen con cautela la vuelta a la normalidad en el mundo, pero los importadores están urgidos por bajar el precio del crudo que atenta contra la recuperación económica post-pandémica y alimenta la inflación que está siendo una preocupación en los países OCDE. Esta situación llevó al presidente norteamericano, Joe Biden, y a los países ricos miembros de la Agencia Internacional de Energía reclamarle insistentemente a la OPEP+ para que aumente sus niveles de producción, más allá de lo acordado, con el objetivo de equilibrar el mercado.

Vale recordar que ante al derrumbe de la demanda de petróleo producto de la pandemia, el año pasado la OPEP+ (un grupo conformados por los principales exportadores de crudo de Medio Oriente y otros aliados liderados por Rusia) habían acordado reducir su producción en 9,7 millones de barriles por día. Pasado lo peor de la pandemia el grupo ha comenzado a reducir esos recortes y a incrementar la producción (actualmente los mismos se encuentran entre 4 y 5 millones de barriles por día). La OPEP+ se comprometió a incrementar los volúmenes en 400 mil barriles diarios cada mes.

Ante el silencio de la OPEP+ a los reclamos, la semana pasada, el presidente Biden anunció la liberación de 50 millones de barriles de las reservas estratégicas (SPR) de petróleo de Estados Unidos, como una medida para aumentar la oferta y presionar a la OPEP+ con un movimiento geopolítico de unificar a los principales países importadores por un aumento de la producción. Biden está en una situación doméstica complicada ya que los combustibles han aumentado más de un 60% en los últimos doce meses, pasando de 3,4 dólares por galón regular frente a aproximadamente 2,11 dólares en noviembre de 2020, y la población norteamericana es muy sensible al precio de la “nafta”. El nivel de popularidad de un presidente en la gran potencia del Norte está muy asociado al costo de llenar el tanque. Todavía el petróleo mueve al mundo.

Por lo tanto, Biden no estuvo solo en este anuncio, sino que estuvo buscando una acción conjunta de liberación de SPR con otros países importadores, incluyendo a China. Este fue uno de los temas de conversación en la cumbre virtual que tuvo con el presidente chino Xi Jinping hace dos semanas. Por eso, China fue uno de los países que aceptaron la medida, además de India, Corea del Sur, Japón y el Reino Unido. Ante esta situación novedosa, algunos analistas anunciaron apresuradamente que este martes había marcado el surgimiento oficial de una “anti-OPEP+” donde el grupo recién surgido como un conjunto de los principales países consumidores de petróleo habían tomado la dinámica del lado de la oferta en sus propias manos a partir de la liberación sin precedentes de reservas estratégicas para crear un exceso artificial en el mercado petrolero.

Si tomamos en cuenta el nivel de la liberación de las reservas estratégicas acordadas, estas cantidades son insignificantes (ya que los 50 millones de barriles liberados por Biden corresponden a tan solo dos días y medio de consumo de Estados Unidos), pero la movida tuvo fundamentalmente un componente geopolítico: intentó dar un mensaje claro para la OPEP+ de que no es el único actor en el escenario del mercado mundial del petróleo. El esfuerzo coordinado representaría la formación de una alianza no oficial del lado de la demanda para mantener a la OPEP+ bajo control si aumenta los precios a un nivel visto como insatisfactorio para estimular el crecimiento económico de los países importadores. ¿Cómo responderá la OPEP+ a este movimiento?

La decisión de liberar de manera conjunta el crudo almacenado estratégicamente, como medida de seguridad energética establecida por la AIE, después de que los países de la OPEP+ rechazaron los llamados a aumentar significativamente la producción podría interpretarse como una victoria diplomática para los Estados Unidos y un desafío al control que Arabia Saudita, Rusia y otros productores de la OPEP + tienen en el mercado.

Pero no es seguro que esta situación se consolide y, además, no está exento de riesgos. Algunos funcionarios de la OPEP + advirtieron que es probable que respondan cancelando los planes para aumentar su propia producción, compensando la adición de petróleo de las reservas en el mercado. El enfrentamiento establece una nueva lucha por el control del mercado energético mundial y la pelea amenaza con agitar la geopolítica del petróleo. Está en juego el precio de la materia prima más importante del mundo, ya que los políticos y los bancos centrales se enfrentan hoy al aumento inflacionario más fuerte en más de una década. También muestra la tensa relación entre Estados Unidos y Arabia Saudita, tradicionalmente una piedra angular de las relaciones de Washington en el Medio Oriente que dio estabilidad y mesura a las posiciones radicales dentro de la OPEP.

El viernes pasado, se ha generado un paraguas en este duelo entre consumidores y productores luego del derrumbe de los precios del petróleo de más de 10 dólares en tan solo un día. Configurando la mayor caída desde abril de 2020 en pleno pico de la pandemia. Este gran descenso se debió a los temores de la nueva variante de COVID-19 sudafricana, conocida como “Omicron”, que podría complicar aún más la crítica situación sanitaria que atraviesan los países del norte. Se sabe poco de esta nueva variante, pero los científicos aseguran que tiene una combinación inusual de mutaciones, que puede evadir las respuestas inmunitarias y podría ser más transmisible. Esto ya está obligando a varios países a imponer nuevas restricciones para frenar la propagación del virus, lo que indefectiblemente impactará en la demanda de petróleo. Sin embargo, lo más probable es que esta delicada situación sea temporal y terminará demorando la recuperación de la demanda de petróleo que a la larga la misma debería producirse.

El próximo 2 de diciembre se desarrollará la 23ª Reunión Ministerial de la OPEP+. En su reunión anterior en noviembre, la OPEP + reconfirmó su plan de ajuste de producción y su decisión de aumentar su producción en 400.000 barriles por día para diciembre. La próxima reunión de la OPEP + debe ser observada de cerca, ya que podría ofrecer un interesante juego de póquer del suministro de petróleo por venir. Si la medida es vista como agresiva por la OPEP+, el grupo podría, en teoría, incluso reducir el suministro en enero para mantener sus ganancias y mostrar que mantiene el control sobre la producción de crudo y la dinámica del mercado. En tiempos de transición energética, el vituperado petróleo sigue siendo uno de los artífices más importantes de la geopolítica mundial.

 

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La COP 26 busca desterrar el carbón, pero Asia continúa hambrienta de este recurso

La transición energética acelerada que estamos viviendo se encuentra sustentada en externalidades ambientales, no en necesidades energéticas urgentes, pero también en cuestiones geopolíticas que atravesadas por la narrativa sobre la emergencia climática. En la cumbre de Glasgow se confirmó esta presunción que está limitando los acuerdos a alcanzar.

La Unión Europea y EEUU fueron a la COP 26 con la intención de forzar metas climáticas más ambiciosas que el acuerdo de París que establecía el objetivo de evitar un aumento menor a 2° C para 2050. Boris Johnson, junto con Biden y otros líderes europeos, intentan imponer, seguramente sin resultados, que este objetivo baje a 1,5° C. Xi Jinping, quien no fue a la cumbre, aprovechó para afirmar que China seguiría con la meta del 2° C que se había acordado en París y con el net zero para 2060. A esto se sumó la India que declaró que recién alcanzaría la piedra filosofal del net zero en 2070. Entre China e India tienen 3 mil millones de habitantes, el 40% de la población mundial y donde sus economías están en pleno crecimiento.

A esto se sumó la posición de Rusia, Putin tampoco concurrió a la cumbre, ya que mantiene su objetivo de frenar a Europa en su avance hacia el Este aprovechando el arma del gas natural que la Unión Europea está reconsiderando como fuente de energía de transición aceptada. Justamente, lo extraño de la situación energética mundial es que se ha establecido lo que podríamos llamar “La nueva Guerra Fría del Calentamiento Global” donde Europa se ha desarmado energéticamente de manera unilateral, algo impensable en los tratados del desarme nuclear de la Guerra Fría tradicional. La declarada emergencia climática ha provocado que los líderes europeos y el presidente norteamericano, Joe Biden, estén entregando su seguridad energética y comiencen a sufrir sus consecuencias.

Conceptualmente, tanto la energía fotovoltaica, la eólica y el petróleo son derivados de la misma fuente energética: el Sol. La diferencia es que la incidencia del Sol sobre nuestro planeta es dispersa y los combustibles fósiles son energía solar concentrada. Se espera que el consumo mundial de energía aumente un 50% para 2050, un aumento impulsado principalmente por los países en desarrollo que necesitan energía barata para elevar los niveles de vida de su población. Occidente haría bien en recordar que se volvió próspero a través de la industrialización, un proceso que sólo fue posible gracias a los combustibles fósiles.

Durante décadas, muchos de los países en vías de desarrollo han podido comerciar gracias a procesos de fabricación y fuentes de energía que ya no se consideran aceptables en la sociedad occidental educada, a saber, el carbón. Ahora Occidente usa su supuesta superioridad moral y económica para sermonear a otros países sobre la necesidad de frenar su comportamiento, incluso si eso significa retardar su propio progreso económico y hacerse más dependientes de los países más ricos. Ésta es, en cierto sentido, una nueva forma de colonialismo, que hace que la atracción de la juventud y los líderes progresistas por este proceso sea realmente extraña, sólo entendible en el desconocimiento de la problemática energética y los verdaderos motivos de la transición.

Mientras el mundo debate en Glasgow la sentencia de muerte para el carbón, se están construyendo 195 centrales eléctricas de carbón en Asia, 95 en China, 28 en India y 23 en Indonesia entre las más numerosas, según datos del Global Energy Monitor. El uso del carbón es uno de los muchos problemas que dividen a los países industrializados y en desarrollo en su búsqueda de abordar el cambio climático. Muchos países industrializados han estado cerrando plantas de carbón durante estos últimos años para reducir las emisiones. Sólo Estados Unidos ha retirado 301 plantas desde el año 2000.

Pero en Asia, donde vive el 60% de la población mundial y aproximadamente la mitad de la industria mundial, el uso del carbón está creciendo en lugar de reducirse a medida que los países en rápido desarrollo buscan satisfacer la creciente demanda de energía. Repetimos, más del 90% de las nuevas centrales a carbón se están construyendo en todo el mundo se encuentran en Asia.

A pesar del aumento exponencial en la producción de energía renovable, la economía mundial sigue dependiendo del carbón para la electricidad. En Asia, la participación de este combustible fósil en la matriz de generación es el doble del promedio mundial, especialmente en economías en ascenso como la India. En 2020, más del 35% de la energía mundial provino del carbón, según la Revisión Estadística de BP. Aproximadamente el 25% provino del gas natural, el 16% de las represas hidroeléctricas, el 10% de la energía nuclear y el 12% de las energías renovables como la solar y la eólica. Este año, la demanda de carbón probablemente marcará un nuevo récord, llevando los precios a máximos históricos y generando a una competencia global por este combustible.

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Net Zero ¿petróleo US$ 100?

La transición energética sigue generando cada vez más tensiones geopolíticas. Los combustibles fósiles, principalmente el petróleo, han sido las fuentes energéticas que impulsaron el crecimiento económico mundial en el siglo XX. Sin embargo, este crecimiento fue desparejo y hoy los países desarrollados, precisamente gracias a la energía abundante y barata de los combustibles fósiles, quieren imponer la agenda climática del net zero a un mundo que quiere crecer y desarrollarse para mejorar la calidad de vida de sus habitantes. Esta tensión se verá en la próxima cumbre climática de Glasgow, incluso ya se está viendo antes del encuentro. Xi Jinping y Putin dieron a entender, por diversas vías, que no concurrirán a Glasgow el mes próximo y ponen así en duda el éxito del encuentro. La crisis energética actual que viven Europa y Asia ha fortalecido sus argumentos para oponerse a una transición acelerada y muy costosa que los países en desarrollo no pueden asumir.

La realidad está desafiando a los objetivos de la cumbre. A pesar de que el actual gobierno de Washington, bajo las órdenes de Joe Biden, y las figuras políticas más poderosas dentro de la Unión Europea están implementando políticas para disminuir el uso de los combustibles fósiles, el petróleo, el gas natural y el uso del carbón han aumentado este año. Algunos activistas ambientales plantean, para justificar esta situación que golpea su narrativa, que esto se debe a los intereses de las grandes empresas petroleras. Sin embargo, el renacer de los combustibles fósiles en 2021 no se debe a una conspiración elaborada, sino a una mala planificación de la transición y al hecho incontrastable de que las fuentes de energía alternativas aún no son lo suficientemente eficientes o baratas como para hacerse cargo de la energía que necesita nuestra civilización.

Por ejemplo, el uso de carbón en EEUU está en camino de aumentar un 23% este año, por primera vez desde 2013. Durante el mandato de Trump, el consumo de carbón por parte de las empresas de servicios públicos había caído en un 36% a pesar de todos los esfuerzos de Trump para apoyar a esa industria. Por el contrario, Joe Biden asumió el cargo con la promesa de reducir la dependencia energética estadounidense de los combustibles fósiles y llevar a cero el uso del carbón. Sin embargo, con Biden, esa disminución se ha revertido a un aumento del 23% en el consumo de carbón. Paradojas de una transición forzada donde la realidad se impone.

La semana pasada, el Bank of America publicó uno de sus extensos tomos de “Investigación Temática” sobre el mundo conocido como “Transwarming”. Esta publicación desató una tormenta de reacciones entre los que están a favor y en contra de la transición forzada ya que sirve como una introducción clave a la realidad net zero de hoy. Fundamentalmente por ser uno de los primeros bancos en cuantificar el costo de alcanzar el objetivo de cero emisiones.

La conclusión: se requerirían no menos de unos impresionantes US$ 150 billones en nuevas inversiones de capital durante 30 años para alcanzar un mundo net zero, lo que equivale a unos US$ 5 billones en inversiones anuales, esto es el doble del PBI mundial actual.

El sector privado no tiene ni de lejos el capital requerido para completar esta inversión, por lo que el Bank of America estima que todos o parte de la factura tendrían que ser sustentado por los bancos centrales en forma de decenas de billones en QE (Quantitative Easing). Y dado que la QE es esencialmente la monetización de la deuda, y dado que US$ 150 billones en nueva deuda tendrían consecuencias devastadoras en la economía, el Bank of América calculó cuán inflacionario sería este proyecto: en el escenario de monetización completa, donde los bancos centrales inyectan US$ 5 billones en liquidez cada año a través de QE durante 30 años, resultaría en un aumento del 3% de la inflación durante más de una década.

Acá llegamos a un punto fundamental del que no se habla en la narrativa naif de la transición. Si la investigación del Bank of America es acertada, nos mostraría que la cruzada contra el cambio climático, la doctrina ESG, el mundo «Net Zero», o como se quiera llamar, implica dar luz verde al mayor episodio de monetización de deuda de la historia. Esta situación sólo es posible envuelta en la narrativa de luchar por salvar a nuestro planeta, pero en realidad tal vez sea el mayor esquema de transferencia de riqueza de la historia. ¿Pueden los países en desarrollo seguir este esquema de endeudamiento? ¿Se discutirá de esto en Glasgow?

¿Petróleo a US$ 100?

Varios analistas de la industria coinciden en que la baja de la inversión en nuevos proyectos de petróleo y gas, luego de la crisis de 2015 y la presión sobre las empresas petroleras para que reduzcan sus emisiones y se pasen a las energías verdes, conducirán a un pico en la producción mundial de petróleo antes de lo imaginado. Esto sería una gran noticia para los defensores de la Transición Energética acelerada y las agendas del net zero sino fuera por un simple hecho: la demanda de crudo no para de crecer luego de la caída, debido a la pandemia, y establecerá un nuevo récord de consumo mundial el año que viene.

La inversión en la industria de los hidrocarburos el año pasado cayó a un mínimo de los últimos 15 años. En 2020, la inversión global upstream se hundió a solo US$ 350 mil millones, según estimaciones de Wood Mackenzie de principios de este año.  Tampoco se espera que la inversión repunte materialmente este año, a pesar de que los precios del petróleo ya superan cómodamente los US$ 80.

Los diversos proyectos gubernamentales sobre emisiones netas cero han llevado a la mayoría de las agencias especializadas en la temática a pronosticar que el pico de demanda de petróleo se produciría antes de lo pensado. Sin embargo, si se mantienen las políticas actuales de inversión podríamos ver primero cumplirse el pico de producción de crudo, generando un desbalance en el suministro de la principal fuente de energía del mundo que conduciría a un proceso de volatilidad con precios muy por encima de los valores actuales para los próximos años.

Nuestra forma de vida se sostiene en un altísimo consumo de combustibles fósiles y así lo seguirá siendo por varias décadas. El consumo de petróleo está lejos de haber alcanzado su máximo, con varios analistas pronosticando por lo menos que seguirá creciendo hasta mediados de la década que viene. La Organización de Países Exportadores de Petróleo (OPEP) estima que la demanda mundial de crudo continuará aumentando por lo menos hasta 2035, hasta los 108 millones de barriles diarios, después de lo cual se estabilizará hasta 2045, según la última perspectiva anual de la organización.

La industria petrolera mundial necesitará inversiones masivas durante los próximos 25 años para satisfacer la demanda, según afirma la OPEP. La misma necesitará inversiones acumuladas a largo plazo relacionadas con el petróleo, upstream (producción), midstream (transporte) y downstream (refino) de US$ 11,8 billones de dólares para 2045, afirma la analista Tsvetana Paraskova de Oil Price, tomando datos de la OPEP.

Patrick Pouyanné, CEO de la francesa TotalEnergies, señaló en el Energy Intelligence Forum de este mes que los precios del petróleo se “irán por las nubes” para 2030 si la industria dejara de invertir en nuevos proyectos, como sugieren algunos escenarios de net zero para 2050. “Si dejamos de invertir en 2020 y dejamos todos estos recursos en el suelo… los mismos se irán por las nubes”. El año pasado los precios del petróleo en Estados Unidos se ubicaron en US$ -32, tan solo un año y medio la idea de que el crudo supere los US$ 100 comienza a ser una realidad. 

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La crisis energética no da tregua y complica la COP 26 de Glasgow

La ideología, una vez más, chocó con la realidad y el saldo son varios países heridos por la crisis energética. Los precios del gas en Europa continúan batiendo récord tras récord generando cierres de fábricas, aumento de las tarifas eléctricas y protestas de enormes sectores de la población europea. El Reino Unido se enfrenta a una escasez de suministro que recuerda al invierno de finales de la década de 1970, cuando el país no había desarrollados los recursos de petróleo y gas en el Mar del Norte, y Europa sufrió el embargo de la Organización de Países Exportadores de Petróleo (OPEP). Las fábricas chinas están parando su producción debido a la escasez de energía. El panorama en Europa y Asia es sombrío. La pregunta que les cuesta responder a los dirigentes que están guiando la acelerada y forzada transición energética es cómo llegamos hasta acá. Esta crisis pone en jaque los objetivos planteados por la Cumbre sobre cambio climático que se llevará a cabo en la ciudad de Glasgow, Escocia, entre el 31 de octubre y el 12 de noviembre. La misma busca comprometer a los países en metas más ambiciosas sobre reducción de emisiones de cara a lograr el net zero en 2050.

La crítica situación energética les hizo tomar conciencia a los políticos europeos, entre los que se destaca Boris Johnson por su postura verde extrema, de que los combustibles fósiles seguirán siendo importantes durante décadas (particularmente el gas natural), que algo hicieron mal y que la transición no es tan sencilla. Por ejemplo, hace unos meses, el jefe de transición verde de la Unión Europea, Frans Timmermans, afirmó que el gas no tenía lugar en la transición. La crisis está mostrando que Timmermans y sus colegas burócratas de Bruselas no podrían haber estado más equivocados.

Esta crisis también tiene su origen en que, durante los últimos años, Europa ha estado retirando centrales de generación eléctrica a carbón y construyendo parques solares y eólicos mientras se esforzaba por convertirse en el continente más verde de la tierra. El viejo continente busca liderar la transición energética bajo la premisa de que la disminución de las emisiones de dióxido de carbono son el mayor problema del planeta y que hay que actuar ya para evitar una crisis climática indefinida. Este relato no tiene un sustento científico sólido e indiscutible, como ocurre con las explicaciones científicas que intentan comprender y reproducir la dinámica de los sistemas complejos, pero se ha forzado a la ciencia a que sustente objetivos políticos. Esto va en contra de la ciencia y la devalúa. Así, bajo estas políticas se reemplazó energía firme (centrales eléctricas que al utilizar combustibles brindan previsibilidad) por sistemas intermitentes cuando todavía no están desarrollados sistemas de almacenamiento masivo de electricidad.

A esto se le debe sumar la disminución de la inversión en la producción de petróleo y gas, ya que esto no tenía sentido para un mundo sin combustibles fósiles donde la Agencia Internacional de Energía definió su ruta hacia el net zero en 2050 con una disminución del 70% en el uso del petróleo. Además, la justicia en algunas naciones como los Países Bajos, encandilada por el relato climático de activistas ambientales, comenzó a castigar las actividades de las petroleras europeas como Shell. Esto es un problema para la justicia y la devalúa.

Ante la crisis actual, algunos de los protagonistas de la transición tuvieron que salir a dar explicaciones. “Es inexacto e injusto explicar estos altos precios de la energía como resultado de las políticas de transición de energía limpia. Esto está mal”, señaló Fatih Birol, director de la Agencia Internacional de Energía, haciéndose eco de un sentimiento compartido por todos los gobiernos verdes. La razón del sentimiento nunca se ha explicado, pero podría reducirse al hecho de que ya se ha gastado tanto dinero en la transición energética y se está programado gastar mucho más, que sería vergonzoso admitir que el enfoque de la transición fue equivocado o demasiado arriesgado.

De hecho, es totalmente exacto y justo explicar los altos precios de la energía como resultado de las políticas de transición a la energía limpia. Fueron estas políticas las que desalentaron la inversión en nueva producción de petróleo, gas y carbón.

Estas políticas impactaron también en China. La creciente crisis energética de China, que ha forzado el racionamiento en todo el país y amenaza con descarrilar el crecimiento económico, está impulsando a los responsables políticos a reconsiderar el ritmo de la transición energética del país asiático.

El camino de China hacia una economía más verde debe estar respaldado por un suministro estable de energía, aseguró el primer ministro Li Keqiang en un comunicado el lunes después de una reunión de la Comisión Nacional de Energía la semana pasada. Antes de establecer un cronograma para alcanzar un pico de emisiones de carbono para fines de la década, el país debe realizar una evaluación en profundidad de cómo ha manejado la reciente crisis energética, afirmó el primer ministro.

Estos comentarios, pocas semanas antes de que se inicien las cruciales negociaciones climáticas, podrían ser polémicos dada la intencionalidad de la Unión Europea, el Reino Unido y Estados Unidos de acelerar los esfuerzos para mitigar el calentamiento global. Sin compromisos adicionales de China, Estados Unidos y el Reino Unido, es poco probable que la conferencia conocida como COP26 sea un éxito.

Estas últimas semanas se publicaron informes con proyecciones de consumo energético de la OPEP, la Administración de Información de Energía (EIA) y de la Agencia Internacional de Energía (AIE) que nos muestran que todavía el consumo de los combustibles fósiles durará varias décadas, desmintiendo el relato de la transición exitosa y lo que sostiene, paradójicamente, el director de la AIE.

El informe de la EIA plantea que el consumo mundial de energía aumentará casi un 50% en los próximos 30 años y el petróleo y otros combustibles líquidos seguirán siendo la mayor fuente de energía del mundo en 2050. Paralelamente, la EIA afirmó que las fuentes de energía renovables como la solar y la eólica crecerán al mismo nivel de consumo. Sin embargo, para 2050 los combustibles fósiles cubrirán más del 70% de la demanda mundial de energía primaria. La reducción de emisiones no se hará efectiva por el simple acto declamativo.

La transición energética no será fácil, rápida, ni barata. La crisis actual es un claro ejemplo de esto. A menos de dos semanas para el inicio de la COP 26, una noticia amenaza con complicar los objetivos de la cumbre: China se ha bajado de la misma. El presidente Xi Jinping anunció que no se hará presente en Glasgow, agitando los fantasmas entre los organizadores de que el gigante asiático esté considerando bajarse del tren verde hacia el net zero. Acaso las consecuencias de la crisis energética tengan algo que ver. China es el mayor emisor de gases de efecto invernadero del mundo, por lo que la ausencia de Xi en la cumbre, ya sea en persona o mediante videollamada, marcaría un revés para las esperanzas de Boris Johnson de lograr que los líderes mundiales alcancen un acuerdo climático significativo.

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La transición energética no es gratis

La energía es un campo donde manda el mediano y largo plazo. Un ejemplo de esto se está observando en Europa y China, que están atravesando una crisis en el abastecimiento de energía sin precedentes. En el viejo continente, los precios de la electricidad y el gas natural se encuentran en máximos históricos. La actual crisis europea es el producto de años de decisiones políticas, supuestamente tomadas con la mejor de las intenciones, siguiendo el mandato de la descarbonización, pero que hoy empiezan a generar situaciones no previstas que han dejado a Europa en una situación política difícil. Estas últimas semanas esta coyuntura se vio agravada por la falta de vientos en el viejo continente, reduciendo la generación eléctrica a partir de renovables. La transición energética acelerada está haciendo vulnerable a Europa al ser absolutamente dependiente, más que de costumbre, de las importaciones de gas ruso.

Durante los últimos años, Europa ha bajado drásticamente las inversiones en hidrocarburos y ha estado cerrando sus propios yacimientos de gas a nivel nacional para reducir el impacto en el medio ambiente. El yacimiento de gas más grande de Europa occidental, el campo holandés Groningen, está siendo desmantelado ocho años antes de lo planeado inicialmente, con su producción reducida a un flujo mínimo que está destinado a ser utilizado solo como fuente de energía de respaldo. Del mismo modo, la producción de gas en el Reino Unido ha disminuido un 28% en lo que va del año.

Al quedarse sin gas natural, Europa se está enfrentando a una situación crítica. A medida que la demanda mundial de gas se dispara, se ven las consecuencias de la adopción masiva por parte de Europa de fuentes de energía renovables intermitentes como la eólica y la solar, combinada con su agresivo cierre de las centrales de carbón.

La crisis de gas del viejo continente está causando una volatilidad extrema. Hace tan solo diez días, el precio de la electricidad en el Reino Unido saltó 10 veces durante un período de siete horas, a un máximo histórico de ¡US$ 3,180! por MWh, ya que Irlanda, que exporta regularmente energía eólica al Reino Unido, se enfrentó también a la escasez de vientos. Esta volatilidad ha generado precios más altos de la energía en toda Europa, alcanzando máximos históricos en España, Alemania y Francia. Los usuarios residenciales, como es lógico, se llevan la peor parte del aumento.

Por su parte, Rusia no ha ignorado la situación energética cada vez más precaria de Europa y está jugando políticamente. Durante el verano limitó el flujo de exportación de gas natural con el objetivo de maximizar ganancias y dejando a Europa con sus reservas de gas en niveles bajísimos. De esta forma, Rusia está presionando ahora a la Unión Europea para hacer que el gas fluya a través del nuevo gasoducto Nord Stream 2 lo antes posible y eludiendo regulaciones ya que Europa tiene pocas buenas alternativas aparte del gas ruso. Ante esta situación, Putin está tratando de obligar a Alemania a no implementar una ley antimonopolio de la UE en el Nord Stream 2 que obligaría a Rusia a dividir el control de su nuevo gasoducto a Alemania.

Un tribunal alemán dictaminó recientemente que Gazprom, el gran proveedor estatal del gas ruso y dueño del gasoducto, tendrá que ceder el funcionamiento diario de sus operaciones a un tercero independiente en virtud de las leyes de la UE diseñadas para limitar los monopolios energéticos. También tendrá que subastar la mitad de su capacidad para ser utilizada por competidores en Europa, señaló el tribunal. Aprovechando la situación crítica, el Kremlin está desafiando el orden legal de la UE en su sentido más amplio, con el objetivo de obligar a la Comisión Europea a anular los fallos ya alcanzados por el Tribunal Europeo.

Ante esta situación de crisis, la propia Agencia Internacional de Energía le ha solicitado a Rusia que aumente los flujos de gas hacia Europa. El viejo continente no tiene muchas alternativas, Putin obtendrá seguramente lo que quiere y Europa pagará por su agenda verde apresurada.

Más allá de Europa, los precios del gas natural en todo el mundo están subiendo en medio de una tormenta perfecta de mercados regionales con oferta de gas limitada y precios de energía en alza en Europa. Es posible que el repunte del gas natural aún no haya terminado, y pueda alcanzar nuevos máximos históricos, especialmente si el próximo invierno en el hemisferio norte resulta más frío de lo habitual. Si bien la crisis del gas natural y el repunte de los precios de la electricidad son más evidentes en Europa, la creciente interdependencia entre los mercados regionales de gas en los Estados Unidos, Asia y Europa que se ha producido en los últimos años, provoca que los picos de precios del gas natural en una región no pueden ser ignorados por los mercados en las otras regiones.

Una situación similar está sucediendo en China, pero en lugar del gas natural el problema es el carbón que alimenta la mayoría de sus centrales eléctricas. La producción china de carbón viene disminuyendo en los últimos años y a los operadores de las centrales eléctricas les resulta complicado comprar suficiente carbón para mantener sus instalaciones en funcionamiento, lo que aumenta la probabilidad de una crisis energética cuando llegue el próximo invierno. Actualmente, los stocks almacenados de carbón son bajos debido al aumento de los precios de este recurso este año, y algunas centrales eléctricas ya han tenido que apagar sus calderas para ahorrar costos.

Pareciera que al igual que la crisis de gas en Europa, este problema también tiene años de maduración. China, junto con la India, está a punto de convertirse en víctima de la subinversión que hubo también en carbón. El objetivo por reemplazarlo dentro de la agenda de transición energética, ha generado que las inversiones en esta fuente energética hayan sido castigadas sin tener en cuenta la necesidad de que este reemplazo sea gradual. Esto ha provocado un aumento muy importante en el precio. A principios de este mes, el carbón de referencia en Asia se cotizaba a US$ 177 por tonelada, un aumento que duplica el valor a comienzo del año y un aumento aún mayor de los US$ 50 por tonelada que el carbón de referencia se negociaba en 2020.

El aumento de los precios del carbón y el gas está demostrando que la transición energética no será ni suave ni fácil, y la decisión del gobierno chino en los objetivos de cero emisiones netas (anunciada para 2060) no será suficiente para llevarla a cabo. Pero hay implicaciones más inmediatas de una crisis energética en China que pueden impactar a nivel mundial, ya que, si no hay suficiente carbón y gas para el gigante asiático, no habrá suficiente carbón y gas para todos los demás países que necesiten importarlo. Los países con producción local de estos recursos obtendrán grandes ganancias de las exportaciones de energía, pero el resto, al tener que pagar por esa energía, tendrán dificultades para su crecimiento económico.

Además del carbón, otra fuente importante de generación de electricidad en China es la hidroeléctrica, pero debido a las sequías que azotaron el este de Asia, este recurso también ha disminuido este año. Durante el verano, los gobiernos regionales se vieron obligados a reducir el consumo y las luces de las calles se apagaron por la noche en varias regiones chinas. Otra víctima de estas medidas, fue por ejemplo la fundición de aluminio, que es un proceso particularmente intensivo en electricidad y calor. Normalmente, China suministra aproximadamente el 60% del aluminio del mundo. Con su producción reducida y la demanda mundial en crecimiento, los precios del aluminio se dispararon. La crisis energética china afectó al mundo.

Por otra parte, la demanda de petróleo está de vuelta superando todas las expectativas y algunas predicciones que afirmaban que nunca se recuperaría ya que el cambio a las energías renovables mataría el crecimiento de la demanda de petróleo muy pronto. Ahora parece que estas predicciones eran prematuras. Debido a esta perspectiva de demanda creciente sumado a la baja de inversiones ocurrida en los últimos años, es posible que el barril de crudo llegue a US$ 100 para mitad del año que viene, según afirman varias agencias que monitorean los precios. En este contexto, las grandes petroleras están ahora en proceso de invertir hasta un billón de dólares en proyectos de petróleo y gas que no tendría sentido en un mundo alimentado por energías renovables. Sin embargo, hoy las petroleras están comprendiendo que este mundo bajo en carbono es todavía bastante incierto, incluso con toda la legislación para reducir las emisiones y la presión de los gobiernos de la Unión Europea y Estados Unidos.

Es muy posible que las grandes petroleras continúen con sus negocios como de costumbre en previsión de más discrepancias entre la demanda y la oferta de energía.

La francesa TotalEnergies, por ejemplo, la última petrolera en cambiar su nombre disimulando su negocio principal, anunció a principios de este mes una inversión de US$ 27 mil millones en Irak en los próximos 15 años. El dinero se destinará a aumentar la tasa de recuperación de petróleo en varios yacimientos del sur del país, reducir la quema de gas para usarlo en la generación de energía local y construir una granja solar. Algunos podrían llamar a esto “greenwashing” (lavado de cara verde). Otros dirán que es la realidad de la cuestión energética actual, donde la necesidad de energía disponible, barata y confiable es más importante para los países en desarrollo, cuyas emisiones son despreciables respecto a los países desarrollados, que aceptar el nuevo imperialismo del carbono.

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