Crece el consumo mundial de petróleo a un ritmo mayor que la producción

Por Martín Bronstein

 

A pesar del aumento en la utilización de las energías renovables, el consumo mundial de petróleo creció por encima de la tasa promedio de los últimos 10 años por segundo año consecutivo en 2016. Esta situación se explica porque las llamadas energías renovables – eólica, solar, geotérmica- aportan al flujo eléctrico, donde la participación del petróleo como fuente primaria  es mínima a nivel mundial. El petróleo todavía es irreemplazable como fuente energética para el transporte y lo que está sucediendo es que India y China siguen aumentando la utilización del automóvil y el transporte en general.

Según el último informe estadístico de energía a nivel mundial elaborado por BP, el aumento en el consumo de petróleo alcanzó a 1,6 millones de barriles por día, lo que equivale a un incremento de 1,6% del total mundial, Los principales aumentos de la demanda de crudo provienen de la India y de Europa con cerca de 300 mil barriles por día cada uno. El crecimiento en la demanda de China fue de 400 mil barriles por día, que si bien es mayor en términos absolutos, fue el incremento más bajo que tuvo el gigante asiático en los últimos años.

Por su parte, la producción de petróleo continuó aumentando en 2016 pero a un ritmo menor que la demanda, con un incremento de 400 mil barriles por día, lo que representa el 0,5% de la producción mundial y es el crecimiento más bajo desde 2013. Esto llevó al mercado petrolero a regresar a un nuevo equilibrio a mediados de año, sin embargo, esto no se vio reflejado en un aumento de los precios debido al gran exceso de stock almacenado que amortiguó el déficit entre el aumento de la demanda y la producción.

La producción de petróleo en Medio Oriente tuvo un gran crecimiento, llegando a 1,7 millones de barriles por día, impulsado principalmente por Irán (700 mil barriles por día), Irak (400 mil barriles por día) y Arabia Saudita (400 mil barriles por día).

Como contrapartida, el menor crecimiento de la producción mundial de crudo se explica por la reducción fuera de Medio Oriente, que totalizó 1,3 millones de barriles por día. Los mayores descensos se registraron en Estados Unidos (-400 mil barriles por día), China (-310 mil barriles por día) y Nigeria (-280 mil barriles por día).  El petróleo representó un tercio del consumo mundial de energía primaria.

La demanda mundial de energía creció el año pasado el 1% según los datos aportados por BP. La tasa de crecimiento fue similar a los aumentos del 1% y 0,9% de 2014 y 2015 respectivamente y significativamente menor que la tasa promedio de los últimos 10 años de crecimiento (donde el incremento promedio fue del 1,8%). Casi todo el aumento provino de economías de rápido crecimiento, China e India juntas representan la mitad de todo el crecimiento. Este descenso en el crecimiento de la demanda energética está relacionado con la baja en el crecimiento de la economía mundial, principalmente de China. Sin embargo, manteniendo una tasa de crecimiento del consumo energético de sólo el 1%, para 2050 la demanda energética global crecerá cerca del 50% y si se volviera a crecimientos cercanos al 2%, para 2050 el mundo necesitaría casi el doble de energía que la que consume actualmente. Cualquiera de estos escenarios es preocupante y nos obliga a confiar en que la innovación tecnológica pueda darnos respuesta a este desafío. Pero también deberíamos repensar nuestros modelos de desarrollo.

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La minería y su delicado equilibrio entre Desarrollo y Sustentabilidad

Por Maggie Videla

Acerca del Desarrollo Sustentable

Hoy por hoy, el concepto de desarrollo sustentable se ha transformado en habitual y el término como tal, se traslada a procesos, actividades, productos, con una aparente liviandad que trasciende la comunidad científica.

Por otra parte, si bien inicialmente se restringió al análisis del consumo de los recursos naturales en detrimento del ambiente, en la actualidad la visión de sustentabilidad responde a una mirada sistémica donde confluyen, en torno al estudio de una actividad determinada, cuestiones que tienen que ver tanto con lo social, lo económico, político, el marco regulatorio y por supuesto lo referido al impacto ambiental de la misma.

Repasando brevemente los orígenes y el avance de esta concepción podemos ir hacia atrás casi 150 años, momento en el que surge en algunos países la idea de preservar grandes espacios en su estado original, como paisajes y santuarios para la vida vegetal y animal, dejando fuera la presencia humana. Ejemplo de ello es la creación en 1872 del primer parque nacional del mundo; el de Yellowstone en E.E.U.U. Luego de las 1ra y 2da Guerra Mundial, y, con la creación de la ONU en 1945, reaparecen estas ideas y reflexiones, que se van encauzando concretamente, a plantear que el crecimiento en el planeta se ve limitado por los siguientes cinco factores: Población, Agricultura, Recursos naturales, Industrias y Contaminación – documento de 1972 generado por un grupo de científicos, investigadores e industriales conocido como Club de Roma. A partir de allí, siguieron años de declaraciones, estudios, documentos y adhesiones por doquier, hasta que finalmente, veinte años después, el concepto de desarrollo sustentable empieza a integrarse en la política de países desarrollados y en vías de desarrollo, principalmente, debido a la publicación y difusión del informe presentado por la Comisión Brundtland de la ONU. Go Brundtland, Primer Ministra noruega preside por aquellos días la Comisión de Ambiente y Desarrollo, y, sostiene que muchas de las actividades económicas necesarias para el progreso provocan un desgaste acelerado de los escasos recursos naturales, otorgando bienestar en esta generación pero dejando para las generaciones futuras un mundo con pocas posibilidades. Advierte que para lograr el desarrollo sustentable es indispensable introducir cambios fundamentales en la forma en que producen y consumen las sociedades. Recomienda aumentar las inversiones en métodos de producción limpias y medidas de eficiencia ambiental, mediante, incentivos, planes y políticas de apoyo destinadas a establecer marcos normativos, financieros y jurídicos adecuados. Nos quedamos entonces con estos conceptos que a nuestro juicio, son los indicados para nuestra realidad. Coincidimos en que el desarrollo sustentable no consiste en dejar sin tocar los recursos del planeta, sino en mantener el desarrollo económico para satisfacer las demandas de las generaciones actuales pero sin imposibilitar que las generaciones futuras puedan satisfacer las suyas. Y debe hacerse esto, generando calidad de vida, bienes e ingresos crecientes para una creciente población mundial y sin destruir la base ecológica de la sociedad. No significa prohibir, sino hacer y brindar soluciones de la mano de la tecnología como proveedora de métodos y de formas de actuar, sabiendo que utilizando el conocimiento científico, es factible diseñar sistemas de aprovechamiento, de uso, de protección y de conservación. En esta línea, el desarrollo sustentable implica el uso de un enfoque de integración simultánea y sistémica de objetivos socio-culturales, económicos, ambientales y políticos o de gobernabilidad. Existen en la actualidad cerca de 80 definiciones diferentes sobre qué entender por sustentabilidad, todas ellas coinciden en que el término desarrollo sustentable reúne dos líneas de pensamiento en torno a la gestión de las actividades humanas: una de ellas concentrada en las metas de desarrollo y la otra en el control de los impactos dañinos de las actividades humanas sobre el ambiente. Ninguna de ellas prohíbe.

¿Y los minerales?

Ya sea que estemos de acuerdo o no, la industria de los minerales, no se trata de una actividad de la cual la sociedad pueda prescindir, sin entrar en colapso.

Los recursos minerales constituyen un elemento indispensable para las actividades económicas de cualquier país. Fueron, son y seguirán siendo vitales para satisfacer las necesidades básicas del ser humano y el desarrollo de las sociedades y economías. Forman parte esencial e importante de las fuentes energéticas actuales, de los productos manufacturados, de la obra pública, de la construcción, del abastecimiento de alimentos, de la salud, etc. Están presentes en nuestra vida cotidiana y los productos (cualquiera sea su origen) no podrían fabricarse sin la indispensable contribución de instrumentos y herramientas fabricadas con productos minerales.

Los cimientes del crecimiento económico del mundo desarrollado, así como los medios para alcanzar adelantos en los estándares de vida en cualquier lugar del planeta, descansan, en los minerales, los metales, las rocas y los combustibles fósiles.

No existe la posibilidad de pensar en calidad de vida ni en desarrollo económico sin la amplia utilización de recursos minerales, y por tanto, sin minería. En consecuencia, cualquier elevación de los actuales patrones de nivel de vida exigirá, a su vez, un mayor consumo de recursos naturales, y de entre ellos, de minerales. Consecuentemente, cuando se considera la sustentabilidad de la industria minera la opción de prohibirla no es una consideración, pero surge la necesidad de revisar las facetas de la industria y de asumir el reto de operar de otra manera. La minería se ha desarrollado con demasiada frecuencia sin tener en cuenta el carácter irreversible de muchas de las alteraciones producidas por un uso con poca visión de futuro. Es por ello que la actividad sigue siendo percibida y asociada a la degradación ambiental y a la depredación de recursos naturales. Aun con la modificación de muchos de tales comportamientos, es frecuente ver como se la vincula a una imagen totalmente negativa por razones históricas. La minería alrededor del mundo explotó yacimientos, creando montañas de estériles y dejando cicatrices en los paisajes naturales. Desde los inicios de la década de los 90, tanto a nivel de empresas como de los gobiernos, ha cambiado la forma de abordar la minería. La industria minera es consciente de que no puede sobrevivir sin encontrarse fuertemente comprometida con la preservación y la protección ambiental, elaborando y suscribiendo públicamente políticas ambientales, realizando tempranamente estudios de impacto ambiental, implementando sistemas de gestión ambiental, compartiendo el desempeño ambiental de operaciones mineras, etc. A ello se ha sumado la introducción de tecnologías limpias de la mano de una gestión integral en los procesos productivos en compromiso con el ambiente, análogamente como ha sucedido en otros sectores industriales. Pero a la demanda ambiental, se ha sumado una demanda social, que se centra en compatibilizar crecimiento y desarrollo de proyectos con calidad de vida in situ. Se reconoce que el crecimiento económico es esencial para satisfacer las necesidades humanas y para mejorar la calidad de vida, sin embargo, se exige que ese desarrollo debe basarse en el uso eficiente, equitativo y ambientalmente responsable del recurso, ampliando las exigencias y con ello dando respuesta a los desafíos del desarrollo sustentable entendiendo el concepto de manera sistémica, como fuera mencionado previamente.

Buscando el equilibrio.

A la luz de lo expuesto, se plantea el desafío de derribar o intentar modificar los paradigmas de la percepción pública que sostienen que la minería es una industria sucia, con una reputación derivada de eventos poco frecuentes, pero muy publicitados.

Esta tarea deberá ser abordada de manera interdisciplinaria, con un fuerte trabajo en equipo y con un lenguaje común. La actividad minera debe encontrar el camino que le permita mantener el necesario suministro de minerales y materias primas, satisfaciendo al mismo tiempo la demanda de la sociedad de un ambiente limpio y estéticamente agradable.

Nuestro país se encuentra hoy con una oportunidad única de alcanzar y mantener el delicado equilibrio entre desarrollo y sustentabilidad en materia minera. Más aún, la minería como factor de crecimiento de la matriz productiva en economías regionales debe mostrar que es totalmente compatible con las energías renovables que se pretenden impulsar en provincias como Jujuy, Salta, San Juan y la Patagonia.

De cara al futuro, tenemos una posibilidad única de conseguir la madurez de nuestras instituciones, nuestros profesionales y nuestra sociedad.

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Encrucijadas de la minería argentina

Por Roberto F.N. Page

El gobierno argentino ha expresado la intención defortalecer la industria minera y al mismo tiempo impulsar el desarrollo sustentable. En ese contexto es importante entender las verdaderas luces y sombras de una actividad tan central y sensible de nuestra geografía. Se trata ni más ni menos que delaprovechamiento y administración de las riquezas naturales de nuestro territorio. En ese sentido se presentan algunas consideraciones con la intención de colaborar para dilucidar las oportunidades y amenazas que caracterizan al sector en la actualidad.

El potencial minero argentino y sus posibilidades de crecimiento

Por su gran territorio, historia geológica, la presencia de la cordillera andina y el mínimo aprovechamiento anterior de sus recursos minerales, la argentina tiene un potencial minero muy grande. La lista de minerales metálicos y no metálicos, así como los distintos tipos de sales y rocas es inmensa. La exploración de tan grande patrimonio es incompleto y si bien los datos disponibles son contundentes, el valor de los minerales aún no descubiertos puede ser aún mayor según las expectativas de muchos especialistas. Si bien no se conoce el valor total de los yacimientos ya explorados, tanto por falta de información oficial o independiente, por cuanto parte es propaganda o información confidencial de las empresas, con bastante seguridad el valor de los minerales ya identificados en los principales yacimientos supera los 1,5 billones de dólares a los valores actuales de esos minerales. Esa cifra representa varias deudas externas completas y equivale a decir que, en caso que toda esa riqueza se extrajera, cada argentino tendría al nacer el equivalente a una dote de aproximadamenteu$s40.000. Al igual que en el caso del petróleo, para extraer esas inmensas riquezas hay que realizar enormes inversiones. También, es inevitable que en el proceso de extracción y concentración se pierde más del 20% del valor. En concreto, o de manera contundente,se trata de cifras espectaculares y el qué hacer y cómo hacer para su aprovechamiento no es un tema menor.Estos valores,impresionantestal cual son refieren tan solo a lo ya conocido, cuando se sabe que el potencial de muchos de los principales minerales metalíferos es muy superior al ya descubierto. A la inversa, no se puede omitir, que cada vez será más difícil, complejoy costoso el descubrimiento y producción de los recursos no descubiertos, por ello es necesario alentar con insistencia a la exploración para logar poner en valor esos recursos.

Desde otro ángulo, se debe destacar que más allá de los vaivenes de los mercados, los resguardos de valor ante las recurrentes crisis financieras mundiales y las consecuentes variaciones en el precio de los commodities, el país ha sabido manteneruna dinámica de exploración y puesta en marcha de yacimientos metalíferos, interesante. Lentamente a lo largo de estos años se ha ido conformando una red y estructura de negocios que involucra a todos los múltiples sectores y subsectores relacionados: geólogos exploradores, emprendedores, proveedores de ingeniería y servicios, laboratorios, logística, financistas, abogados, periodistas, medios, que 20 años atrás hubiera parecido increíble. No obstante, aún pecando de reiterativo, debe indicarse que los proyectos en desarrollo son pocos, conocidos desde hace ya demasiados años y que es perentorio incentivar la prospección y exploración. Son muchos los mecanismos posibles, pero en cualquier caso el estado debe tener la capacidad de entender y liderar estos procesos, situación lejana a la actual.

Medio ambiente y comunidades: efectos de una política equivocada

La relación entre las empresas mineras y las comunidades raramente ha sido pacífica. Ya desde comienzos de la década del 90, aún antes de la promulgación de las nuevas leyes mineras, las comunidades catamarqueñas cercanas al yacimiento La Alumbrera, reiteradamente expresaron su preocupación primero y casi simultáneamenteoposición a lo que percibían como un peligro al medio ambiente, provocado por un avance de los capitales multinacionales y lo consideraron el saqueo de los recursos naturales de la argentina, primero de los metales, y, del agua poco después. Esa oposición expresada en innumerables protestas y expresiones mediáticas, tuvo un hito significativo cuando en el año 2003 la comunidad de Esquel por temor a hipotéticas contaminaciones, masivamente se opuso al desarrollo del yacimiento de oro El Desquite. El tema Esquel se convirtió en el eje político que liderado por el entonces candidato Mario Das Neves le permitiólograr la gobernación de Chubut y en cumplimiento de las promesas de la campaña electoral, ese mismo año la provincia promulgo la ley 5001 que prohibió en el territorio provincial las actividades mineras extractivas a cielo abierto y el uso de cianuro, ley aún vigente. Una situación similar se produjo en La Rioja frente al posible desarrollo de los yacimientos del Famatina y la fuerte oposición de la comunidad de Chilecito que terminaron en una ley restrictiva.A diferencia de lo sucedido en Chubut, una vez logrado el efecto electoral, la norma fue derogada. A medida que fueron avanzando los proyectos de exploración minera, en la mayoría de los casos las comunidades se opusieron categóricamente. En el transcurso de los años se fueron reproduciendo en diferentes lugaressituaciones similares a las de Chubut y La Rioja. El dialogo con las comunidades ha sido particularmente inadecuado y la falta de experiencia y capacidad de los distintos estamentos involucrados, incapaces de establecer un dialogo mínimo que permita generar propuestas superadoras, ha generado situaciones tan lamentables y muchas veces violentas, como los conflictos generados en Esquel, Jacobacci, Tinogasta, Fiambalá, Belen/Andalgala, Chilecito, Jachal, Salinas Grandes, entre tantos otros ejemplos. En laactualidad hay leyes restrictivas a la minería metálica en Chubut, Tucumán, Mendoza, La Pampa, San Luis, Córdoba y Tierra del Fuego. En Río Negro y La Rioja las leyes se derogaron pero la oposición de las comunidades no disminuyó en absoluto. Un caso particular es Jujuy donde no existen restricciones legales pero el diálogo con las comunidades es muy complicado. Durante los gobiernos de N. Kirchner y C. Fernández los máximos funcionarios del Ministerio de Planificación y la Secretaria de Minería consideraron que la mejor política hacia la oposición de las comunidades era ignorarlasya quesegún ellos, su reconocimiento solo lograría aumentar su importancia, influencia y nocividad, en esencia, fortalecerlas. Esa visión se ha traducido en un llamativo desinterés por hacer los mínimos esfuerzos por enseñar, explicar, argumentar, convencer y difundirqué sí, es posible la minería responsable y que la sustentabilidad minera es alcanzable en la medida que se articule el interés de las empresas con las comunidades y los gobiernos nacional, provincial y municipal.Como resultado de esa política tan irresponsable, esos movimientos anti mineros han logrado instalar en los medios de comunicación, en amplias capas de la población y aún en algunos los centros de investigación que la gran minería es contaminante e irresponsable, que pone en peligro la disponibilidad de agua y más aún, en esenciaque lo está sucediendo es que la argentina está siendo víctima del saqueo indiscriminado de su patrimonio. Un aspecto colateral ante la presión de las comunidades es la sobreactuación de las empresas, organismos y en ocasiones funcionarios, que ante el más mínimo incidente manifiestan mediáticamente sus hipotéticas preocupaciones ambientales sin atinar a incorporar en ningún momento conceptos, ideas o propuestas superadoras. Ejemplos clásicos han sido y son los derrames del mineraloducto en la Alumbrera y el circuito de concentración en Veladero que han convertido pequeños incidentes, obviamente lamentables, reprochables y penalizables, pero sin impacto real alguno o significativo, en crisis ambientales catastróficas, manejo que no solo no le hace bien a nadie sino que empeora las ya pésimas relaciones entre empresas y comunidad.

Ausencia de la Ciencia, científicos y la falta de instituciones con capacidad de emitir dictámenesde última instancia.

En ocasión del derrame en Veladero en setiembre de 2015, la provincia de San Juan solicitó a la UNOPS (organismo experto de Naciones Unidas) evaluar los posibles daños y eventuales fallas operacionales o metodológicas.El peritaje demostró que la contaminación fue menor, local y que a los pocos días sus efectos habían desaparecido. En otro ejemplo, cuando en 2005 una denuncia de Greenpeace indicó que en el subsuelo de Ezeiza existía contaminación de uranio debida a mala gestión de la CNEA, el gobierno argentinocontrató un peritaje internacional (Organismo Internacional de Energía Atómica, Organización Mundial de la Salud, Organismo Panamericano de la Salud, FAO, OIT y otros organismos) para saber la verdad y en última instancia dictaminar fehacientemente la causa del problema. El peritaje dictaminó que no había contaminación radioactiva. En ambos ejemplos y otros que no es del caso detallar (Derrames en el mineraloducto de La Alumbrera, el Inventario Nacional de glaciares, contaminación en Esquel, tecnología limpias, usos del cianuro, gestión de acuíferos en el caso de salares, etcétera, etcétera)el Estado no ha entendido la necesidad ni ha tenido la voluntad de emitir los dictámenes necesarios utilizando las propias capacidades del Estado. Esos informes hubieran podido contribuir a entender e informar en tiempo y forma las causas y efectos de los incidentes, eventuales responsabilidades y en caso de haberlas, culpabilidades y siempre aconsejar y asesorar tanto a las empresas como a las comunidades.

Es de hacer notar que tanto en el ámbito minero nacional (SEGEMAR), como entre los restantes organismos científico tecnológicos del Estado (INA, CNEA, INTI, entre otros) y el ámbito académico, existen numerosos centros de excelencia que deberían ser involucrados en forma sistemática,asignándoseles responsabilidades específicas de monitoreo y análisis. Claro está que para que puedan ser creíbles se requiere su despolitización e independencia. Este un aspecto derivado de la falta de credibilidad de las instituciones públicas, aún las científicas, que debe ser tratado seriamente y superado lo antes posible.

En el caso del SEGEMAR, centro científico tecnológico de la Secretaría de Minería de la Nación, es necesario lograr que se revitalice y recupere su esplendor para así poder asumir nuevos roles para los cuales está especialmente bien preparado y que hoy carecen de expresión en las instituciones públicas: Entre ellos, 1. lograr la capacidad de emitir dictámenes finales en relación a los conflictos mineros y ambientales mineros y 2. Proveer asistencia científica a las comunidades en la mediación de los conflictos con las empresas mineras.

El Federalismo debe reforzarse

Una de las peculiaridades argentinas es su federalismo. Posiblemente sea el único país de Latinoamérica que administre sus recursos naturales en forma federal en tanto Brasil igualmente federal o más, en minería se administre en forma centralizada. En ese sentido Argentina es similar a Australia, Alemania, Canadá o Estados Unidos. Sin embargo, las diferencias subnacionales (en política, economía, recursos) en Argentina hacen que las capacidades de negociación de las provincias y municipios menos desarrollados sean muy distintas a las de lasotras más desarrolladas o, a las de los organismos nacionales. Para subsanar estas asimetrías en 1993 se promulgo la Ley del Pacto Federal Minero. De acuerdo con esa Ley, el instrumento operativo para coordinar criterios y operatorias fue el Consejo Federal Minero (Cofemin). Lamentablemente en los últimos años el Cofemin fue primero vaciado de contenido, posteriormente dejo de ser convocado y a partir de 2012 los principales temas comenzaron a ser tratado por la Organización Federal Minera, organismo equivalente en minería a la organización de provincias hirdocarburíferas. En su momento el Acuerdo Federal Minero, posteriormente convertido en ley fue un instrumento de gran valía. En su momento el Proyecto PASMA hizo mucho para convertir los acuerdos políticos en herramientas operativas (catastros on line, procedimientos unificados, criterios homogéneos frente a la contaminación, entre otros ejemplos). El problema es que esos trabajos se realizaron mediante consultorías financiadas por el Banco Mundial. Cuando se terminó el financiamiento se terminaron las operatorias comunes y muchos sistemas dejaron de ser funcionales.Ahora después de tantos años de manejo centralizado es necesario ratificar o renegociar los acuerdos; en el mismo sentido, muchas cuestiones que a la fecha del Acuerdo Federal Minero no fueron tratadas hoy deben ser incorporadas a la agenda minera, debatidos en profundidad y acordados.

Diagnostico complicado

En síntesis, décadas después del establecimiento de la actual política minera y su marco normativo, la minería argentina genera percepciones distintas, casi opuestas: El éxito de una política de Estado para algunos o, el saqueo de los recursos naturales por las multinacionales para otros. Afortunadamente la Argentina tiene hoy nuevamente la oportunidad y la obligación de replantear sus decisiones estratégicas. La elección de mantener el statu quo y que todo siga el mismo curso es hoy inviable. En siete provincias la conflictividad vinculada a la minería es tal que se ha prohibido la extracción de metales a cielo abierto o el uso del cianuro. Esas prohibiciones incluyenalgunos de los más importantes yacimientos argentinos, entre ellos los mayores de plata del mundo o el principal yacimiento de uranio de argentina que se encuentra en esas provincias. O, como en el caso del litio en Jujuy, las necesarias regulaciones tecnológicas y de vinculación con las comunidades requieren de un nivel de diálogo entre todos los actores queno parece posible, sin ajustes importantes al sistema minero nacional.

En su momento se hablaba del boom minero, posteriormente del boom de tres empresas y recientemente del contraste entre el relato y la realidad.Sin embargo, hasta en su versión más reducida, con los grandes proyectos en suspenso y siete provincias con la minería interdicta la pujanza y dinamismo del sector es innegable. Al mismo tiempo y con la misma vigencia, durante todos estos años se ha constituido un movimiento anti minero igualmente significativo que debe entenderse y atenderse. Los reclamos a veces son difíciles de satisfacer, pero en esencia y en general son perfectamente legítimos. Lamentablemente, se ha perdido la batalla comunicacional y el diálogo entre los distintos actores es limitado, precario, conflictivo e ideologizado. Más aún, las corporaciones y los funcionariospolíticos sobreactúan su preocupación por el medio ambiente y la sustentabilidad, pero las propuestas superadoras tardan en conocerse. Es en este contextoen el que debe reflexionarse y construir una política más adecuada a la época y realidad.

La Gran oportunidad que ofrece la minería

La Argentina tiene en la minería una oportunidad única para el desarrollo de áreas generalmente remotas y postergadas, para las que la minería posiblemente sea junto con el turismo una de las muy pocas alternativas de desarrollo económico genuino. Asimismo, la minería ofrece una fuente de recursos que bien administrados puede cambiar sustancialmente y para mejor, las finanzas nacionales en todos sus estamentos.

Sin embargo, a la luz de las experiencias de los últimos años no parece probable que la Argentina aproveche al máximo sus riquezas naturales a menos que,

  • – Los conflictos relacionados con la minería seanatendidos con la máxima prioridad y mediados con los preceptos más avanzados de la ciencia y la sustentabilidad y el diálogo con las comunidades sea comprometido, consistente y responsable.
  • – El Estado y sus organismos recuperen la credibilidad y se construyan espacios institucionales calificados que puedan emitir dictámenes de última instancia, El federalismo argentino debe fortalecerse y ser respaldado por el aparato del estado nacional.
  • – La ciencia, los científicos y los organismos especializados participenen forma libre e independientedel debate sobre la gestión del territorio y sus recursos
  • – Se incentive fuertemente la exploración.
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El potencial geológico minero argentino y sus posibilidades de crecimiento

Por Roberto F.N. Page

Minerales, recursos, reservas, potencial. Para que se formen minerales y yacimientos de interés económico hace falta un conjunto de circunstancias excepcionales. De acuerdo con la tecnología disponible, para que un depósito mineral sea rentable debe poseer niveles de concentración hasta 20.000 veces mayores que los promedios de la corteza terrestre. Este factor varía de elemento en elemento pero para la mayoría de los metales lo usual es un factor de concentración entre 100 y 2000 mayor que el promedio de la corteza. Solo el Ti, Fe y Al requieren porcentajes menores al 100%. Los mecanismos de concentración son varios y entre ellos se destacan los procesos relacionados con el calor y los magmas: la precipitación de cristales, inmiscibilidad de algunos líquidos, fundidos residuales, fluidos y procesos hidrotermales. Otros procesos se vinculan con ciclos sedimentarios en el mar o procesos de meteorización. Cada proceso es un factor de enriquecimiento de determinados elementos respecto de los promedios de la corteza. A lo largo del tiempo geológico y de acuerdo a la dinámica de la Tierra y la movilidad de los continentes cada lugar ha sido sujeto a una variedad de ciclos que determinaron su composición mineralógica y química actual. Es decir que los yacimientos de interés económico son consecuencia de la suma de procesos que se sucedieron desde que se formó el planeta hace 4.500 millones de años y son únicos de cada lugar. Por ello ningún yacimiento es idéntico a otro y el hallazgo de nuevos yacimientos es una ciencia y un arte. Por su parte, la posibilidad real de extraerlos depende de una combinación entre los procesos geológicos, físicos y químicos, la tecnología y energía disponible y la voluntad social de asumir los costos y el esfuerzo necesario. Esa voluntad es cambiante y depende de diversos factores: la ideología dominante, las visiones estratégicas, las políticas públicas de desarrollo, intereses sectoriales contrapuestos, tendencias de los mercados y valor intrínseco de los productos. El potencial minero de un país o territorio es una evaluación de las existencias de minerales ya identificados pero que todavía no se han explotado, complementada por una estimación de la magnitud y valor de aquellos otros que aún no han sido descubiertos pero con indicios geológicos posibles, en el contexto de la visión geopolítica del momento sobre el comercio mundial y las expectativas de las demandas a futuro y sus posibles variaciones. Es decir que el potencial minero de un territorio obviamente depende las condiciones geológicas y metalogenéticas, pero también, significativamente, de factores sociales y políticos.

Factores sociales y políticos. Cuando hace un cuarto de siglo el gobierno argentino implementó su nueva política minera se hizo una importante campaña de comunicación internacional promoviendo inversiones para la minería argentina. El principal concepto que se trató de transmitir era que la Argentina constituía “…la última frontera exploratoria”. El mensaje incluía varios subniveles: por un lado literalmente implicaba que se abría a la exploración uno de los últimos grandes territorios aún no explorados del mundo, cómo si hasta entonces nadie hubiera explorado el país, pero también, el último gran territorio con las reglas de juego de la época. A pocos años de la caída del muro de Berlín, los 90´fueron uno de los periodos del siglo XX más consistentes en sostener los ideales del liberalismo para asegurar la libertad de los mercados, la prescindencia de los Estados y el laisse faire más completo en relación a las competitividades relativas, asimetrías varias, posibles nacionalismos y todo resabio de protección. Lo que entonces se llamaba Consenso de Washington y hoy se refiere comúnmente a la Globalización, se encontraba en la mayor plenitud imaginable. Es claro que la Argentina no era ni es la última frontera, pero sí que la política minera argentina del momento puso en marcha una actividad hasta ese entonces minúscula, y también que los principios del liberalismo en minería vinieron para quedarse por un largo tiempo. Eso significa que la exploración quedará en manos de las empresas multinacionales con su sistema de juniors (empresas muy pequeñas que suelen cotizar en bolsa y realizan las exploraciones mínimas necesarias como para identificar el posible valor de un yacimiento y venderlo a otras compañías capaces de desarrollarlos) y las bolsas de valores generando los fondos para garantizar el financiamiento de los muy grandes y súper grandes proyectos. Los otros, más pequeños o menores, tienden a ser cada vez menos importantes y, si no se modifica el contexto, posiblemente pasarán al olvido. La Argentina, a partir de la implementación de ese modelo de desarrollo parece haberse convertido en un país sólo de grandes minas. Al estilo de lo que hace algunas décadas se afirmaba para Río Tinto donde nada menos de un millón de onzas tenía interés, en la Argentina las mineras se enfocan en los grandes yacimientos. El detalle puede cambiar pero el concepto se mantiene: Para qué invertir en proyectos que a duras penas pueden generar algún dividendo durante pocos años, mejor ir a lo seguro y esos son los grandes proyectos. Y se conocen desde hace muchos años, que ya se publicitaban en el volumen de oportunidades para la inversión en minería editado por la Dirección Nacional de Minería en 1994. Recientemente, el Diario de Cuyo se refería a varios yacimientos metalíferos medianos pero importantes que han quedado fuera del proceso inversor en San Juan: Hualilán, al norte de la ciudad de San Juan, antigua explotación de oro y plata que posee una ley mineral muy alta. Tontal, son minas de plata descubiertas en 1860 ubicadas a 144 kilómetros al oeste de la Ciudad de San Juan. Castaño, descubierta en 1861 a 86 kilómetros del Tontal. Primero en utilizar tecnología de avanzada y usar el proceso de lixiviación. Huachi, antigua mina de oro, cobre y plata ubicada al norte del departamento Jáchal. Distrito El Salado, antiguas minas del departamento de Iglesia descubiertas en 1844 donde abundaba la plata y cobre, tuvo hornos activos para obtención de mineral (Diario de Cuyo, 09/02/2017). La reseña refiere a la provincia de San Juan, pero situaciones similares se producen en la mayoría de las provincias mineras. Sin dudas, hay prospectos e ideas nuevas, pero excepto los desarrollos en litio, son muy pocas las verdaderas novedades. Todo lo dicho significa que el potencial minero real, o el sistema de reservas de minerales y su impacto con la economía real está muy pero muy vinculado a las grandes empresas, las ideologías, los vaivenes de los mercados y en general a cuál es la voluntad soberana de cada país respecto de qué hacer con sus recursos estratégicos.

Geología y minería. Sea como fuere, en tanto país enorme, con 2,8 millones de km2, el séptimo u octavo más extenso del planeta con su territorio alargado de norte a sur, recostado en la Cordillera de los Andes en el oeste, las grandes pampas en el este hasta el Océano Atlántico, los más importantes recursos minerales del territorio argentino están relacionado con los últimos 180 millones de su historia geológica. De los 4.500 millones de años enunciados más arriba, para la argentina, los más significativos en cuanto a las formas, relieves, pendientes, alturas y desniveles, se relacionan con ese corto fragmento del tiempo total. Ello es así por cuanto aproximadamente hace 180 millones de años comenzaron los procesos geológicos que determinaron la ruptura del Supercontinente de Gondwana, una inmensa amalgama de territorios que incluía los hoy llamados Australia, India, África, Antártida y Sudamérica, hace 135 millones de años se inició la separación de África de América del sur dando lugar al desarrollo del Océano Atlántico. Los movimientos de la corteza vinculados a esa ruptura, previos y contemporáneos a la creación del océano determinaron procesos de tensión y ruptura de la corteza que posibilitaron ascenso de magmas volcánicos particulares, tan característicos de las provincias de Rio Negro, Chubut y Santa Cruz. con esos fluidos llegaron también oro, plata y baritina, entre otros elementos. Esos movimientos horizontales de la corteza con los procesos de ruptura, desencadenaron en el borde oeste del continente una intensa interacción entre la base del continente americano, su corteza para ser preciso, con el sustrato del océano pacifico. Esa interacción se resolvió de manera que la corteza debajo del océano pacifico se hundió debajo de la corteza que subyace América. Ese fenómeno, conocido como “subducción” que comenzó con la ruptura del Gondwana y la apertura del atlántico, explica la formación de la cordillera de los Andes, el emplazamiento de la cadena de volcanes, muchos aún activos dado que el proceso continúa en la actualidad, y el consiguiente arrastre de metales hacia la superficie. Los metales derivados de esos procesos son el sustento más importante de los recursos metalíferos argentinos. En su gran mayoría estos yacimientos están vinculados con los procesos de ascenso de material magmático desde la corteza hacia la superficie en asociación con los ciclos de actividad volcánica. El modelo general es que esos metales se encuentran disueltos en los líquidos volcánicos, calientes y mezclados con agua. Al ascender por grietas o zonas de debilidad, favorecidos por cambios de presión y acercarse a la superficie, los fluidos calientes se van enfriando o se mezclan con el agua superficial que se ha infiltrado hasta cierta profundidad. El contraste produce un brusco descenso de la temperatura y la pérdida de capacidad de suspensión de los metales por el líquido forzando su precipitación. De esta manera precipitan el oro, la plata, el plomo, el arsénico, molibdeno, zinc, antimonio y tantos otros elementos. De esa manera los metales precipitan aunque aún se encuentran en profundidad. Esa profundidad puede ser importante, de hasta uno, o dos kilómetros, o menos, pero lejos de la superficie. El mecanismo complementario para que esos depósitos puedan ser extraídos es el siguiente: Esos volcanes o sistemas de volcanes se forman en el ámbito de las montañas que ascienden por efecto de aquella interacción entre las masas de corteza en el límite entre continentes o “placas” que subducción mediante termina hundiendo una corteza debajo de la otra (ver figuras..). En detalle el ascenso de las montañas se debe a un abanico de procesos entre los movimientos violentos de las fracturas (terremotos según nuestra percepción) hasta movimientos suaves, continuos y muy pequeños de pocos milímetros por años pero que a lo largo de los millones de años significan alturas muy grandes, de varios kilómetros. El proceso se completa con la acción de los agentes externos como el agua, el viento y el trabajo de la gravedad que en conjunto producen la erosión de las montañas que cada año permite la vista de aquello que se formó en profundidad y de esa manera los yacimientos están listos para ser descubiertos. Por ser generados por fluidos con agua y calientes, ese tipo de depósitos suelen llamarse “hidrotermales” y de acuerdo a las peculiaridades de la temperatura y profundidad al momento de la precipitación, generan varias alternativas de yacimientos y divisiones entre los Hidrotermales (epitermales, mesotermales, hipotermales, de baja o alta sulfuración, etc.). Se reitera que el modelo esquematizado es el principal proceso formador de minerales metalíferos en la argentina. Hay yacimientos de metales más antiguos que los mencionados y también importantes. Hay otros aún más antiguos en términos de la edad del proceso mineralizante. Por ejemplo, el yacimiento subterráneo en actividad más importante de la argentina es el yacimiento Aguilar, productor de plata, plomo y zinc, localizado en la provincia de Jujuy, que está produciendo desde hace aproximadamente 80 años (1929). Sus minerales se formaron durante el periodo Cámbrico, hace aprox. 500 millones de años, como consecuencia de la interacción entre los terrenos Arequipa y Pampia, nombre de dos trozos de corteza que con el tiempo se amalgamarían en el bloque que hoy es Sudamérica. Otros yacimientos también se formaron durante el Paleozoico, por ejemplo los yacimientos más importantes de hierro de Argentina como el Hierro de Zapla (Jujuy) y Sierra Grande (Río Negro), en ambos casos de origen sedimentario y muy antiguos. entre el Ordovícico y el Devónico. Desde entonces hasta el presente se han constituido todo tipo de yacimientos. Pero en volumen y en dinero, aquellos formados durante los últimos 100 millones de años son por lejos los más importantes. Los yacimientos de minerales con importancia económica ya descubiertos configuran reservas y recursos muy significativos. Muchos de ellos fueron descubiertos por los distintos programas de exploración implementados por el Estado. Desde el premio de $40.000 instituido a fines del siglo XIX para quien hallare carbón, hasta los programas de cartografía geológica y metalogenética, los numerosos planes de exploración desarrollados por la antigua Dirección de Minas (hoy SEGEMAR) y Fabricaciones Militares, la mayoría de los yacimientos identificados se conocen desde por lo menos 30 años. Más recientemente, las empresas mineras extranjeras han realizado un importante trabajo de exploración, sin embargo, lo principal ya había sido detectado por el Estado y sus organismos especializados. Sus técnicos y especialistas merecen gran parte del crédito por esos descubrimientos, hasta ahora un tanto retaceado injustamente. De ese total de yacimientos un pequeño porcentaje ha superado la exploración y alcanzó la etapa de explotación. El resto forma parte de ese recurso potencial que según su grado de cuantificación pasa a ser reservas. La lista de minerales metálicos y no metálicos, así como los distintos tipos de sales y rocas ya conocidos es inmensa. Muchas publicaciones públicas y privadas han detallado cuales son esos yacimientos, sus principales características y posibles productos (ver Angelelli, 1941,1950, 1984, SEGEMAR, 1999, Montamat, 2015, Sarudianski y Nielson, 2017, Wikipedia, 2015, Zappettini, 2016) entre otros muchos). Se encuentran distribuidos en todas las provincias, principalmente las andinas, pero también en las restantes hay recursos minerales importantes. Hasta no hace demasiado se pensaba que sólo en las cordilleras como las de los Andes se debía buscar minerales. En general es así pero debe tenerse en cuenta que en los últimos 25 millones años la faja de actividad magmática se ha desplazado aproximadamente 700 km hacia el este desde la zona de interacción entre la placa americana y la pacífica, especialmente entre los 27° y 34° de Lat. sur, produciendo un conjunto importante de prospectos o áreas con expectativas serias (Paramillos de Uspallata (Mendoza), Gualcamayo, Gualilan (San Juan), La Carolina (San Luis), Farallón Negro (Catamarca), Famatina (La Rioja), entre otros importantes distritos. En la vertiente atlántica de la Patagonia, en lo que se conoce como área Extra-Andina se encuentra una segunda excepción. En las áreas conocidas como los macizos del Deseado (Santa Cruz) y Norpatagónico (Rio Negro y Chubut), se encuentra un área de aprox 1.000.000 km2 de rocas volcánicas de un tipo conocido como riolitas y que se generaron en vinculación con los procesos de apertura del Atlántico. En esas riolitas se encuentran extensos filones de oro y plata que han convertido a la Patagonia en zonas de intensa exploración. La tercera excepción se encuentra en los extremos más distales hacia el este del pie de los Andes. Resulta que en esa zona se encuentran los restos de fragmentos corticales muy antiguos cuya dinámica e interacción genero contextos mineralizantes muy distintos a los procesos andinos y que explican aquellos yacimientos muy antiguos como Aguilar (Pb,Zn), Pirquitas (Sn), Rinconada (Au) entre otros.

Significado económico. Si bien la exploración en detalle del patrimonio minero argentino no ha finalizado, los datos disponibles son contundentes. El valor total de los yacimientos ya explorados, no se conoce con precisión, tanto por falta de información ya sea oficial o privada, por cuanto parte es propaganda o información confidencial de las empresas. No obstante, con bastante seguridad el valor de los diez principales tipos de yacimientos identificados supera 1,3 billones (millón de millones) de dólares a los valores actuales de esos minerales (Tabla I). Se trata del cálculo realizado sobre los recursos o reservas de sólo 10 sustancias. Si se incorporan las estimaciones geológicas aún no demostradas, pero respaldados en el conocimiento geológico y metalogenético, esos valores ascienden a 4 billones de dólares. Si se ampliara la evaluación a los restantes minerales metalíferos y minerales y rocas de aplicación, las cifras crecerían sustancialmente. Se trata de valores espectaculares y el qué hacer y cómo hacer para su aprovechamiento no es un tema menor. Se trata de la dote que la naturaleza le regalo al territorio argentino. Es algo así como cinco Vacas Muertas, dispersas en todo el país que representa no menos de 10 veces el valor de nuestra deuda externa y equivale a decir que, en caso que se extrajera, cada argentino tendría al nacer una dote de entre U$S 50.000 y 150.000 dólares, según el éxito de la exploración.

Tabla I. Principales reservas y potencialidades de los minerales más importantes en la Argentina. Fuentes:- Recursos/Reservas, SEGEMAR memoria anual 2014, Zappettini, 2016. -Valor unitario LME, Panorama Mineroy otros, el valor de los boratos es tentativo, – Potencial Estimado, Zappettini, 2016.

Al igual que en el caso del petróleo, para extraer los minerales del suelo y el subsuelo hay que realizar grandes inversiones. También, es inevitable que en el proceso de extracción y concentración se pierde un porcentaje de los minerales, que en promedio se estima en no menos del 20%. Estos valores, impresionantes tal cual son refieren tan solo a lo ya conocido y a lo desconocido pero evaluado en forma muy conservadora, cuando se sabe que el potencial de muchos de los principales minerales metalíferos es muy superior. A la inversa, no se puede omitir, que cada vez será más difícil, complejo y costoso el descubrimiento y producción de los recursos no descubiertos, por ello es necesario alentar con insistencia a la exploración para logar poner en valor esos recursos.

Encrucijadas y posibilidades actuales. Como es público y notorio y se ha reiterado hasta el cansancio durante las últimas décadas (numerosísimos autores y políticos, Page, 2016), la minería es una alternativa estratégica mayor para la argentina. No obstante, por causas distintas, a lo largo de los años se ha visto que la industria minera jamás ha estado cerca de explotar plenamente su potencial conocido. Nada asegura que ahora sea distinto. La política minera vigente ha ayudado significativamente a generar un impulso importante; igualmente, siendo notable el crecimiento de los últimos 25 años, el mismo se aprovechó de toda la labor exploratoria del Estado durante 100 años. Ese Estado generoso que se conformó con precios ridículos para ceder la mayoría de las áreas en su poder (La Alumbrera se adjudicó en 20 millones de dólares y Sierra Grande se remató en 10 millones de dólares) y además ofreció ventajas promocionales muy importantes. Sin embargo, a pesar de todas las ventajas, aún hoy es muy pequeña la fracción de los yacimientos que se han convertido en minas en producción. A lo largo de su historia reciente se han sucedido los gobiernos militares, peronistas, radicales neoperonistas, gobiernos más de izquierda o más de derecha, todos con la intención de desarrollar el sector, pero parecería que en ningún caso han logrado desarrollar la ecuación justa. Como se suele decir aquí también parecería que lo esencial es invisible a la vista. A lo mejor lo que falta no son más leyes o decretos, lo que falta es lograr el compromiso social actualmente adverso a la actividad. El Gobierno está dando los toques finales a la actualización del Pacto Federal Minero iniciativa muy necesaria y muy oportuna, sin embargo, los temas de la comunidad y comunidades y las licencias sociales, todavía requieren mucha más atención que la que se le esta asignando. Muchas son las alternativas posibles para un programa nacional de desarrollo minero, pero todas requieren un en enorme salto en el proceso prospectivo y exploratorio y allí el SEGEMAR debería reasumir su rol, aggiornarse y ponerse a trabajar intensamente. Claro que esa es una decisión mayor y no va a suceder sin una muy fuerte decisión política. De todos modos, en tanto regulador y promotor, el Estado debería manejar la mejor y más actualizada información para articular sus políticas sectoriales y eso no parece estar sucediendo.

Referencias

Angelelli, V. 1941. Los yacimientos minerales y rocas de aplicación de la República Argentina. Su geología y relaciones genéticas. Dirección Nacional de Geología y Minería. Boletín n° 50, Buenos Aires.

Angelelli, V. 1950. "Recursos minerales de la República Argentina. Parte I: Yacimientos Metalíferos", Revista del Instituto Nacional de Investigación de las Ciencias Naturales anexo al Museo Argentino de Ciencias Naturales “Bernardino Rivadavia”. Ciencias Geológicas. Tomo II, 542p. Bs. As.

Angelelli, V. 1984. Yacimientos metalíferos de la República Argentina. Tomo I. Comisión de Investigaciones Científicas de la Provincia de Buenos Aires. Facultad de Ciencias Naturales y Museo de La Plata. UNLP. Instituto de Geología Aplicada.

Diario de Cuyo, 9 de febrero 2016. https://www.diariodecuyo.com.ar/suplementos/Volver-al- futuro- minero-interespor- antiguos-yacimientos- locales-20170208- 0143.html Montamat, D. G., 2015. Mineria y Desarrollo. El potencial minero argentino, desafíos y oportunidades. Informe del Estudio Montamat y Asociados.

Page, R. “Encrucijadas de la Minería Argentina”. 2016. Comité de estudios de Asuntos Energéticos del Consejo Argentino para las Relaciones Internacionales (CARI) Buenos Aires, 16 de noviembre de 2016

Sarudiansky R. y H. Nielson. 2016. Minería en la República Argentina. Centro de Estudios para la Sustentabilidad, Instituto de Ingeniería e Investigación Ambiental, Universidad Nacional de San Martín. Asociación Argentina para el Progreso de la Ciencias http://aargentinapciencias.org/2/index.php/grandes- temas-ambientales/mineria- y-ambiente/76- mineria-en- la-republica- argentina.

SEGEMAR, Instituto de Geología y Recursos Minerales, 1999. “Recursos Minerales de la República Argentina”, Ed. E. Zappettini, Editor. Anales 35, T I y II, Buenos Aires.

Wikipedia. Minería en Argentina. 2015. https://es.wikipedia.org/wiki/Miner%C3%ADa_en_Argentina#Ubicaci.C3.B3n_y_productos_de_las_principa les_explotaciones_y.2Fo_exploraciones_.28marzo_de_2015.29

Zappettitini, E. 2016. “Aspectos metalogenéticos del noroeste argentino: modelos de depósitos y potencialidad”. Versión PDF de conferencia. En http://www.argentinamining.com/es/formcharlas/view?id=169 , Argentina Mining, 7 de setiembre 2016, Salta.

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Economía y sustentabilidad, bases para una política

Nuestra época no se caracteriza ni mucho menos por una evolución lineal hacia un mayor consumo para el conjunto de la humanidad. Las enormes, y en algunos periodos crecientes, desigualdades de ingresos entre países pobres y países ricos son buena muestra de ello. Incluso si nos limitamos al mundo desarrollado, junto a etapas de fuerte crecimiento del ingreso y consumo per cápita -como en la llamada «edad de oro» del capitalismo generalmente datada entre 1950 y 1973- nos encontramos con etapas de lento o nulo crecimiento en las que el nivel de vida de gran parte de la población desciende dramáticamente.

Sin embargo, si comparamos la situación actual con la de cien años antes, la expansión del consumo en una parte importante de la humanidad sin duda puede caracterizarse de espectacular y supera las expectativas más optimistas. Es sobre esta realidad sobre la que se fue cimentando la confianza en el progreso económico sin límites y la que alimentó la esperanza de que los países pobres seguirían con mayor o menor rapidez la senda seguida por los más ricos; el propio lenguaje que distinguía entre países desarrollados y en vías de desarrollo evidenciaba esta creencia.

El principal reto económico actual sigue siendo en disminuir la brecha existente entre pobres y ricos. Sin embargo, la confianza en que esto se producirá de forma casi automática gracias al progreso económico no solo se ha revelado equivocada sino que ha obviado las enormes disfunciones que la expansión global de la actividad económica ha provocado sobre el medio ambiente. La creciente consciencia de estos problemas es afortunadamente una de las características de este nuevo siglo. El reto del futuro es mejorar el nivel de vida de la humanidad -y especialmente de los que están hoy en peor situación- y al mismo tiempo aproximarnos a un modelo económico más «sostenible» en el sentido que hoy se utiliza esta palabra, es decir, que nuestra gestión económica no ponga en peligro -ni para hoy ni para el futuro- los complejos e imprescindibles servicios que el medio ambiente nos proporciona. Una de las condiciones para dicha gestión económica es que revisemos los conceptos con los que hoy miramos la realidad económica y relativicemos los indicadores que utilizamos para medir el éxito económico.

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El sistema económico: un sistema abierto

En un artículo publicado a mediados de los años setenta, Georgescu-Roegen, uno de los autores de referencia de la corriente de pensamiento que hoy se conoce como economía ecológica o economía biofísica, se refería así a la enseñanza convencional de la economía: «Se le dice al principiante en las primeras sesiones de iniciación que el proceso económico es sólo un movimiento circular que se sustenta por sí mismo y que es autosuficiente entre los sectores de la producción y del consumo. Un tiovivo que, como todas las cosas mecánicas, también puede ser visto como un movimiento circular en dirección contraria, desde el consumo a la producción» y, con su habitual sarcasmo, añadía: «Este es el concepto del proceso económico si miramos sólo lo que ocurre al dinero, aunque incluso las muestras de poder adquisitivo -billetes y monedas- finalmente quedan inservibles y se deben reemplazar por otras nuevas. No se puede imaginar ni mayor ni más fatal fetichismo con respecto al dinero».

En las décadas posteriores al escrito anterior, la preocupación por los problemas ecológicos y la conciencia sobre la insostenibilidad -o insustentabilidad- del modelo económico de los países desarrollados han crecido e incluso han dado lugar a reuniones intergubernamentales muy publicitadas; sin embargo, la cita sigue describiendo la forma en que generalmente se explica Economía a los que se introducen en esta disciplina. El sistema económico se sigue presentando como un sistema básicamente cerrado, como un enorme entramado de flujos de dinero que relacionan a unas empresas con otras y a las empresas con los consumidores, a los agentes privados con las administraciones públicas y a unas economías con las otras.

Lo cierto es que el sistema económico forma parte de un sistema más amplio, la naturaleza o biosfera. La economía es un sistema abierto a la entrada de energía y de materiales que son, en último término, los únicos recursos que mantienen las actividades humanas ya que no sólo utilizamos continuamente energía y procesamos materiales sino que los que llamamos «bienes de capital» (como son las máquinas o los edificios) y los bienes de consumo duradero (como electrodomésticos o muebles) son el resultado del uso y de la acumulación de recursos naturales.

Más allá de la provisión de recursos y la absorción de residuos, el conjunto de ecosistemas representan una «infraestructura» sin la cual las diversas formas de vida actuales, tal como las conocemos y entre ellas la vida humana, serían imposibles. La construcción de «infraestructuras» -canales, carreteras, centrales eléctricas, edificios…- se ha considerado como el gran motor del desarrollo económico y ciertamente en gran parte lo ha sido pero es importante no olvidar que el resultado de dichas inversiones es solo una parte de las infraestructuras de las que dependemos y que a veces su desarrollo entra en contradicción con las «infraestructuras naturales» como son los ríos que canalizan las aguas o las complejas interrelaciones, que denominamos ecosistemas, entre los diversos organismos y entre ellos su medio.

El olvido de las interacciones entre la economía y la naturaleza podría intentar justificarse per la inevitable especialización y la necesidad de que los economistas se concentren en un único aspecto de la realidad, el sistema económico, dejando de lado lo que está fuera de las fronteras de este sistema. Todo depende, sin embargo, del propósito del análisis. Si, como se señala en un reciente artículo, uno quiere estudiar las características de la artesanía de juguetes de madera, el estudio puede olvidarse de los bosques que sirven para proveer de madera a esta actividad; pero si uno se preocupa por el análisis y gestión del sistema económico en su conjunto en este fin de milenio «es obligado tener en cuenta lo que está fuera de las ´fronteras del sistema´»

Economía humana y crisis ecológica

Para entender la magnitud actual de los diversos problemas ambientales, a los que generalmente nos referimos con el término crisis ecológica, es fundamental referirse a dos cambios históricos.

El primero tiene que ver con el hecho de que las economías modernas (especialmente las economías desarrolladas, que además generalmente sirven de modelo al resto del mundo) tienen un funcionamiento radicalmente diferente al propio de los ecosistemas naturales que estudian los ecólogos. Estos últimos -como también las economías que caracterizan a la mayor parte de la historia de la humanidad- se basan de forma prácticamente exclusiva en el uso -directo e indirecto- de una fuente continua de energía, la procedente del sol, y en el uso de los materiales de forma básicamente cíclica. En cambio, la mayor parte de la energía utilizada por las economías modernas proviene del uso masivo de combustibles fósiles y los flujos de materiales son en gran parte lineales. El ejemplo más claro de lo último es el de las materias primas que provienen de la minería y que se transforman y, antes o después, se convierten en residuos que no solo no se reutilizan sino que generan problemas, pero también es el caso de la agricultura que no renueva sus nutrientes o de la explotación forestal no sostenible.

La segunda característica es que la economía humana -debido al crecimiento de la población y de los niveles de consumo per cápita- ha adquirido una escala cada vez mayor, un hecho al cual diferentes economistas se han referido utilizando expresiones metafóricas. En un famoso artículo publicado en los años sesenta Boulding escribió que habíamos de pasar de una imagen de la «economía del cow boy», que ve la expansión económica como si siempre existiesen nuevos territorios a conquistar, a una imagen de la «economía de la nave espacial Tierra» en la cual se trata de utilizar unos recursos limitados con el máximo de eficiencia. Más recientemente, Daly se ha referido al paso de un mundo relativamente «vacío» de actividad humana a un mundo «lleno» en el cual la actividad humana ocupa una mayor parte de espacio con lo que la presión ambiental adquiere una nueva dimensión y tiende a reducirse el espacio disponible para otras especies.

El enorme flujo de energía y materiales removidos anualmente para cubrir las demandas humanas es un buen indicador de este cambio de escala como lo es el hecho, relacionado con el anterior, de que hoy las actividades antropogénicas no solo alteran las condiciones ambientales locales sino que sus efectos ecológicos adquieren una dimensión global. Un buen ejemplo de lo último es la alteración de los niveles de concentración de gases de efecto invernadero en la atmósfera fruto principalmente de la quema de combustibles fósiles que generan cada año más de 20 mil de millones de toneladas de dióxido de carbono. Otro indicador proviene de la creciente apropiación por parte de los humanos de la «producción primaria» (tal como la definen los ecólogos, es decir, la materia orgánica obtenida mediante la fotosíntesis). En un estudio muy citado se estimó que la parte de la producción primaria neta (es decir la producción primaria total o bruta una vez descontada la utilizada para la respiración de los «productores») potencial de los ecosistemas terrestres apropiada por los humanos se aproximaba al 40%: en esta cifra se incluía tanto la materia orgánica utilizada directamente (alimentos, leña para combustible,…) como la producida en todos los ecosistemas fuertemente dominados por los humanos (plantaciones forestales, alimentos para el ganado, materia orgánica producida en las tierras de cultivo pero no consumida,…) y la que se deja de producir por cambios en el uso del suelo (por ejemplo, urbanización, conversión de bosques en pastizales,…). Independientemente del margen de error de esta cifra, el orden de magnitud (sea el 40, el 30 o el 25%) parece ser tal que pone de manifiesto el cada vez menor espacio disponible para el resto de especies y evidencia los límites al crecimiento: doblar, triplicar o cuadriplicar el tamaño de la economía exigiría disponer de varias biosferas; sin duda, podemos aspirar a «desarrollarnos» en el sentido de cambiar a mejor pero lo que no podemos hacer es replicar más o menos lo mismo a una escala cada vez mayor (ni tampoco mantener lo mismo a muy largo plazo).

Aunque muchas veces se han identificado los dos términos, «desarrollo económico» es una expresión que puede tener un significado muy diferente al significado de «crecimiento económico» tal como lo definen los economistas, es decir, crecimiento de magnitudes tales como el PBI. Cuando se dice que una economía se desarrolla se suele querer indicar que evoluciona económicamente hacia una situación mejor y, por tanto, el término tiene un componente valorativo. Crecimiento del PBI no necesariamente implica más desarrollo y, a la inversa, el desarrollo podría coexistir con el estancamiento o incluso la disminución de dichas magnitudes. «Desarrollo sostenible» es, pues, una expresión ciertamente ambigua pero no mal enfocada o contradictoria ya que intenta expresar la necesidad de hacer compatibles el aumento del bienestar y la reducción de la presión sobre los sistemas naturales. «Crecimiento sostenible» es, en cambio una expresión o contradictoria, si por crecimiento entendemos el sentido más restringido de aumento de escala, o mal orientada, si por crecimiento entendemos el aumento de unas magnitudes que imperfectamente miden la actividad económica que comporta transacciones de mercado (incluyendo los servicios de las administraciones públicas valorados por su coste) y cuyas correlaciones con, por un lado, los impactos ambientales y, por el otro, el bienestar no son en absoluto simples.

La existencia de «límites al crecimiento» y el hecho evidente de que uno de los factores claves de la actual crisis ecológica es el aumento de la escala de la actividad económica no debería conducirnos a concluir que la solución a dicha crisis reside en el «crecimiento cero» o «estado estacionario». Las cosas son mucho más complicadas. Si lo que pretendemos es vivir mejor y más equitativamente sin comprometer el bienestar de las generaciones futuras entonces de lo que se trata no es tanto de limitar o reducir el PBI como de reestructurar la economía. Algunas actividades deberían promocionarse y otras desincentivarse y las técnicas utilizadas deberían evolucionar en la línea de lo defienden los que utilizan el término «ecología industrial», quienes insisten en el necesario cambio de rumbo hacia sistemas energéticos basados en las energías renovables y en la utilización más eficiente de energía y materiales y en la reutilización de éstos.

Desigualdad social y espacio ambiental

La problemática ecológica no solo es local sino global pero las responsabilidades son desiguales de forma que la discusión sobre la «sostenibilidad» o «sustentabilidad» no puede evadir las cuestiones distributivas, es decir, la discusión sobre la equidad intrageneracional.

Actualmente se habla mucho de las economías más ricas como de economías «postindustriales» supuestamente más basadas en la información que en el flujo de recursos naturales y en las que los energívoros sectores industriales tradicionales habrían dado paso a sectores económicos menos «materiales». Algo hay de verdad en ello pero el hecho es que las sociedades ricas no se están en absoluto desmaterializando. Según una investigación, el movimiento total de materiales ligado al estilo de vida de les economías más ricas es enorme y no está disminuyendo; el estudio estima que a principios de siglo el flujo total de materiales que hacía posible este estilo de vida era de 84 toneladas anuales per cápita para los Estados Unidos, de 76 para Alemania y de 45 para Japón. Estos números que (con toda la provisionalidad que implica la dificultad de disponer de datos fiables) pretenden incorporar todos los materiales (incluyendo los combustibles fósiles) requeridos, tanto los directos como los «ocultos» (como son los movimientos de materiales no aprovechados ligados a la minería o a la construcción de infraestructuras) y tanto se obtengan o alteren dentro como fuera de las fronteras nacionales.

La diferencia entre las economías desarrolladas y los países pobres o en vía de desarrollo no es que las últimas dependan más de los recursos naturales que las primeras ya que sucede lo contrario. Globalmente se estima que el 20% de la población mundial, la de los países más ricos, utiliza el 80% de los recursos naturales totales. Una importante diferencia es la distancia a la que pueden buscarse recursos: mientras que la dependencia de los países pobres es básicamente respecto a sus recursos locales, los países ricos pueden ir a buscar muchos recursos allá donde se encuentran porque tienen capacidad de compra para importarlos.

No solo existe una importante asimetría en el acceso a los recursos sino también en el tipo de «impactos ambientales» que se generan y que deben soportarse. Muchos de los impactos ambientales que se derivan de las pautas de consumo del mundo rico se manifiestan en lugares del mundo muy alejados y facilitan que tengamos acceso a bienes de importación relativamente baratos porque no pagamos por los efectos negativos que la producción de dichos bienes provoca sobre las personas y los ecosistemas. En cambio, muchos de los problemas que sobre todo se generan en el mundo desarrollado generan un importante riesgo ambiental para el conjunto del mundo. Es por ejemplo el caso ya citado de la alteración climática cuya principal causa son las emisiones de CO 2 asociadas del mundo desarrollado. La desigualdad en las responsabilidades dificulta enormemente la adopción de una política efectiva sobre el tema que necesariamente tiene que ser de ámbito mundial. Los países desarrollados aceptan como máximo compromisos de estabilización o de tímidas reducciones de sus emisiones (como en el convenio de Kyoto, que además es muy posible que ni siquiera se cumpla) mientras en algunos lugares del mundo, como la China y otros países asiáticos, las emisiones crecen formidablemente aunque el hecho de que sus emisiones aún sean muy inferiores a la media mundial les legitima para argumentar que no están dispuestos a asumir ningún compromiso. La única vía equitativa para que los países menos desarrollados se incorporasen a la política sería reconocer que los derechos de emisión actuales han de ser igualitarios lo que equivaldría a aceptar que, mientras los niveles de emisión per cápita sean diferentes, los países ricos como mínimo deberían compensar de alguna forma a los que no utilizan sus derechos… Incluso puede argumentarse con buenas razones que los países ricos, que históricamente se han arrogado sin pagar nada a cambio un derecho de uso y abuso de un bien común, tienen una «deuda ecológica» respecto a los países pobres.

El lenguaje de la economía convencional

La historia de la economía humana y en particular el enorme aumento, con la industrialización, del consumo en una parte del mundo, se ve muy diferente según donde se sitúen las fronteras del análisis económico. Donde la economía tradicional sólo ve inversión de capital, progreso técnico y crecimiento de la productividad del trabajo, la economía ecológica insiste también en la base material de los cambios tecnológicos: el paso de una economía basada en los flujos, directos o derivados, de energía solar a una economía basada en la extracción de los stocks de energía acumulados en lentos procesos geológicos y en el acceso masivo a todo tipo de minerales. La extracción no debería confundirse con la «producción» aunque la economía convencional, ciega a las realidades físicas que hay detrás de las actividades que generan «valor añadido», hable sin problemas de «producir» petróleo o hierro de la misma forma que todo el valor de la madera o el pescado vendido forma parte de la producción forestal o pesquera sin atender a si las talas o capturas disminuyen o no los stocks previos de recurso. Igualmente, se habla de consumo «final» como si los residuos desapareciesen cuando los bienes ya no proporcionan «utilidad» a los consumidores.

El lenguaje revela cuales son las preocupaciones. Un ejemplo particularmente claro es el del análisis de la «agricultura moderna». La mayor parte de economistas afirmaría sin vacilación que el paso de la agricultura «tradicional» a la «moderna» debe valorarse como un aumento de la productividad. La perspectiva de la economía ecológica, en cambio, destaca, a partir de la metodología de los balances energéticos, el contraste entre el aumento de la productividad del trabajo y la disminución de la productividad del conjunto de inputs energéticos. La productividad del trabajo aumenta pero la actividad agraria se convierte en muy dependiente del subsidio externo de energía, fundamentalmente no renovable. Esta dependencia es tan grande que, incluso, la energía obtenida en forma de alimentos tiene un contenido energético inferior al de los inputs utilizados. Esta perspectiva destacaría también los efectos ecológicos negativos que a veces acompañan a la agricultura «moderna» tales como menor biodiversidad, contaminación de las aguas per exceso de fertilizantes o contaminación «difusa» derivada del uso masivo de pesticidas.

Adviértase que con ello no se deduce que el cambio en las técnicas agrarias deba juzgarse automáticamente negativo pero sí se evidencia que los aspectos positivos -como es indudablemente la reducción de los requerimientos de trabajo por unidad de producto- van acompañados de efectos negativos. Todos ellos deben tenerse en cuenta en la gestión económica que no debería guiarse únicamente por medidas parciales de productividad o por la rentabilidad relativa en términos monetarios de las diferentes técnicas.

Los precios y costes monetarios relativos: ¿una buena guía para orientar las decisiones?

Los economistas teóricos suelen creer mucho en la capacidad de los mercados para orientar las decisiones económicas por el camino de la eficiencia. El argumento -que se remonta, como mínimo, a Adam Smith y que ha sido formalizado matemáticamente por la economía moderna- se basa en una idea muy sencilla: si nadie obliga a las dos personas implicadas a realizar una transacción económica libre y éstas deciden realizarla, entonces las dos personas salen beneficiadas. En otras palabras, cualquier transacción libre de mercado mejora a algunos sin perjudicar a nadie.

Sobre este argumento puede discutirse mucho y, entre otras cosas, puede enfatizarse que los mercados son ciegos a las demandas no solventes, es decir, a aquellas demandas que no van acompañadas de suficiente poder de compra. Pero aquí me interesa destacar otro punto. Prácticamente todas las decisiones económicas afectan a «terceros». Ocurre así en las decisiones de grandes inversiones, como cuando una compañía eléctrica tiene que decidir entre instalar una nueva central eléctrica de carbón o un parque eólico, pero también en las decisiones cotidianas más elementales que sumadas determinan la evolución de determinadas problemáticas ambientales.

En las decisiones de empresas y consumidores no están en juego, pues, solo sus intereses sino también los intereses de otros. A veces esto es evidente, como cuando las emisiones de una central térmica de carbón degradan muy perceptiblemente un espacio forestal o cuando una empresa química introduce un nuevo producto sobre el que hay motivos para pensar que comporta importantes riesgos. Pero, como apuntábamos, a menudo los efectos de cada decisión individual son mucho menos perceptibles como cuando los humos de un coche individual contribuyen -de forma mínima, es cierto- al calentamiento global. Aparentemente nadie es responsable de ciertos problemas pero todo el mundo lo es y el efecto agregado es una pérdida de bienestar, un mayor riesgo o incluso una catástrofe para la colectividad. La racionalidad individual expresada en un determinado contexto institucional juega contra el interés colectivo.

La imagen tradicional de la «mano invisible» de Adam Smith, tan apreciada por los economistas, tendría que completarse con la del «codo invisible» para utilizar la acertada analogía que Jacobs utiliza en su excelente libro The Green Economy según la cual las empresas y los consumidores dan golpes a terceros cuando persiguen sus intereses individuales, a veces de forma muy clara pero a menudo de forma involuntaria y prácticamente imperceptible. La calidad ambiental es lo que los economistas denominan un bien público (es decir, que afecta a toda una colectividad y que se «consume» no de forma privada sino colectiva) y ya hace mucho que la teoría económica ha establecido que el mercado puede -bien o mal- servir para proveer bienes privados pero no bienes públicos.

La conclusión es que los valores monetarios que guían las decisiones de mercado (por ejemplo, los costes monetarios relativos de, por ejemplo, la energía nuclear o la energía eólica o los costes monetarios nulos de tirar una botella de cristal a la basura) no tienen en cuenta todos los efectos de estas decisiones y por tanto no pueden conducir a resultados eficientes. Muchos costes se «externalizan» y no influyen en nuestras decisiones. Ello es suficiente para justificar la necesidad de la política ambiental, de la intervención política para alterar los resultados de los mercados. La idea de «internalizar» los costes ambientales ha dado lugar a que muchos economistas defiendan los impuestos ecológicos o ambientales para conseguir que los «precios digan la verdad». El argumento es que, si el problema es que existen costes que no recaen sobre el que toma las decisiones, entonces la solución es introducir impuestos de cuantía igual a tales costes porque así lo que es un coste social se convertiría en un coste privado. Aunque simpatizo mucho con la propuesta de dar un papel creciente a los impuestos ambientales, creo que deben hacerse dos advertencias importantes.

La primera es que, en general, no existe una forma razonable de valorar los daños o riesgos ambientales en unidades monetarias especialmente cuando los daños son de larga duración -o incluso irreversibles- y cuando existen fuertes incertidumbres científicas sobre la magnitud -o incluso sobre la existencia o no- de dichos daños o riesgos. Si ello es así, la decisión sobre la cuantía de unos hipotéticos impuestos ambientales siempre será polémica y más que hablar del impuesto «óptimo» (como temerariamente hacen muchos economistas) deberíamos ser más modestos y reconocer que el nivel de impuestos es una decisión política (por mucho que deba basarse en la mejor información científica disponible) que depende de las prioridades, que deben discutirse por el conjunto de la sociedad, y de las actitudes frente a la incertidumbre. Respecto a este último aspecto, la economía ecológica ha planteado el principio de precaución como guía de decisión ante la incertidumbre. Se trataría de intentar minimizar el posible «arrepentimiento futuro» de nuestras decisiones actuales. Es importante darse cuenta que el principio de precaución no implica ser especialmente pesimista sino únicamente creer en la posibilidad de la peor de las hipótesis. Uno puede considerar muy poco probable el resultado «desastroso» pero actuar para evitarlo a toda costa. Por ejemplo, aunque uno sea escéptico sobre las peores previsiones sobre los efectos del cambio climático uno podría considerar que su posibilidad es suficientemente grave como para justificar que la fiscalidad sobre los combustibles fósiles aumente muchísimo para reducir su uso porque, si no tomamos hoy decisiones importantes, en el futuro ya no podremos volver atrás.

La segunda cuestión a advertir es que cambiar los precios relativos o hacer pagar por cosas que antes no tenían precio es solo uno de los muchos posibles instrumentos de política ambiental. Cuál es el mejor instrumento de intervención en cada caso concreto es un tema de gran importancia y que no puede resolverse de forma exclusivamente técnica porque siempre existen efectos distributivos que afectan diferencialmente a diferentes sectores sociales. Si se quiere combatir el cambio climático pueden utilizarse incentivos monetarios, impuestos a los combustibles fósiles o subvenciones a las «energías limpias», pero también puede intervenirse de muchas otras formas: por ejemplo, invirtiendo en transporte público frente a infraestructuras de transporte privado o poniendo unos requisitos mínimos de eficiencia en las emisiones de los vehículos.

Crítica a los indicadores macroeconómicos convencionales

De la misma forma que muchos economistas tienen una resistencia casi instintiva frente a la idea de que el gobierno intervenga para alterar los precios relativos o frente a la idea de que surjan nuevas normativas sobre qué puede hacerse y que no puede hacerse, la mayoría de economistas actuales se han educado en la macroeconomía que ve la maximización de determinadas magnitudes como el objetivo económico primordial. No solo los economistas tienen esta formación sino que los políticos generalmente han hecho suyo este objetivo.

El papel que juegan en la política magnitudes como el PBI es en cierta forma paradójico si tenemos presentes la frecuencia y variedad de las críticas que se han referido a estos indicadores. La realidad es que, a pesar de las críticas, la posición dominante es la que Stiglitz recoge (después de explorar algunas críticas) en su manual de introducción a la economía: «No parece probable que ningún método para medir el bienestar nacional vaya a reemplazar los cálculos basados en el PBI (…) Los cálculos del PBI parecen relativamente sencillos y exentos de juicios de valor».

Des del punto de vista que aquí nos interesa, podemos destacar cuatro aspectos. El primer que, como señalábamos, los precios relativos que sirven de base para sumar las diferentes actividades económicas (¿cómo sumar si no es en dinero la producción de coches y la de maíz?) están sesgados porque no recogen todos los costes sociales (no incluyen los costes «externos»). Otros precios relativos darían otras tasas de crecimiento (o de decrecimiento).

El segundo aspecto es que les magnitudes tradicionales solo se fijan en un aspecto relacionado con el bienestar económico, la disponibilidad de bienes y servicios (excluyendo, además, la mayor parte de los que no pasan por el mercado) que se consumen o acumulan en forma de inversión lo que posibilita un mayor consumo futuro. Sin embargo, el bienestar, la calidad de vida, también depende de la «calidad ambiental». Si la calidad ambiental fuese independiente de las actividades de producción y consumo, podríamos decir que con las magnitudes tradicionales solo nos fijamos en uno de los componentes del bienestar, el único que sería competencia de los economistas. Sin embargo, el hecho de que los impactos ambientales son el aspecto oculto -no reflejado en la contabilidad- de las actividades que sí medimos en su aspecto positivo, obliga a que el análisis económico tenga que considerar estos aspectos si no quiere distorsionar la realidad.

En tercer lugar, los propios impactos y riesgos ambientales dan lugar muchas veces a gastos monetarios que, como todas las demás, se contabilizan en el PBI como nueva producción de bienes y servicios. Sin embargo, estos gastos -que se han llamado «defensivos» o «compensatorios»- frecuentemente no tienen por finalidad tanto obtener nuevas cosas como aproximarse en la medida de lo posible a una situación previa de menor impacto y riesgo ambiental. Por tanto, no solo nos olvidamos la mayoría de las veces de los costes ambientales sino que dichos costes aparecen muchas veces en el «activo» en vez de en el «pasivo» como pasaría si, por ejemplo, el gasto sanitario se dispara por la mayor incidencia de determinadas enfermedades ligadas a la contaminación.

Finalmente, es importante profundizar sobre la idea teórica de ingreso (o «renta») que utilizamos los economistas. John Hicks decía que el cálculo del ingreso de un período tenía como objetivo «dar a la gente una idea de la cantidad (máxima) que pueden consumir sin empobrecerse». Cuando se distingue entre la producción bruta de un país (que puede medirse, con pocas diferencias que aquí no nos interesan, mediante el PBI y la producción -o el ingreso o renta- neta se utiliza el término depreciación o amortización del capital para indicar que una parte del valor de la producción se tiene que destinar a hacer frente a la pérdida, al desgaste, de capital (máquinas, edificios,…) y mantener intacta la capacidad productiva. En definitiva, el PBI representaría la cantidad de dinero que se podría destinar a consumo sin empobrecimiento, sin vivir a costa del capital ya existente sino de los ingresos que éste genera. En otras palabras, y aunque en este contexto no se acostumbre a utilizar el término, las magnitudes netas representarían los consumos que son «sostenibles».

Algunos autores han destacado- y con mucha razón- que a veces se olvida un hecho importante: el patrimonio natural también se degrada como es evidente cuando se utiliza un recurso energético no renovable pero también cuando un recurso renovable se utiliza de forma no sostenible con el resultado de disminuir el stock de recurso. Para poner un ejemplo, el valor de la pesca se suma en su totalidad (reservando sólo una cantidad para amortizar los barcos e instrumentos de pesca) cuando se calcula la renta o producción en términos netos de forma que no podemos distinguir si el nivel de pesca es o no sostenible, es decir, si -para utilizar un símil financiero- estamos viviendo del «capital» o de sus «intereses». Sin embargo, es obvio que los niveles de pesca en determinadas áreas no son sostenibles y que la disminución de las poblaciones conlleva que a corto plazo tengamos que hacer más y más inversiones para mantener la misma captura y que a largo plazo tengamos que disminuir la captura.

Las magnitudes macroeconómicas no nos dan pues indicios de cómo evolucionan las relaciones entre el sistema económico y su entorno y ello exige, en mi opinión, más que corregir estas magnitudes para elaborar un mejor indicador, disponer de información mucho más detallada que nos permita conocer la presión ambiental de las diferentes actividades económicas. Ellos nos permitiría conocer mejor los aspectos positivos y negativos de las diferentes opciones de política económica. Sin dicho conocimiento es imposible una buena gestión económica.

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