La energía en la pospandemia, una oportunidad para Argentina

Es indudable que la pandemia de coronavirus ha cambiado el mundo y muchos de esos cambios perdurarán en el tiempo. En el plano de la energía ha emergido un debate entre quienes consideran que la pandemia ha venido a acelerar la transición energética hacia fuentes renovables y los que aseguran que los combustibles fósiles el petróleo, gas y carbón seguirán moviendo al mundo por varias décadas más.

La demanda promedio de petróleo probablemente tendrá su mayor aumento histórico registrado en 2021 (luego de la peor caída registrada en 2020). La Agencia Internacional de Energía (AIE) proyecta que el consumo aumentará en casi 6 millones de barriles por día (bpd) este año, pero promediará solo 96,9 millones de bpd, todavía muy por debajo del récord prepandémico de 100 millones en 2019. También se pronosticó inicialmente que la demanda de petróleo se expandiría en aproximadamente 1 millón de bpd en 2020 y 2021. Eso significa que el consumo en 2021 se ubicaría al menos 5 millones de bpd por debajo de donde habría estado sin el coronavirus.

La pandemia también fue aprovechada por los países de la Unión Europea, liderados por Alemania, para tratar de salir de la dependencia de los combustibles fósiles  e impulsar una política agresiva para acelerar la transición energética. Así, el llamado hidrógeno verde comenzó a plantearse como la nueva quimera para lograr alcanzar emisiones cero para 2050, sumándose a la energía solar y eólica.

En este contexto de aparente debilidad para el futuro de los hidrocarburos, algunas de las grandes empresas petroleras internacionales (BP, Total, Shell) comenzaron a rever su estrategia de desarrollo para inclinarse hacia las energías renovables y abandonar proyectos de inversión en hidrocarburos.

Sin embargo, hay algunos ejemplos que nos muestran que el mundo todavía va a necesitar de los hidrocarburos. A principios de este mes, sucedió algo en Europa que no recibió tanta atención de los medios de comunicación como los enormes planes de financiación de la UE para su transición energética o los miles de millones de dólares que la administración Biden plantea utilizar para promover las energías renovables. Podría decirse que el hecho fue tan importante, si no más que los planes de financiación verde. Se produjo una falla en una subestación en Croacia y provocó una sobrecarga en partes de la red, que se extendió más allá de las fronteras de ese país. Esto creó un efecto dominó que provocó un apagón y provocó reducciones en el suministro eléctrico que llegó hasta Francia e Italia. Toda Europa se vio comprometida. Si bien el problema se resolvió, muchos expertos coinciden que es solo cuestión de tiempo antes de que vuelvan a ocurrir otros apagones.

La causa principal es el aumento de las energías renovables en la matriz de generación eléctrica que generan inestabilidades en la frecuencia de la red. El aumento de la participación de las renovables hizo bajar el uso de las centrales térmicas convencionales -que usan mayoritariamente gas como combustible- que tienen una gran inercia para mantener la frecuencia estable. Problemas como lo que sucedió en la subestación croata resaltan un hecho del que pocos de los que se suben al tren de las energías renovables quieren hablar presionados por una opinión pública mal informada: que la capacidad solar y eólica tal vez se esté agregando demasiado rápido impulsada por los importantes subsidios, mientras que la capacidad de generación a partir de combustibles fósiles y nuclear se está retirando muy rápido. Este cambio a las energías renovables podría plantear algunas dudas sobre si el petróleo y el gas seguirán siendo realmente indispensables. Sin embargo, los hechos sugieren que probablemente lo seguirán por varias décadas.

Por otra parte, el costo de la transición a energías renovables es muy alto y esto es un impedimento importante para los países en desarrollo que tenemos otras prioridades mucho más acuciantes. Alemania, por ejemplo, gastó más de US$ 30 mil millones en subsidios a las energías eólica y solar. Como bien planteó Daniel Yergin, uno de los analistas energéticos más reconocidos a nivel internacional:“Las economías emergentes continuarán dependiendo en gran medida de los combustibles fósiles, a pesar de los esfuerzos de otras regiones para reducir su propia dependencia de ellos. Esto por sí solo es suficiente para garantizar el futuro a largo plazo del petróleo y especialmente del gas como parte indispensable de la matriz energética mundial.”

Mientras tanto, esta semana los precios del petróleo se han recuperado hasta el punto en que están casi listos para igualar los niveles anteriores a la pandemia. Hay dos factores clave para esta situación que confluyeron para generar un alza más rápido de lo esperado. El primero son las restricciones a la producción del shale estadounidense y, simultáneamente, los millones de barriles de petróleo por día de recorte del cartel OPEP+ (compuesta por la Organización de Países Exportadores de Petróleo de Medio Oriente y sus aliados comandados por Rusia) que sigue actuando con mucha disciplina. El segundo es la recuperación de la demanda de crudo a nivel mundial, ejerciendo hasta ahora una ligera presión sobre los suministros y creando una condición de mercado en la que el precio futuro de un producto es más alto que el precio actual o “al contado”. Esto genera expectativas optimistas para los precios del crudo a largo plazo.

Actualmente, el precio del petróleo ronda los US$ 60, lo que significa que Arabia Saudita considera que la alianza con Rusia está dando resultado y es necesaria para sus proyectos de modernización de su economía. El FMI estimó que el precio del petróleo de equilibrio fiscal de Arabia Saudita para 2021 es de US$ 68 por barril. Para Rusia, por el contrario, es de US$ 46. Esto nos muestra que en este nivel de precios Rusia está fortalecida.  Además, una mayor parte de la producción saudita se exporta, mientras que los rusos consumen más de sus productos a nivel nacional. Además, la economía de este último está más diversificada, lo que le da otro triunfo en sus negociaciones con el reino saudita. Los bajos costos de producción en el país árabe le dan una ventaja sobre competidores como los productores de shale en los EE. UU. Riad espera que la demanda de petróleo se recupere fuertemente a finales de este año cuando la vacunación contra el Covid-19 ya se extienda alrededor del mundo. Por lo tanto, el reino cree que recuperarán a los clientes cuando el petróleo se vuelva más escaso. La retirada de las grandes petroleras internacionales presionadas por las regulaciones y la opinión pública en la búsqueda por producir más petróleo está generando un escenario favorable para las empresas nacionales. Hoy todavía no hay escenarios donde los hidrocarburos desaparezcan, tenemos buenas noticias para Argentina, YPF y Vaca Muerta.

Fuente: https://politicaymedios.com.ar/nota/16197/la-energia-en-la-pospandemia-una-oportunidad-para-argentina/

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Plan Gas: incentivar la producción

Por Víctor Bronstein.

Luego de un 2020 donde la producción de gas viene registrando una fuerte caída, el gobierno busca revertir la declinación con un subsidio que apuesta a compensar con la caída de las importaciones de combustibles.

En nuestro país, decir petróleo es decir Mosconi, el general ingeniero impulsor de la creación de YPF y de la defensa de nuestros recursos. Sin embargo, hoy nuestra fuente principal de energía es el gas natural, y aunque la historia del gas en Argentina no tuvo la épica de YPF, fue producto también de una visión estratégica de país. El impulsor de la industria del gas en Argentina fue el ingeniero Julio Canessa, nombrado por Perón en 1946 como el primer Director General de Gas del Estado que llevó a cabo la construcción del gasoducto entre Comodoro Rivadavia y Llavallol en la provincia de Buenos Aires para reemplazar la importación de hulla y aprovechar el gas que se venteaba. Con una extensión de 1605 km fue en su momento el segundo más largo del mundo y posicionó a nuestro país como uno de los países con mejor infraestructura gasífera y mayor consumo de gas por habitante.

Hoy, el gas natural es fundamental para Argentina ya que el 50 por ciento de la energía que consumimos proviene del gas y más del 60 por ciento de la electricidad es generada por centrales térmicas que utilizan el gas como combustible. Debemos destacar que nuestra dependencia del gas es hoy un elemento positivo desde el punto ambiental. En el mundo, el 38 por ciento de la electricidad se genera a partir del carbón como fuente primaria. Alemania, por ejemplo, que promueve de manera agresiva la transición hacia energías renovables a partir de importantes subsidios (alrededor de 30 mil millones de euros anuales), obtiene el 40 por ciento de su electricidad a partir de centrales que funcionan con carbón.

En este contexto, el Plan Gas.Ar es una herramienta de política energética muy valiosa, tal vez la más importante en muchos años, ya que apunta a detener la declinación y aumentar la producción de gas en un marco de precios competitivos. Como se plantea en el proyecto, la implementación del plan permitirá ahorrar dólares por el gas que se deja de importar, pero también hay que destacar que fue producto del consenso entre el Estado, YPF y los productores privados para garantizar las inversiones necesarias con un horizonte de cuatro años, sentando así las bases, en una primera etapa, para lograr el autoabastecimiento de gas en el invierno y tener excedentes de exportación en verano.

Por otra parte, el plan apunta a cumplir con los dos pilares fundamentales de una política energética nacional:

Seguridad energética. La energía es la base del funcionamiento de las sociedades y debe asegurarse su disponibilidad ininterrumpida a un precio asequible para productores y consumidores.

Accesibilidad. La energía en las sociedades modernas es un derecho social, el que debe asegurarse a todos los habitantes, lo cual plantea una tensión esencial entre el valor redituable al inversor y el precio accesible al consumidor.

Estos dos principios se traducen en tensiones entre los productores y los consumidores, donde el Estado es el mediador ineludible ya que si los costos de producción no hacen posible el acceso a la energía de toda la población, debe implementarse un sistema de subsidios para que las tarifas sí sean accesibles. En nuestro país, además, hay un factor que complica las negociaciones que está relacionado con nuestra economía bimonetaria. Este plan ha reconocido con la cuota de pragmatismo necesaria esta situación, fijando valores en dólares para los productores, aceptando implícitamente que es muy difícil hoy desdolarizar las tarifas.

Si bien sería deseable contar con tarifas que no dependan del valor del dólar, y poder fijarlas en pesos conforme al poder adquisitivo y nivel de ingreso locales, debemos reconocer que el valor del gas, que son la base de nuestra matriz energética, se comercializan internacionalmente en dólares, con independencia de los costos en cada país productor

Las tarifas de gas dependen mayoritariamente del valor del gas en boca de pozo, un precio que no tenemos manera de pesificar, o dicho de otro modo, cualquier valor fijado en pesos en un nivel inferior al equivalente internacional no atraería las inversiones que se requieren para explotar los recursos disponibles. Este “dilema de las tarifas”, es decir, la necesidad de pesificar en la punta del consumidor pero mantener dolarizada la del productor, implica implementar políticas de subsidios. En el caso argentino, además, las tarifas eléctricas también dependen en gran medida del valor del gas. Es en este punto donde el desarrollo de Vaca Muerta muestra una vez más toda su importancia. Nos permitirá llegar al autoabastecimiento, nos traerá dólares y nos permitirá en unos años bajar las tarifas energéticas. El plan gas es el primer para lograr este objetivo.

Original: https://www.pagina12.com.ar/310321-plan-gas-incentivar-la-produccion

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Apuntes para una política energética nacional

Por Martín Bronstein.

Es necesario diseñar una política energética nacional más allá de los lobbies petroleros, renovables, financieros, ambientales y sindicales, que tratan de establecer una agenda en función de sus intereses que, si bien pueden ser legítimos, son siempre sectoriales. El desarrollo de Argentina requiere de una política energética sustentada en dos cimientos: un proyecto político y un conocimiento profundo de la problemática.

Hoy más que nunca es necesario diseñar una política energética nacional más allá de los lobbies petroleros, renovables, financieros, agrícolas, ambientales y sindicales, entre otros, que tratan de establecer una agenda energética en función de sus intereses que, si bien pueden ser legítimos, son siempre sectoriales. El desarrollo de Argentina requiere de una buena política energética sustentada en dos cimientos: un proyecto político y un conocimiento profundo de la problemática. Debemos escuchar a los distintos sectores: empresas, cámaras, sindicatos y articular con ellos, pero es imprescindible sumar a la ciencia para entender la complejidad de la energía en todas sus dimensiones y actuar en consecuencia.

La energía es un campo del conocimiento interdisciplinario donde confluyen las ciencias sociales y las ciencias naturales que definen cinco dimensiones de análisis:

  • Política
  • Económica
  • Social
  • Ambiental
  • Científico/Técnico

PANDEMIA

El mundo espera la vacuna, el petróleo también

Estas dimensiones nos definen una metodología que se debería aplicar para  la evaluación de los distintos proyectos energéticos. Es más, consideramos un error tomar sólo la dimensión económica como base para la elaboración de una política energética. Los países centrales entienden este criterio y actúan en consecuencia, colocando a la seguridad energética como el parámetro crítico para  fundamental de sus políticas. Todavía es muy pronto para escribir el obituario de los combustibles fósiles, pero las necesidades geopolíticas generan mitos persistentes respecto a distintas alternativas que son promocionadas para salir de la dependencia que tiene el mundo de los hidrocarburos: hidrógeno verde, biocombustibles, etanol celulósico , movilidad eléctrica, almacenamiento masivo, ilimitada capacidad de potencia eólica, etc. Es en este punto donde la dimensión científico-técnica debe ser escuchada para diferenciar los mitos y las realidades.

Un buen ejemplo para analizar según estos criterios es el de los biocombustibles, aprovechando que se está discutiendo la prórroga a la ley de promoción de los mismos:

Dimensión política: La necesidad geopolítica de los países OCDE dependientes del petróleo importado impulsó su desarrollo para reemplazarlo. En 2006, cuando toma gran impulso esta alternativa energética, EEUU importaba el 60% del petróleo que consumía y el presidente Bush imploraba por salir de la dependencia del petróleo. Europa estaba en una situación similar ante la declinación de la producción del Mar del Norte. Como vemos en el gráfico de abajo, el 80% de las reservas están en países “poco seguros” para los países OCDE. La dependencia del petróleo les genera debilidad política y es la razón geopolítica fundamental que explica la búsqueda de alternativas a los combustibles fósiles.

Dimensión económica: Como la calidad energética de los biocombustibles es menor y más costosa, esto implica otorgar subsidios a los productores que son pagados por toda la población. En EEUU y Europa estos subsidios son importantes. En nuestro país favoreció ciertos desarrollos locales, por lo cual podrían justificarse en pequeña escala, pero es costoso para la competitividad de nuestra economía.

Dimensión Social: Los biocombustibles generan un aumento global en los precios de los alimentos con el impacto social que esto tiene sobre los sectores más vulnerables. Esto se debe a que compiten los cultivos alimentarios con los energéticos. En EEUU, el 40% del maíz se utiliza para producir etanol. Este problema lo planteó la FAO en 2008 advirtiendo sobre las consecuencias negativas sociales y ambientales de los biocombustibles.

Dimensión ambiental: Si bien se habla de los biocombustibles como una opción verde al petróleo esto no es tan así. La producción de biocombustibles genera importantes impactos ambientales, fomentando el monocultivo, contaminando gran cantidad de agua, emitiendo óxidos nitrosos a la atmósfera. Además, el balance respecto a las emisiones de CO2 no es tan favorable como se afirma usualmente. No se puede producir biocombustibles sin petróleo.

Dimensión Científico-Técnica: Esta es una dimensión muy importante que pocas veces se tiene en cuenta pero que hace a la factibilidad de las distintas fuentes alternativas y a la solidez de una política energética. En EEUU se han realizado distintos estudios para analizar la conveniencia o no de los biocombustibles. Por un lado, cada litro de bioetanol tiene sólo el 65% de la energía contenida en un litro de nafta, es decir, cuando el consumidor carga 10 litros de nafta con corte al 10% está cargando energéticamente 9,65 litros, un 3,5% menos.  Otro problema importante es la baja tasa de retorno energético. Distintas investigaciones nos muestran que si se tiene en cuenta no solo de los costos energéticos directos del cultivo del maíz, sino también de los costos energéticos de la maquinaria de campo y el riego, la relación entre la energía contenida en el etanol y la energía utilizada en la producción y fermentación del maíz es de solo 0,77, lo que representa una pérdida de energía significativa. Es decir, se gasta más energía que la que se obtiene. Un sinsentido energético. Otras investigaciones mejoran esta relación, otorgando créditos de energía para subproductos de la fermentación del grano de maíz, principalmente harina de gluten de maíz y grano de destilería utilizada para la alimentación animal. En este caso, la relación alcanzaría un coeficiente positivo de sólo 1,56. Un valor muy bajo comparado con el petróleo donde la relación es de 30 a 1. Por eso es tan difícil reemplazar a los combustibles fósiles, como muestra el gráfico más abajo, donde vemos que más del 80% de la energía consumida en el mundo proviene del petróleo, el gas y el carbón. No es casualidad, tiene su explicación técnica y económica. Son recursos relativamente baratos porque han sido producidos por la naturaleza y en los últimos cien años la humanidad ha crecido como nunca  aprovechando ese inmenso subsidio de energía barata. Hoy Argentina necesita la energía más barata posible para recuperarse y crecer. Por suerte, tenemos a Vaca Muerta.

Original: https://politicaymedios.com.ar/nota/15890/apuntes-para-una-politica-energetica-nacional/

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Los biocombustibles en debate, bases para una política energética

Por Víctor Bronstein.

Hoy más que nunca es necesario diseñar una política energética nacional más allá de los lobbies petroleros, renovables, financieros, agrícolas y ambientalistas

En los últimos tiempos se ha abierto un debate sobre los llamados biocombustibles motorizado por las distintas cámaras que nuclean a las empresas del sector. Algunas se conforman con la prórroga de la ley actual de promoción de los biocombustibles que vence en mayo de 2021, otras reclaman otra ley que implique una mayor participación del etanol y el biodiesel en el corte con las naftas y gasoil. Sin entrar en detalles sobre los distintos reclamos, las preguntas que debemos hacernos es: ¿hacen falta los biocombustibles?, ¿aportan alguna solución a los problemas energéticos del país?, ¿cuál es el sentido de que toda la población subsidie en alguna medida a sectores privados garantizándole rentabilidad y mercado?

Responder todas estas cuestiones nos lleva a debates muy interesantes, pero que deberían partir de alguna metodología para entender la problemática en toda su complejidad y aportar al diseño de una política energética nacional. Para esto proponemos cinco dimensiones de análisis:

– Económica

– Social

– Ambiental

– Científico/Técnico

– Política

Estas dimensiones nos permiten construir una metodología general para la evaluación de los distintos proyectos energéticos. Los biocombustibles constituyen un buen ejemplo para utilizar esta metodología, aunque sea de manera muy sintética:

Dimensión económica. La calidad energética de los biocombustibles es menor y más costosa, esto implica otorgar subsidios o beneficios fiscales (devolución anticipada de IVA, amortización acelerada de ganancias, exención de impuestos, incentivos provinciales, etc.), además de rentabilidad garantizada y participación de mercado asegurada por la obligación de los cortes. Es cierto que la actividad favoreció desarrollos locales y que el etanol de caña de azúcar es importante para las provincias del NOA y se justifica en los volúmenes actuales de producción. Pero la realidad es que utilizando unidades energéticas, la nafta súper tiene un costo de 9,8 USD/MMBTU y el etanol 20,3. El gasoil 11,8 y el biodiesel 16,8. El gran desarrollo del biodiesel se basó en las menores alícuotas de exportación que tuvo un altísimo costo fiscal para el país.

Dimensión social. Los biocombustibles, en realidad agrocombustibles, tienden a generar un aumento global en los precios de los alimentos con el impacto social que esto tiene sobre los sectores más vulnerables. Esto se debe a que compiten los cultivos alimentarios con los energéticos. En EEUU, por ejemplo, el 40% del maíz se utiliza para producir etanol. ¿Cuál sería el precio mundial del maíz si esa producción se volcara al mercado alimentario? Este problema lo planteó la FAO ya en 2008 advirtiendo sobre las consecuencias negativas sociales y ambientales de los biocombustibles. En los últimos informes sigue manteniendo esta advertencia.

Dimensión ambiental. Si bien se habla de los biocombustibles como una opción verde y renovable al petróleo esto no es tan claro. El sol es renovable, pero el agua y el suelo no. La producción de biocombustibles genera también importantes impactos ambientales, fomentando el monocultivo, contaminando gran cantidad de agua, emitiendo óxidos nitrosos a la atmósfera. Además, el balance respecto a las emisiones de CO2 no es tan favorable como se afirma usualmente, dependiendo del tipo de cultivo. Europa, por ejemplo, prohibirá en 2030 el biodiesel de aceite de palma, ya que su producción ha provocado grandes deforestaciones en Indonesia lo que ha aumentado las emisiones de CO2 a niveles mayores que la utilización de combustibles fósiles.

Dimensión científico-técnica. Esta es una dimensión muy importante que pocas veces se tiene en cuenta pero que hace a la factibilidad de las distintas fuentes alternativas y a la solidez de una política energética. En EEUU se han realizado distintos estudios para analizar la conveniencia o no de los biocombustibles. Por un lado, cada litro de bioetanol tiene sólo el 65% de la energía contenida en un litro de nafta. Otro problema es la baja tasa de retorno energético. Distintas investigaciones nos muestran que en el mejor de los casos, la relación entre la energía contenida en el etanol y la energía utilizada en la producción y fermentación del maíz es de solo 1,56. Un valor muy bajo comparado con el petróleo donde la relación es de 30 a 1. Por eso es tan difícil reemplazar a los combustibles fósiles. No es casualidad, tiene su explicación técnica y económica. Son recursos relativamente baratos porque son biocombustibles concentrados por la naturaleza en millones de años.

Dimensión política. En 2006, cuando toma gran impulso esta alternativa energética, EEUU importaba el 60% del petróleo que consumía y el presidente Bush apostó a los biocombustibles como solución, impulsando su desarrollo en América Latina. Europa estaba en una situación similar ante la declinación de la producción del Mar del Norte. El 80% de las reservas están en países “poco seguros” para los países OCDE. La dependencia del petróleo les genera debilidad política y es la razón geopolítica fundamental que explica la búsqueda de alternativas a los combustibles fósiles y la promoción de los biocombustibles.

En conclusión, es muy discutible la necesidad de seguir promocionando los biocombustibles indefinidamente. Hoy más que nunca es necesario diseñar una política energética nacional más allá de los lobbies petroleros, renovables, financieros, agrícolas y ambientalistas que tratan de establecer una agenda energética en función de sus intereses que, si bien pueden ser legítimos, son siempre sectoriales. Hoy Argentina necesita la energía más barata posible para recuperarse y crecer. Esa energía está en Vaca Muerta.

Original: https://www.infobae.com/opinion/2020/12/11/los-biocombustibles-en-debate-bases-para-una-politica-energetica/

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Debaten si es conveniente seguir promoviendo desde el Estado el desarrollo de los biocombustibles

El académico Victor Bronstein planteó que los biocombustibles no son una alternativa para reemplazar al petróleo y el directivo Claudio Molina se manifestó a favor de una nueva ley que le dé un desarrollo sustentable a la actividad.

El Comité de Asesores Energéticos del Consejo Argentino para las Relaciones Internacionales (CARI) organizó un Foro Virtual bajo el lema “Propuesta y Discusión de la Política de Biocoimbustibles en la Matriz Energética Argentina”. Expusieron el Director del Centro de Estudios de Energía de la Universidad de Buenos Aires, Victor Bronstein –quien desde una mirada crítica planteó que los biocombustibles no son una alternativa al reemplazo de los combustibles fósiles- y el Director Ejecutivo de la Asociación Argentina de Biocombustibles e Hidrógeno, Claudio Molina, que planteó criticas hacia la autoridad de aplicación que regula la actividad y se manifestó a favor de una nueva ley, que reemplace a la vigente 26.093, que “favorezca a nuevas inversiones”.

Mirada crítica

Bronstein abrió el debate planteando la cuestión del desarrollo de los biocombustibles desde cinco dimensiones: científico-técnica, económica, ambiental, social y política.

Desde el punto de vista científico-técnico, indicó que a lo largo de la historia lo que definió el cambio de paradigma de una matriz energética a otra fue la tasa de retorno energético. En ese sentido, señaló que actualmente en el petróleo es de 20 a 1, mientras que en el caso de los biocombustibles es de 2,5 a 1, “en el mejor de los casos”. Por lo tanto sostuvo que “los biocombustibles no son una alternativa al remplazo del petróleo. Se necesitaría toda la tierra cultivable del mundo para la producción de los biocombustibles”.

Desde el punto de vista de la dimensión económica, puso el eje en las exenciones fiscales con las que cuenta la industria de los biocombustibles. Indicó que “si hacemos el cálculo del costo fiscal  acumulado que dejó de percibir  el Estado por exportar biodiesel en lugar de exportar aceite de soja, se perdieron de recaudar 4700 millones de dólares en el caso del biodiesel y 1300 millones en el caso del etanol”.

Desde la dimensión ambiental, sostuvo que la deforestación que impulsa la industria de biocombustibles lleva a un aumento de la emisión de dióxido de carbono. Desde el punto de vista social, Bronstein indicó que paralelamente al desarrollo de los biocombustibles se dio un aumento del precio de los alimentos.  “Es muy difícil hacer este cálculo, pero el 40% del maíz en Estados Unidos se utiliza para la producción de bioetanol. Con lo cual, haría que pensar cuál sería el precio si ese 40% se volcara al mercado de alimentos”, afirmó.

Cuestiones geopolíticas

Finalmente, Bronstein tocó la dimensión política. “Nuestra hipótesis es que el tema de los biocombustibles fue promovido por cuestiones geopolíticas”, sostuvo. Recordó que en  2008, la Administración de Información Energética de Estados Unidos sacó un informe donde advertía que para el 2030 podría llegar a faltar 43 millones de barriles diarios de petróleo de suministro.

“Ese fue  el gran temor que impulsó la búsqueda de reemplazos de los combustibles fósiles. Bush inició en ese momento una gira por Latinoamérica con el desarrollo de los biocombustibles como una de sus temas de agenda.  Las proyecciones de la OPEP para el 2045 muestran que el 80% de las exportaciones de crudo van a provenir de Rusia y África. Por lo tanto, la seguridad energética del mundo resulta preocupante para los países centrales”, indicó. “Entonces, la razón fundamental por la que se ha promovido los biocombustibles fue política. Parafraseando mal a Clinton, en el caso de los biocombustibles, hay que decir: “es la política, estúpido”, remató Bronstein su posición.

A favor de los biocombustibles

Claudio Molina buscó rebatir varios de los puntos expuestos por Bronstein. Señaló que los trabajos que analizan la eficiencia en la relación insumo/producto de biocombustibles están “desactualizados” y que en la actualidad esa relación “cambió significativamente”. Sobre la forma en que los biocombustibles afectarían al precio de los alimentos indicó que “quienes plantean esto no tuvieron en cuenta que la participación del precio de las materias primas agrícolas en la estructura del precio de los alimentos es muy baja”.

Molina negó también que los biocombustibles emitan más gases de efecto invernadero que los combustibles fósiles a los que sustituyen. “está demostrado por trabajos sólidos del INTA que exterioriza que la huella de carbono en el caso de los biocombustibles está por arriba de 70% de reducción en relación con los combustibles minerales que los producen”, afirmó.

Con respecto a las exenciones impositivas que goza la industria de los biocombustibles, Molina planteó que en esa cuestión se juegan “dos problemas”.  Planteó que es un absurdo “querer gravar a los biocombustibles con impuestos que nacieron para castigar la contaminación y los daños a la salud”. El otro “problema” señaló que tiene que ver con lo que el Estado deja de percibir vía retenciones por los cereales destinados al biodiesel y que no se exportan. “Entonces no industrialicemos esa materia prima. Primaricemos las exportaciones, todo lo contrario a lo que se plantea para el desarrollo argentino, Y al mismo tiempo les propongo que los combustibles minerales que se utilizan para la Argentina los importemos. Y el petróleo crudo lo exportamos así tributa también los derechos de exportación. De esa manera igualamos la situación”, planteó con ironía.

Una nueva ley

Por otro lado, Molina consideró que la “situación de bancarrota” en la que se encuentra la industria local de los biocombustibles se debe a los “gravísimos errores” cometidos por la autoridad de aplicación. “Las evidencias indican que hubo una captura del regulador por parte de los adversarios”,  enfatizó. Consideró que es necesario una nueva ley de biocombustibles “que permita generar un horizonte de largo plazo, que va a favorecer nuevas inversiones, le va dar un desarrollo sustentable a la actividad y va a terminar con estos problemas que se han generado en la administración del programa, que lleva a un festival de medidas cautelares”.

Para culminar, Molina consideró que la solución en el desarrollo de los biocombustibles pasa por decisiones políticas que se toman. “Sin la política, los biocombustibles desaparecen porque no tienen la fuerza que ha logrado el complejo de petróleo a lo largo de 160 años. No hay forma en el corto y mediano plazo de introducir biocombustible y otras energías renovables sin la mano del Estado. De lo contrario, seguiríamos consumiendo el cien por ciento de combustibles minerales con los efectos colaterales que los mismos tienen”, remató.

Original: https://econojournal.com.ar/2020/12/debaten-si-es-conveniente-seguir-promoviendo-desde-el-estado-el-desarrollo-de-los-biocombustibles/

 

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El mundo espera la vacuna, el petróleo también

Por Martín Bronstein

El rebrote ocurrido en Europa y Estados Unidos obligó a los países desarrollados a volver a las medidas de confinamiento, impactando directamente en la recuperación económica y, en consecuencia, en la demanda y en los precios del petróleo.  Hace tres semanas, tuvieron la caída más pronunciada en tan solo tres días, pasando de US$ 42 a US$ 35.

“Una vacuna sería un tipo de mitigador más importante que los recortes de producción llevados a cabo por la OPEP+. Todavía tenemos la esperanza de que se encuentre la vacuna y que la vacuna o las vacunas se propaguen y, con suerte, se recupere la movilidad en el mundo”. Esto decía el ministro de Energía de Arabia Saudita, el Príncipe Abdulaziz Bin Salman, justo antes del anuncio de Pfizer de su vacuna contra el coronavirus.

Previo a la pandemia, el mundo consumía 100 millones de barriles de petróleo por día con un crecimiento anual promedio de entre 1 y 1,5 millones de barriles anuales. Los precios del crudo se ubicaban entre US$ 60 y 70. Todavía el petróleo es la fuente de energía que mueve al mundo, pero el COVID-19 paró el mundo y el petróleo se derrumbó. Debido al coronavirus, la demanda de crudo se precipitó de los 100 millones a 77 millones diarios (hoy se ubica en 92 millones), y los precios cayeron a menos de US$ 20. Destacando el triste y celebre hito de los precios negativos del crudo en Estados Unidos.

A partir septiembre, parecía que el mundo se encaminaba hacia una lenta y ardua recuperación, los precios del crudo habían encontrado un punto de equilibrio entre los US$ 40 y 45. Sin embargo, el rebrote ocurrido en Europa y Estados Unidos obligó a los países desarrollados a volver a las medidas de confinamiento y distanciamiento social, impactando directamente en la recuperación económica y, en consecuencia, en la demanda y en los precios del petróleo.  Hace tan solo tres semanas, tuvieron la caída más pronunciada en tan solo tres días, pasando de US$ 42 a US$ 35.

El laboratorio Pfizer anunció que su vacuna era efectiva en un 90% para la prevención del COVID-19. Esto tuvo un impacto directo en los precios del petróleo que recuperaron las pérdidas de las semanas anteriores. Una vacuna efectiva  permitirá retomar el sendero de recuperación económica y, con ella, de la demanda de crudo. Apenas una semana después de que los gigantes farmacéuticos Pfizer y BionTech anunciaran su vacuna, el laboratorio Moderna reveló una cura potencialmente mejor.

Moderna ha informado que su candidata a vacuna contra el coronoavirus, mRNA-1273, ha demostrado tasas de eficacia del 94,5% en las primeras pruebas y se mantiene estable durante un mes entre los 2° y 8° C, o aproximadamente la temperatura estándar de funcionamiento de una heladera cotidiana. Por el contrario, la vacuna de Pfizer necesita una temperatura mucho más fría de -70° C y hasta -78° para ser transportada, lo que podría representar un gran desafío para su extensión alrededor del globo.

No es sorprendente que los precios del petróleo, uno de los sectores más afectados por la pandemia, se hayan disparado desde las noticias de la vacuna de Pfizer, subiendo un 23,4% solo durante la semana pasada y, luego del anuncio de Moderna, haya superado la barrera de los US$ 44.

Pfizer y Moderna no son los únicos laboratorios con vacunas contra el COVID-19. Los laboratorios CureVac,  Sanofi y GlaxoSmithKline ‘s, y Johnson & Johnson han anunciado que sus vacunas están en una etapa avanzada y que podrán mantenerse y distribuirse a temperatura moderada, aproximadamente entre los 2° y 8°. Esto está generando un enorme entusiasmo para la industria de la energía. Se espera que las vacunas de Pfizer y Moderna podrían entrar en distribución general en cuestión de semanas. De hecho, se proyecta un amplio acceso a las vacunas para mediados de 2021.

Ante estos anuncios, la OPEP ya salió exultante a pronosticar un aumento para la demanda de su petróleo del 25% para 2021, por encima de los 29,8 millones de bpd, ligeramente por encima de los niveles de 2019. Igualmente, una recuperación sólida de la demanda de crudo podría llevar meses, aunque las vacunas puedan frenar de una vez por todas el avance del coronavirus. La Agencia Internacional de Energía (IEA) ha pronosticado una recuperación en la demanda de petróleo de 5,8 millones de bpd para 2021, 300 mil bpd más que su pronóstico de hace un mes, previo a que Pfizer anunciara su vacuna.

Igualmente la IEA pide cautela ante el renovado optimismo. La agencia asegura que la recuperación del mercado petrolero llevará un “progreso lento” ya que todavía la situación del coronavirus es realmente complicada en los principales países consumidores, a excepción de China. La IEA asume que las vacunas estarán ampliamente disponibles a partir de mediados de 2021, momento en el que la movilidad y la demanda de petróleo “volverán progresivamente a la normalidad”.

Es probable que persista la divergencia de la demanda entre Europa, Norte América y el resto del mundo. “Seguimos asumiendo en nuestra perspectiva que los países tendrán que combatir los resurgimientos esporádicos del virus mediante la implementación de medidas de distanciamiento social”, agregó la IEA. Los puntos más importantes de la demanda siguen centrados en Asia, especialmente China e India. La demanda de petróleo de la India se ha recuperado con fuerza cuando el país del sur de Asia reabrió su economía en octubre.

Otro hecho importante que contribuirá en la evolución de los precios del crudo tiene que ver con la decisión de la OPEP+ (una alianza entre la OPEP y un grupo de países liderados por Rusia) sobre continuar o no con el actual nivel de recortes de producción petrolera, que hoy en día alcanza los 7,7 millones de barriles diarios. El pasado lunes se llevó a cabo la reunión de monitoreo permanente sobre los recortes de la OPEP+ y parecer haber terminado con un apoyo generalizado para extender por tres meses el nivel actual de recortes. A partir de enero, la coalición liderada por Rusia y Arabia Saudita debería reducir los recortes en 2 millones de barriles diarios. La decisión final será tomada en la próxima reunión a desarrollarse entre el 30 de noviembre y el 1 de diciembre próximo. Si la OPEP+ finalmente decide extender el actual acuerdo indudablemente tendrá un impacto positivo en los precios del petróleo.

Fitch, una de las calificadoras de riesgo más importantes del mundo, también observa que el avance de las vacunas contribuirá a la recuperación del precio del petróleo. “Mantenemos una visión alcista en 2021, basada en el supuesto básico de un lanzamiento de una vacuna eficaz en la segunda mitad de 2021 y una recuperación económica global más amplia que respalde un retorno de la demanda de petróleo”, dijeron los analistas de Fitch, señalando, sin embargo, que hay que estar atentos a la evolución de las restricciones en Europa y Estados Unidos. Para el próximo año, Fitch espera que el crudo promedie los US$ 48, aumentando a US$ 50 en 2022

Durante este año, se estima que las renovables crecerán un 7% y no hay ninguna duda que serán las energías del futuro. Sin embargo, hoy en día el petróleo es la fuente de energía que mueve al mundo y  todavía es irreemplazable e imprescindible. El 95% del transporte a nivel mundial se mueve con derivados del mismo. Es por esto que es imperante seguir de cerca su evolución. El mundo de la pos-pandemia seguirá, por varias décadas, caminando gracias al petróleo.

Original: https://politicaymedios.com.ar/nota/15834/el-mundo-espera-la-vacuna-el-petroleo-tambien/
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Debate ¿El mundo abandona los biocombustibles?

Por Victor Bronstein

Argentina debe definir una política respecto al sector de hidrocarburos que equilibre los distintos intereses, cuando comienza a discutirse una nueva ley para los biocombustibles.

En la Argentina muchas veces solemos ir a contramano del mundo, llevando adelante políticas que otros países están dejado de lado o poniendo en duda por ineficaces. Cuando, a pesar de las evidencias, estas políticas se siguen defendiendo apasionadamente por parte de algunos sectores, cabe preguntarse qué intereses hay detrás de estas posturas.

En esos casos es común comprobar que estamos ante un negocio que afecta a la competitividad de la economía y, por lo tanto, al bienestar de la mayoría de la población, especialmente a los sectores más vulnerables.

Este problema ocurre hoy con los biocombustibles. Ante la crisis económica producto de la pandemia, el mundo está girando hacia otras opciones energéticas y en nuestro país estos sectores nos quieren hacer seguir de largo o, dicho en forma coloquial, comernos la curva.

El desarrollo de los biocombustibles a nivel mundial estuvo impulsado por necesidades geopolíticas de EEUU y la Unión Europea para salir de la dependencia del petróleo.

En 2006, casi el 70% de las exportaciones de crudo provenían de la OPEP y EEUU importaba más del 60% de lo que consumía. Era una cuestión de seguridad nacional para esos países desarrollar alternativas al petróleo. En nuestro país estábamos en una situación similar.

El máximo de la producción de crudo se había alcanzado en 1998 y habíamos entrado en un proceso de clara declinación. Los biocombustibles parecían ser una alternativa y en 2006 se aprueba una ley para promocionarlos. Sin embargo, desde el comienzo, los biocombustibles fueron interpelados en el mudo por sus limitaciones y sus consecuencias negativas, entre ellas, su impacto sobre el precio de los alimentos.

En la “Conferencia de Alto Nivel sobre la Seguridad Alimentaria Mundial: los desafíos del Cambio Climático y la Bioenergía”, organizada por la FAO en junio de 2008, los participantes acordaron que era esencial evaluar detalladamente las perspectivas, riesgos y oportunidades que plantean los biocombustibles.

Las recomendaciones de la FAO se tomaron parcialmente ya que los países centrales, urgidos por sostener sus políticas, no las tuvieron en cuenta. Recién en 2018 la Unión Europea votó para terminar con los subsidios al aceite de palmaal entender que la deforestación de selvas tropicales trae como consecuencia más emisiones de CO2 que el ahorro por reemplazar a los combustibles fósiles.

El desarrollo de los recursos no convencionales en Estados Unidos cambió el escenario energético y, como consecuencia, la política sobre los biocombustibles a nivel global. Se alejó el temor por un posible agotamiento del petróleo y muchos países comenzaron a preguntarse para qué necesitamos a los biocombustibles si no generan una disminución significativa de gases de efecto invernadero, impactan en el precio de los alimentos, tienen costo fiscal y nunca van a poder reemplazar la eficiencia energética de los combustibles fósiles.

La Agencia Internacional de Energía publicó recientemente su informe sobre inversiones energéticas mundiales, el “World Energy Investment 2020”, donde remarca que el impulso político, no los beneficios económicos, sigue siendo el factor determinante para el crecimiento de los biocombustibles.

El año pasado, cuando todavía la pandemia no había emergido, la inversión global en biocombustibles, incluidos los biocombustibles líquidos, el biogás y el biometano, se había reducido a menos del 1% de la inversión total de la oferta de combustibles.

Desde finales de la década de 2000, cuando los biocombustibles disfrutaban de un apoyo político mucho más generalizado que impulsó su rápida expansión, la cantidad invertida en nuevas instalaciones de producción se ha reducido sustancialmente.

En 2019, las inversiones en la capacidad de producción de etanol y biodiesel disminuyeron en alrededor de 30%, en gran parte debido a la política de China, donde las inversiones en etanol se redujeron a la mitad en comparación con el año anterior por haber suspendido la obligación de mezcla de etanol al 10% en todo el país a fin de reducir la competencia por la producción del maíz y garantizar así la seguridad alimentaria del gigante asiático.

Por su parte, en Estados Unidos y Brasil las inversiones en etanol están impulsadas por políticas activas y de subsidios representadas por el “Renewable Fuel Standard” (RFS2) y “Renovabio”, respectivamente. Sin embargo, es probable que igualmente bajen las inversiones de biocombustibles en ambos países en 2020 debido a la caída de la demanda de naftas, lo que reducirá el impulso por nuevas inversiones en el corto plazo.

Los bajos precios del petróleo de este año traen una renovada incertidumbre al sector de los biocombustibles, donde las inversiones de capital a nivel global llegaron al mínimo de la década en 2019. En ausencia de un fuerte apoyo político, la erosión de los márgenes operativos puede conducir a la inactividad de las plantas y a un mayor recorte en inversión hasta que mejoren las condiciones, una tendencia ya visible en los Estados Unidos y en nuestro país.

En este contexto, Argentina deberá definir una política respecto al sector que equilibre los distintos intereses en un momento donde comienza a discutirse una nueva ley para los biocombustibles.

Hoy, el aporte de Argentina a los gases de efecto invernadero es de sólo el 0,6% de las emisiones globales por lo que nuestra política energética debe basarse en criterios de seguridad y eficiencia energética.

Recientemente se publicó que la pobreza en nuestro país alcanzó el 40,9% en el primer semestre. Con este dato impactante es urgente lograr una rápida recuperación económica a partir de la energía más barata posible. No estamos en condiciones de comprar la “agenda verde” de Europa y debemos establecer nuestros tiempos y prioridades para la transición energética.

Victor Brontein es Director del Centro de Estudios de Energía, Política y Sociedad (Ceepys) Profesor Regular UBA

Fuente: Clarín

https://www.clarin.com/opinion/eleccion-interesa-mundo_0_VNRAUVAv9.html

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La OPEP cumplió 60 años: cuál es su rol en el equilibrio del mercado petrolero global

Esta semana se publicó el informe anual de la OPEP sobre el futuro del mercado petrolero global. Este trabajo se publica en un contexto particular justo cuando la organización cumple su 60 aniversario. Este hecho debería haber sido motivo de celebración, pero el aumento de la  producción de EEUU desde 2014 gracias al desarrollo del fracking y este año la pandemia del  COVID-19 que redujo dramáticamente la demanda mundial de petróleo empañaron un poco el festejo. Sin embargo, la OPEP sigue vigente y su alianza con Rusia ha fortalecido su rol como regulador del mercado petrolero mundial.

Fundada por Irán, Irak, Kuwait, Arabia Saudita y Venezuela, la Organización de Países  Exportadores de Petróleo (OPEP) se originó a partir de una base sólida con el objetivo de  brindar una voz colectiva a los países productores de petróleo que estaban siendo explotados  por el grupo de “las siete hermanas”, las grandes compañías petroleras internacionales que en  1960 dominaban la producción de crudo.

Su misión declarada era: “Coordinar y unificar las  políticas petroleras de sus países miembros y asegurar la estabilización de los mercados  petroleros, a fin de asegurar un suministro eficiente, económico y regular de petróleo a los consumidores, un ingreso estable a los productores y un rendimiento justo del capital para quienes invierten en la industria del petróleo “. Durante casi 55 años pudo lograr ampliamente estos objetivos gracias a que sus miembros detentan el 40% de la  producción mundial de petróleo crudo y alrededor del 60% del total de petróleo comercializado internacionalmente. Sin embargo, en 2014, la producción de los recursos no convencionales del shale norteamericano (nuestros recursos de Vaca Muerta) empezó a poner en duda su poder.

Antes de 2014, la OPEP había logrado  controlar el poder de las principales compañías petroleras, la Anglo-Persian Oil Company  (actual BP) y Royal Dutch Shell (RDS), además de tres desprendimientos de la Standard Oil (Standard Oil  de California, Standard Oil de Nueva Jersey y Standard Oil Company de Nueva York), además de Gulf Oil y Texaco. En un momento, estas siete empresas controlaban al menos el 85% de las reservas de petróleo del mundo, habiendo pagado a menudo a los países donde operaban un porcentaje mínimo de los beneficios de las ventas.

Este modelo de expoliación  data del primer gran descubrimiento de petróleo en lo que es hoy Irán (el yacimiento Masjed  Soleiman) realizado por la Anglo-Persian Oil Company. El acuerdo establecía la participación del 16% de Irán en las ganancias de su petróleo antes de 1951, a partir de ese momento el parlamento iraní votó a favor de nacionalizar la compañía británica debido a su insignificante pago. Sin embargo, esta retribución parecía generosa en comparación con el pago de la Standard Oil de US$ 275.000 en abril de 1933 (equivalente a alrededor de EE.UU. US$ 6 millones en 2020) a  Arabia Saudita para asegurar los derechos exclusivos para perforar en todo el país.

La actitud iraní generó una respuesta por parte de los países centrales y el entonces primer  ministro de Irán, Mohammad Mosaddegh, fue destituido en 1953 por un golpe militar conocido como “Operación Ajax” organizado conjuntamente entre el Servicio Secreto de Inteligencia del Reino  Unido y la CIA después de que él nacionalizara los activos de infraestructura local de la Anglo Persian Oil Company y la rebautizara como National Iranian Oil Company.  El entonces presidente Perón fue una de las pocas voces a nivel mundial que se alzaron contra este derrocamiento.

El verdadero punto de inflexión para la OPEP como fuerza comercial y geopolítica internacional  se produjo en octubre de 1973 cuando los miembros de la OPEP más Egipto, Siria y Túnez  comenzaron un embargo a las exportaciones de petróleo a los EEUU, el Reino Unido, Japón,  Canadá y los Países Bajos en respuesta al suministro continuo de armas a Israel en la Guerra de  Yom Kippur. Esta crisis cambió la historia del petróleo y generó una nueva geopolítica donde la OPEP tiene un rol fundamental. El equilibrio de poder entre los grandes consumidores de  petróleo de los mercados desarrollados y los grandes productores de petróleo de los países  emergentes había cambiado, como lo destacó el ministro saudita de petróleo y reservas  minerales en ese momento, el jeque Ahmed Zaki Yamani. El mismo que también advirtió sobre  los límites de aumentar demasiado los precios del crudo ya que daría oportunidad al desarrollo  de energías alternativas. Lo resumió en una frase: “la edad de piedra no se acabó porque se hayan agotado las piedras”.

A partir del 2006 emerge el gran rival de la OPEP para regular el mercado petrolero en los últimos años: el shale estadounidense. Gracias a su crucial aporte (más de 7 millones de barriles) Estados Unidos llevó su producción de poco más de 5 millones de barriles diarios en 2006 ha poco más de 13 millones a finales del 2019, previo a la crisis del coronavirus. El ascenso de Estados Unidos, ya no solo como un gran consumidor, sino como uno de los principales productores de petróleo generó un exceso en la oferta mundial de petróleo que se vio reflejado en el 2014 con el derrumbe de los precios, que cayeron de US$ 100 a 60 por barril.

En un período de sobreoferta de crudo, en diciembre de 2016 se produce un nuevo hito en la historia del cártel. La OPEP más un grupo de 11 países liderados por Rusia se reúnen para dar formar a una nueva coalición de países productores de petróleo, la OPEP+. En su momento acordaron recortes de producción, que duraron dos años, por 1,8 millones de barriles diarios y a finales de 2018 se decidió ajustar ese número en 1,2 millones.

Este año, a causa de la pandemia generada por el Covid-19 el mundo se paró y la demanda de petróleo se derrumbó. La misma pasó de casi 100 millones de barriles diarios (para tener una idea Argentina consume aproximadamente 500 mil barriles por días) a principios de año a menos de 80 en el segundo trimestre y actualmente se ubica en aproximadamente 93 millones. Esta es, sin lugar a dudas, la crisis más importante que tuvo que afrontar la industria petrolera a nivel global, donde se produjo una situación inédita cuando el precio del barril de crudo alcanzó valores negativos en el mercado de EEUU en abril de este año.

Ante este contexto de incertidumbre la OPEP+ volvió a emerger como el principal actor para equilibrar el mercado petrolero al anunciar el plan de recortes de producción más importante de la historia. Entre casi todos los países, a excepción de Venezuela y de Libia, que componen la organización se comprometieron a bajar la producción de petróleo en 9,7 millones de barriles diarios por tres meses, para luego bajar a 7,7 millones entre agosto y diciembre, y se mantendrán en 5,7 millones diarios desde el 1 de enero de 2021 y el 30 de abril de 2022. Este ambicioso programa de recortes fue fundamental para la recuperación de los precios del petróleo, aunque todavía sus valores se ubican por debajo de los precios previos a la pandemia. Así, la OPEP mostró que sigue vigente y que su rol es fundamental para el equilibrio del mercado petrolero global, algo que en los últimos años había sido puesto en duda por el desarrollo del shale de EEUU.

Exportaciones de petróleo por región 2019-2014 en millones de barriles por día.

Desde una perspectiva de mediano plazo, en su World Energy Outlook de este año publicado esta semana la OPEP nos muestra un escenario posible para 2045 donde surgen algunos datos interesantes. Por un lado, nos muestra que el consumo de petróleo seguirá creciendo a pesar del desarrollo de otras fuentes de energía y seguirá siendo la principal fuente utilizada a nivel mundial, la estrategia de los países centrales para salir de la dependencia del “oro negro” no será tan fácil de cumplir. Justamente, otro dato significativo es que en este escenario, el 60% de las exportaciones de crudo provendrán de los países pertenecientes a la OPEP. Esta cifra llega al 75% si consideramos a la OPEP+, un dato que atemoriza a EEUU y a la Unión Europea. Es en este contexto que debemos analizar el objetivo de descarbonización de los países centrales. Más allá de sus discursos, su preocupación no es solo el cuidado del medio ambiente sino lo que buscan es salir de la dependencia del petróleo por razones de seguridad nacional. Es una cuestión geopolítica donde la OPEP está más vigente que nunca.

Fuente: Política y Medios

https://politicaymedios.com.ar/nota/15531/la-era-de-los-combustibles-fosiles-continuara-por-varias-decadas/

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Biocombustibles. ¿Son tan buenos como parecen?

Por Victor Bronstein

La característica distintiva de nuestra civilización es el alto consumo de combustibles fósiles que energizan nuestras sociedades. Si cae la economía, disminuye el consumo energético. Hoy, distintas proyecciones económicas advierten que este año el producto bruto interno argentino registrará una caída en torno al 10%, lo que implicaría volver a los niveles de PBI que teníamos hace 14 años, y para el próximo año registrará un tímido rebote. Entre los economistas existe también coincidencia en que lo que ocurra con la inflación será determinante para la trayectoria y velocidad de la recuperación. Sin duda, la energía debe ser parte y aportar a esta recuperación.

Los precios de los combustibles son un factor fundamental para el funcionamiento y la competitividad de la economía y por eso es un tema que genera tensiones permanentes entre la industria del petróleo, el gobierno y los consumidores ya que nuestro sistema productivo y la dinámica de nuestras sociedades depende del transporte en sus distintas formas, y el 95% del transporte funciona con derivados del petróleo. Sin petróleo se para el mundo y colapsa nuestra civilización.

Justamente, la pandemia del Covid-19 paró al mundo y esto provocó un derrumbe en la demanda de petróleo y en los precios del barril. Esta situación es una buena noticia en el corto plazo. En el escenario crítico de la pandemia necesitamos que los combustibles sean lo más barato posible para facilitar la recuperación económica. En nuestro país, tradicionalmente el precio de los combustibles estaba determinado por cuatro componentes:

1- el precio del barril de petróleo (cotizado en dólares)

2- el costo de refinación

3- los costos de distribución y comercialización

4- los impuestos

Sin embargo, desde 2007 en la Argentina a estas variables tenemos que agregarle el costo de los biocombustibles. Y en estos momentos críticos es cuando debemos preguntarnos el sentido de pagar más caro las naftas y el gasoil para mantener una actividad que el mundo está empezando a cuestionar porque, a pesar de su nombre, el beneficio ambiental de su utilización no resulta tan claro y los costos de su uso impactan principalmente en las economías de los países en desarrollo.

Los hoy llamados biocombustibles se conocen desde hace muchos años, incluso antes de que la agenda ambiental estuviera vigente. El objetivo para su desarrollo estuvo impulsado por tratar de reemplazar al petróleo cuando este recurso escaseaba, no por políticas ambientales.

Por ejemplo, en 1948 el entonces presidente Perón, ante la escasez de recursos energéticos que sufría nuestro país, estableció un Plan Nacional de Energía por el cual creó la Dirección General de Combustibles Vegetales y Derivados que tenía a su cargo «…la obtención de alcohol de maíz y de otros cultivos». No hablaba de biocombustibles porque ese nombre empieza a usarse muchos años más tarde por motivaciones estratégicas y geopolíticas, tratando engañosamente de contraponerlos como alternativa verde a los combustibles derivados del petróleo.

En realidad, el petróleo también es un biocombustible y lo que hoy llamamos biocombustibles (bioetanol y biodiesel) deberían llamarse más precisamente «agrocombustibles». Los dos son producto de la transformación de la energía radiante del sol en energía química; la diferencia es que, en el caso de los combustibles fósiles, la energía solar ha sido concentrada en un proceso natural de cientos de millones de años, lo que hace que la tasa de retorno energético (energía invertida sobre energía obtenida) sea de treinta a uno. En cambio, en los agrocombustibles depende del tipo de cultivo.

En el caso del bioetanol obtenido a partir del maíz la tasa es un poco mayor que uno a uno y puede llegar a ser dos a uno si se consideran los derivados obtenidos en su producción. El bioetanol obtenido a partir de la caña de azúcar tiene mejor rendimiento energético y se justifica más, pero sigue dependiendo de subsidios para ser económicamente viable.

Además, el uso de tierras cultivables para la producción de etanol restringe el suministro de cultivos para la alimentación, con un impacto pronunciado en la alimentación del ganado y, por tanto, en la carne. Como resultado, el precio de todos los alimentos, no sólo los directamente relacionados con el maíz, aumentan.

En Estados Unidos, casi el 40% del maíz se utiliza para producir bioetanol y debido a que es el mayor exportador de alimentos del mundo, los precios de los alimentos han aumentado en todo el planeta. Así, el programa de subsidios a los biocombustibles funciona como un impuesto oculto a los alimentos, tal vez el más regresivo de todos los impuestos.

Desde el punto de vista ambiental, se requiere una gran cantidad de combustible fósil para producir, cultivar, cosechar, transportar y especialmente procesar un litro de etanol, consumiendo gran parte de la diferencia en las emisiones de carbono entre el bioetanol y la nafta. Además, un litro de etanol rinde energéticamente el 75% de un litro de nafta; y el biodiesel, un 87% del litro de gasoil, lo que baja el rendimiento de los motores. Cuanto mayor es el corte con biocombustibles, menor es el rendimiento y más caro resulta el costo de los combustibles.

Esto nos marca que los biocombustibles no son un negocio energético. Son un negocio de subsidios nacido por cuestiones geopolíticas, y que impacta, además, encareciendo el precio de los alimentos.

Para recuperarnos lo antes posible de los estragos de la pandemia necesitaremos de una multiplicidad de cuestiones. Entre las más importantes, tener la energía más eficiente y económica posible.

Fuente: La Nación

https://www.lanacion.com.ar/economia/la-energia-necesitamos-pospandemia-nid2456823

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Biden versus Trump: Estados Unidos elije su futuro energético

Por Martín Bronstein.

Uno de los hechos que marcarán el futuro del mercado energético a nivel global por los próximos años son las elecciones presidenciales de EE. UU que concluirán el segundo martes de noviembre. Trump y Biden tienen posturas contrapuestas respecto a la política energética, por lo que el resultado tendrá implicancias directas y será decisivo respecto a la transición energética, la geopolítica de la energía, el comercio mundial y el posicionamiento de Estados Unidos respecto al cambio climático.

A lo largo de la historia, las elecciones entre Demócratas y Republicanos se debatían en torno a una agenda donde sobresalían temas como las relaciones exteriores, el rol de EE.UU. como potencia mundial, la relación con China y  cuestiones militares relativas a su posicionamiento como gendarme del mundo. En cuestiones internas, las diferencias se daban respecto a la inmigración, el acceso a la salud, la generación de empleo y cuestiones impositivas. Esta será la primera vez en donde el debate entre ambos candidatos a presidente esté centralizado en la cuestión energética.

El candidato demócrata, Joe Biden, se muestra como un promotor de la agenda “verde”. Toda su plataforma política se encuentra atravesada por la cuestión climática y está orientada a acelerar la transición energética hacia las llamadas energías renovables, reducir las emisiones de carbono y alcanzar el objetivo de emisiones netas cero en 2050. Por su parte, el presidente Donald Trump, descree del cambio climático y refuerza su apoyo a la industria petrolera como garante de la independencia energética y la seguridad nacional.

En los cuatro años de su mandato, Trump ha promocionado el desarrollo de los hidrocarburos y lo ha convertido en un factor principal de la independencia energética de EE.UU. y de su proyecto económico. Trump considera que la industria del petróleo, gas y carbón es la que ha hecho grande a esa nación y su discurso de “America First” busca reafirmar esa centralidad. Recordemos que el primer pozo petrolero se perforó en EE.UU. en 1859 en Pensilvania y desde entonces ha sido el mayor productor de crudo y quien moldeó la industria petrolera mundial durante la mayor parte del siglo XX hasta el surgimiento de la OPEP en 1960. Para Trump, la industria de la energía fósil es clave para asegurar el abastecimiento energético y generar millones de puestos de trabajo.

Trump interpela a sus seguidores al afirmar que “los trabajadores de la energía de EE.UU. deberían preguntarse: ¿qué haría Joe Biden para luchar por ellos? Después de todo, Biden se ha comprometido abiertamente a sacrificar trabajos de energía y prohibir los combustibles fósiles en pos de su agenda ambiental extrema.”

Debido a las acusaciones de Trump, Biden ha tenido que salir abiertamente a aclarar que no tiene pensado prohibir el fracking, a pesar que su candidata a vicepresidenta, Kamali Harris ha denunciado como fiscal a muchas empresas petroleras. “No prohibiré el fracking…no importa cuántas veces Donald Trump mienta sobre mí, déjenme aclararlo de nuevo: no voy a prohibir el fracking”. El desarrollo del shale, recursos que utilizan fracking como método de extracción, le ha permitido a EE.UU. pasar de una producción de 5,5 millones de barriles por día en 2006 a casi 13 millones a fines del año pasado.

El pasado 8 de agosto, el Gobierno estadounidense dio un nuevo paso de un proceso administrativo que facilitará el “fracking” en tierras federales del estado de California y que podría abrir más de 6.400 kilómetros cuadrados a esa práctica. Esto constituye un caso más sobre la gran cantidad de permisos de exploración y explotación petrolera que ha otorgado el gobierno de Trump en estos cuatro años en tierras federales. Uno de los casos más emblemáticos de esta postura refiere a los permisos de exploración en el Refugio de Vida Silvestre del Ártico, ubicado en Alaska. Biden acusa al presidente de no proteger los tesoros naturales de EE.UU. y asegura que el cuidado de esos territorios será una de las primeras medidas a tomar, empezando por la prohibición de nuevos arrendamientos de petróleo y gas en tierras y aguas públicas.

Durante el gobierno de Trump la industria del petróleo y el gas ha tenido uno de los crecimientos  más importantes de su historia. En 2018 y luego de casi 50 años, EE.UU. volvió a ser el mayor productor de crudo a nivel mundial superando a Rusia y a Arabia Saudita. Por su parte, el gas natural es la fuente de energía que más ha crecido en la última década en los EE.UU. y se ha profundizado en los últimos cuatro años. La producción alcanzó un máximo histórico en 2019 de 953 mil millones de m3 (aproximadamente veinte veces lo que produjo Argentina el año pasado). Hasta 2016, EE.UU. era un importador neto de gas. Desde 2017 exporta más de lo que importa y en 2019 logró exportar un récord de casi 142 mil millones de m3, principalmente a México y Canadá, a través de su red de gasoductos. Pero también ha ampliado la venta a otros países más alejados gracias al desarrollo del Gas Natural Licuado (GNL), que ha transformado la dinámica del gas tradicionalmente limitada a los mercados regionales en un mercado global. La posibilidad de transportar el gas a cualquier parte del mundo lo llevó a aumentar fuertemente su capacidad de licuefacción y en 2019 se convirtió en el tercer mayor exportador de GNL. Solo superado por Qatar y Australia.

En contraposición, Biden busca otorgarles a las energías renovables un rol central en la generación de energía y de puestos de trabajo, planea generar más de 10 millones de empleos dedicados a la construcción y operación de nueva infraestructura energética. Para ello, el candidato demócrata buscará invertir US$ 400 mil millones durante los próximos diez años en generación limpia e innovación. En su plataforma, Biden se vanagloria de que ese monto es el doble de la inversión del programa Apolo que puso a un hombre en la luna.

Con el objetivo de apuntalar la industria de los combustibles fósiles, Trump relajó las políticas ambientales de EE.UU. El presidente norteamericano se retiró del Acuerdo Climático de París en 2017 y quitó regulaciones ambientales sobre la industria de los combustibles fósiles facilitando la construcción de ductos y minas sin la necesidad de control federal. Biden asegura que el primer día de su mandato EE.UU. volverá a formar parte del Panel intergubernamental sobre Cambio Climático y del Acuerdo de París y que tomará medidas que exigirán límites agresivos para combatir la contaminación por metano para operaciones de petróleo y gas nuevas y existentes. El candidato demócrata establecerá el objetivo de reducir la huella de carbono de todos los edificios de EE.UU. en un 50% para 2035, creando incentivos para modificaciones profundas que combinen electrificación de hornallas y calefacción, eficiencia y generación de energía limpia.

Trump buscó otorgarle fuerza a la industria petrolera también desde el lado del consumo. Es por eso que buscó fomentar el crecimiento del parque automotor y para eso flexibilizó los estándares de combustibles para automóviles de la época de Obama, que exigían la fabricación de vehículos menos contaminantes y más eficientes. Por su parte, Biden busca darle un impulso al desarrollo de la movilidad eléctrica e híbrida, buscando que los vehículos ligeros y medianos sean cero emisiones durante las próximas décadas. Para ello buscará la construcción de 500 mil puntos de carga de automóviles eléctricos alrededor del país.

El proyecto de Trump parece conservador y opuesto a las políticas energéticas de sus aliados europeos, pero le garantiza a EE.UU. su independencia energética y la competitividad de su economía. Biden, por otra parte, propone una agenda verde muy ambiciosa que implica una política energética arriesgada que no es seguro que pueda alcanzar. Es una agenda europea que intenta acelerar la transición energética hacia un futuro sin combustibles fósiles. Gane Trump o Biden, no hay que olvidar que EE.UU. siempre eligió el pragmatismo y nunca soslayó que antes que el futuro  el presente.

Fuente: Política y Medios

https://politicaymedios.com.ar/nota/15598/biden-versus-trump-estados-unidos-elije-su-futuro-energetico/

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